Hace años, en la ciudad donde nací, a alguien se le ocurrió colocar una estatua de Neptuno en lo alto de un peñasco que se adentra en el mar, sobre la playa. Era un dios niño, la figura de un muchacho delgado que sostenía un largo tridente visible desde muy lejos.
El tridente lo perdió en seguida, y luego el tiempo fue llevándose otros trozos. He pasado por allí y he visto que se ha reducido a un muñón bastante discreto, roído y resobado por el clima del mar, los muchachos de carne y los pájaros.
Era Neptuno cuando leí la noticia en el periódico, el día que lo pusieron allí; en todo lo demás es un vestigio innombrado que se acomoda suavemente al perfil de las rocas, como un bulto de arena se deslíe en una orilla, hasta que ya no se lo vea más. Lo he visto y he pensado: así trata mi pequeña ciudad a los dioses pequeños.

Deja una respuesta