Los escaparates están ahí para acercarte a los objetos o para separarte de ellos, depende del día. Hoy he visto una tienda de juguetes y maquetas con estanterías de cristal y un mostrador de madera blanca y pequeñas luces numerosas que brillan; después los estuches de grageas de colores lacados y nombres exóticos alineados como joyas en el escaparate de una farmacia antigua; después, en una librería de arquitectura, libretas de papel agarbanzado, tipografías rotundas sobre paisajes de claridad y rectángulos de paraísos racionales.
Puede que un día yo ande vagando por estas calles grises de un mundo rugoso, sucio, en el que el cristal de los escaparates me separa de otro universo iluminado y perfecto donde personas ajenas viven sus vidas remotas; puede que un día me asome a ellos para participar de la belleza de que es capaz otra gente como yo, vidas simples que incluyen cultivar un prodigio de luz dentro de un redondel como quien hace medrar una maceta.
De esta clase de cosas habla la literatura, y de no entenderla bien viene el peligro y el daño de una educación literaria. En una navidad dickesiana se ven familias junto al fuego, alegrías sencillas y ponche caliente; en la nochevieja despiadada de Andersen esas mismas ventanas dejan fuera a una niña que va encendiendo cerillas hasta que la mata el frío. No es que una historia diga la verdad y la otra no, ni tampoco que la literatura no esté para decir la verdad, sino que hay que entender cómo entender las verdades que la literatura dice, cuando las dice.

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