Buscando otra cosa, me he encontrado por aquí un post que no acabé de escribir. Tiene fecha de hace dos años y medio, aunque empezó antes. La víspera de San Juan nos dormimos en medio de una tormenta terrible; en mitad de la noche me desperté y la luna llenaba el cielo. La ventana estaba abierta. En el silencio perfecto se oía cantar un pájaro. Supongo que me había despertado él, que cantaba desaforadamente. Me levanté de la cama y me asomé afuera. Apenas podía abrir los ojos de tanto sueño, pero recuerdo que me esforcé mucho por despertar a la conciencia del cielo de verano blanqueado por la luna y el canto extraño y descomunal del pájaro, aquello que estaba sucediendo y que era más irreal que el sueño. Volví la cama, junto al cuerpo de la mujer. Pensando si no sería ese el ruiseñor que nunca he oído —pero no hay ruiseñores en la ciudad—, me dormí.
El invierno siguiente es el de la fecha del post que dejé a medias. Era una noche en una habitación inglesa, y tras la ventana había una luna fría. El post iba sobre el efecto poético de contar la noche de junio desde el invierno del norte. Me parecía a mí —puse— que la distancia estaba en el principio de la literatura, a lo que yo le daba vueltas entonces. Y luego más consideraciones acerca de lo que cabe contar y no contar, etcétera.
Ahora, mirando la momia de ese post que no escribí, no puedo dejar de pensar que estaba equivocado mi pensamiento o si no la escritura o la vida, porque en él solo veo pasado y polvo. Algo como una naranja seca, quiero decir, algo que debería ser comido en el momento.

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