agosto 2008   (2 post)

Elegíaca

La apoteosis del verano incluye una nota muerta que señala a su fin. A partir de tal día y hasta que crucemos un meridiano invisible y ya sea completamente otoño, o invierno, y los días de luz se hayan ido a repartirse entre la esperanza y el recuerdo, se extiende mi temporada elegíaca, dolorida y favorita.

La primera vez que lo vi fue hace mucho, una tarde de sol en agosto. Volvía a casa andando por la sombra y una hoja seca cayó a plomo delante de mí, como si me hubiesen puesto una mano en el hombro. Un soplo de brisa, por la noche; el verde de los árboles, levemente exasperado; el tamaño de una sombra en la arena; el cielo a la misma hora; una cara conocida; un aguacero: entonces fue tan simple como ver caer una hoja.

Yo me la tomé como un omen, es decir, una catáfora y un motivo para la melancolía; pero años después entendí que la apoteosis necesita esa minúscula gota de ámbar. Lo que nunca he entendido es que, en el fondo, me gustara este tiempo. Hoy he pensado que igual no es tan raro. Como en las despedidas, ese instante de mayor amor por el que se está yendo.

En la orilla

Hace años, en la ciudad donde nací, a alguien se le ocurrió colocar una estatua de Neptuno en lo alto de un peñasco que se adentra en el mar, sobre la playa. Era un dios niño, la figura de un muchacho delgado que sostenía un largo tridente visible desde muy lejos.

El tridente lo perdió en seguida, y luego el tiempo fue llevándose otros trozos. He pasado por allí y he visto que se ha reducido a un muñón bastante discreto, roído y resobado por el clima del mar, los muchachos de carne y los pájaros.

Era Neptuno cuando leí la noticia en el periódico, el día que lo pusieron allí; en todo lo demás es un vestigio innombrado que se acomoda suavemente al perfil de las rocas, como un bulto de arena se deslíe en una orilla, hasta que ya no se lo vea más. Lo he visto y he pensado: así trata mi pequeña ciudad a los dioses pequeños.

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