mayo 2008   (7 post)

Non sum

Me encontré sin querer esta página de Amazon que vende la traducción al inglés de Las preguntas de la filosofía (que no he leído), de Fernando Savater. Escrita en un idioma extranjero, perdida de su contexto, la primera frase del libro:

«Recuerdo muy claramente la primera vez que de verdad comprendí que tarde o temprano tendría que morirme».

resplandecía como el principio de una gran novela. Así que seguí leyendo y leyendo hasta donde Amazon me dejó leer gratis. A mí me parece que Savater es un extraordinario narrador de ideas, esto es, un gran escritor. Mientras recorría esas páginas de muestra volví a sentir —no me suele pasar a menudo, ahora que me he hecho mayor— que la literatura, esto es, la forma en que se dispone lo que se está diciendo, puede servir por sí misma para generar conocimiento, lo cual me parece asombroso.

Por lo demás, el final del primer parráfo hizo sonar una campana: la revelación de la muerte a un niño de diez años es, sobre todo, el descubrimiento de su carácter personal. Y en eso pensaba, justamente, cuando escribí hace un par de semanas el párrafo del anacoluto (parece que Savater es un poco más precoz que yo). Se me ocurrió aquella inconsecuencia de la gramática como el correlato visible de una aporía fundamental: la imposibilidad lógica de encajar la muerte en la vida de uno —valga el pleonasmo— vivida en primera persona. Es decir, en la mismísima vida.

La vida de otros es un relato que concluye en su muerte. «Él fue y un día dejó de ser»: en esos términos, la razón puede responder sin problemas, aunque sin mayor convicción. En cambio, la vida de uno es propiamente la vida. Experimentada, no oída ni vista. Y es esa vida, la vida por antonomasia, aquella que nos sirve para imaginar las de los otros, la que termina en una dislocación lógica por donde no se puede seguir.

*

Al final me he acordado de otra cosa. Siempre me estoy acordando de otras cosas que se ramifican y entroncan con mis cosas, hasta el punto de que yo creo que escribo borrando, y no escribiendo. Digo que me he acordado de un epitafio latino que me crucé hace muchísimo, cuando estudiaba latín vulgar, y que me impresionó tanto que nunca no lo he olvidado.  «Quod fueram, non sum»: Lo que fui, ya no soy, le habían hecho decir los romanos al muerto, en su lápida. Algo imposible. Al final, podía haber borrado el post entero y haber copiado esas cuatro palabras que explican mucho mejor que yo todo lo que he dicho.

 

[El primer párrafo de Las preguntas de la filosofía, en su versión original en español:

Recuerdo muy bien la primera vez que comprendí de veras que antes o después tenía que morirme. Debía andar por los diez años, nueve quizá, eran casi las once de una noche cualquiera y estaba ya acostado. Mis dos hermanos, que dormían conmigo en el mismo cuarto, roncaban apaciblemente. En la habitación contigua mis padres charlaban sin estridencias mientras se desvestían y mi madre había puesto la radio que dejaría sonar hasta tarde, para prevenir mis espantos nocturnos. De pronto me senté a oscuras en la cama: ¡yo también iba a morirme!, ¡era lo que me tocaba, lo que irremediablemente me correspondía!, ¡no había escapatoria! No sólo tendría que soportar la muerte de mis dos abuelas y de mi querido abuelo, así como la de mis padres, sino que yo, yo mismo, no iba a tener más remedio que morirme. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan peligrosa, tan incomprensible, pero sobre todo qué cosa tan irremediablemente personal.]

I love the world

El reflejo de la Tierra en la escafandra de un astronauta

Una danza

De este cuento de aquí abajo, Stardust, han hecho una película. La simpatía definitiva por una persona o una cosa puede empezar por el detalle más nimio. Esta película, por ejemplo, me estaba pareciendo una historia divertida y bien contada, cuando dos personajes se marcaron un baile, en la cubierta de un barco, a la luz de las antorchas, mientras en un gramófono sonaba esta música que es un viejo capricho mío, y así me encariñé:

Antonín Dvořák, Danzas eslavas, n.º 6.

Escribo en Mices

Blogger tiene un sistema para conservar borradores, pero yo no lo uso. Por eso, una vez que lo usé (¡en 2005!), el apunte se me ha olvidado, ahí guardado, durante estos años. Apenas recuerdo muy borrosamente lo que cuento en él. Va tal cual; lo he retocado lo justo para hacerlo legible. Es una curiosidad:

Estoy intentando escribir un post en las peores condiciones, con un teclado extranjero, en una trastienda sudorosa, procurando abstraerme del ruido de las las máquinas de aire acondicionado, de espaldas a una ventana cuya luz perturba la pantalla de ordenador, muy de prisa porque solo tengo unos minutos. Entonces me doy cuenta de que un hombre ha venido a sentarse justo detrás de mí, en el alféizar de la ventana. Eso me pone más inquieto. No porque él pueda leerme (no entendería nada de lo que escribo), pero así todo.

Miro con disimulo y es un chino, un oriental con una camisa granate. Está sentado con la espalda apoyada en el cristal. Tiene en brazos un niño dormido y mira al frente con imperturbabilidad. Yo vuelvo a mi trabajo, tratando de no notar su presencia en mi nuca.

Y el hombre se pone a cantar. En voz bajita, suavemente. Insistentemente. Me detengo, dejo de escribir. De ese modo me entra la calma. Y la escena, bien mirada, se vuelve maravillosa. Detrás del hombre hay un patio con un jardín. Los clientes del cíber estamos a nuestras cosas. El hombre está cantando.

Stardust

Uno lee: «Voy a decirte tres cosas verdaderas. Dos de ellas te las diré ahora, y la última es para cuando más la necesites. Tendrás que juzgar por ti mismo cuándo será eso», y recuerda de pronto cómo eran los cuentos.

[Stardust, Neil Gaiman.]

El anacoluto

En el centro de mi pueblo está la plaza y en medio de la plaza hay un arco, exento. Parece de todo corriente, pero nadie vuelve a ver a quien lo cruza. Se ha ido. Y si ha ido a alguna parte, no se sabe adónde, porque nunca se ha vuelto a ver a nadie que lo haya traspasado.

Un día me despedí de mis amigos, me dirigí hacia el arco, y nunca se le ha vuelto a ver.

Tarde de invierno

La calle de Alcalá a la caída de la tarde

Una tarde de invierno en Madrid.

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