Elegíaca

La apoteosis del verano incluye una nota muerta que señala a su fin. A partir de tal día y hasta que crucemos un meridiano invisible y ya sea completamente otoño, o invierno, y los días de luz se hayan ido a repartirse entre la esperanza y el recuerdo, se extiende mi temporada elegíaca, dolorida y favorita.

La primera vez que lo vi fue hace mucho, una tarde de sol en agosto. Volvía a casa andando por la sombra y una hoja seca cayó a plomo delante de mí, como si me hubiesen puesto una mano en el hombro. Un soplo de brisa, por la noche; el verde de los árboles, levemente exasperado; el tamaño de una sombra en la arena; el cielo a la misma hora; una cara conocida; un aguacero: entonces fue tan simple como ver caer una hoja.

Yo me la tomé como un omen, es decir, una catáfora y un motivo para la melancolía; pero años después entendí que la apoteosis necesita esa minúscula gota de ámbar. Lo que nunca he entendido es que, en el fondo, me gustara este tiempo. Hoy he pensado que igual no es tan raro. Como en las despedidas, ese instante de mayor amor por el que se está yendo.


Comentarios

3 respuestas a «Elegíaca»

  1. Bueno, no sé si tiene mucho que ver lo que te voy a contar. Primero: que lea tus textos de hace tiempo debe ser un motivo de orgullo y satisfacción para ti, como dice ya sabes quién y cuándo. Pero es que me gustan.
    Estos días finales de curso son, en parte, cansados para mí porque tenemos mucho trabajo y demasiado variado: acompañar alumnos en audiciones, poner notas, hablar con padres, cerrar el curso, en una palabra. Anteayer acompañé a una chica de unos 14 años en su prueba de acceso a estudios reglados de música. Estaba más que asustada, así que la llamé por su nombre, le dije que me mirara y, en serio, le dije que después de la última nota de su examen, que para ella es muy importante, lo que tenía delante de sí era un larguísimo verano, así que se esforzará por última vez y pensara en eso, en el largo, larguísimo y agradable verano que tiene por delante. La imagen del festival de Ortigueira de hace treinta años creo que pasó por mi cabeza durante un momento.
    El examen le salió bastante bien, aprobó, y, en algún momento del verano, recordará mis palabras. Y es lista, además.
    Uno de los aspectos buenos, clásicos también, de dar clases es que, con el paso de los años, ves a tus alumnos o alumnas que se acercan a ti, a veces sin tu reconocerlos a la primera, y te estampan dos besos, más bien las chicas, ante el asombro de tus ocasionales compañeros de… concierto, sesión de cine, boda, tienda de ropa ,… en fin, situaciones más o menos normales.
    A lo que voy: estos breves días de finales de junio, cuando el día es largo, algunos de mis alumnos tienen la selectividad a la vuelta de la esquina y faltan a las últimas clases y yo, por consiguiente, puedo marchar antes y pasarme dos o tres horas vagando por esas carreteras secundarias que me gustan. Estos días, en ausencia de un mar que actúe como imán de mis pasos, son de los más agradables del año.
    Tanto rollo para esto, pero bueno, así son las cosas.
    Un abrazo

  2. Hola, José Luis. Pues sí, como dices, es motivo de mucho orgullo y satisfacción, verdaderamemte 🙂
    Me encanta lo que me cuentas. Imagino que no lo has hecho aposta, pero tiene la estructura de un relato breve. ¡Uno muy bueno! Por cierto, has conseguido devolverme a los veranos de mi primera adolescencia, una sensación que había olvidado: la felicidad del ver el inmenso verano por delante y que aún no se ha empezado a disfrutar. Es un momento maravilloso.
    A mí también me gusta mucho dar vueltas solo por ahí. Lo malo es que en Madrid es muy difícil alejarse.
    Oye, una curiosidad: ¿qué es lo del festival de Ortigueira? Me recuerda a algo que me has contado, pero este blog no me permite buscar en los comentarios para asegurarme.
    Un abrazo, y perdona el retraso. Me había ido de viaje un par de días.

  3. Lo del festival de Ortigueira es algo que pensé hace mucho. Durante los veranos de mi adolescencia solía meterme en un grupo de música de verbena, a veces en la Orquesta familiar, la Orquesta Ríos, para ganar algún dinero. Uno de esas veces actuamos en una ciudad mediana como teloneros, si se puede decir así de una orquesta de baile, de un grupo que no conocía: Gwendal. Ver, oír, escuchar cómo probaban, como calentaban, fue para mí un espectáculo del que aprendí más que de la actuación, porque en la actuación tocaron sus éxitos, aunque yo creo que no conocía ninguno de esa música, la celta. Pero cuando probaban, sobre todo el flautista y el guitarra, no tocaban música celta. Resumiendo: me impresionaron, y vi que había un festival dedicado a esa música: el festival de Ortigueira. Pensé en ir, pero nunca he ido, aunque cada año miro la programación, y los días. Hace dos o tres años estuvimos con mi mujer cerca de allí y, como imaginaba, el festival ya es otra cosa, ya había pasado, como siempre, pero para mí sigue conservando el aura del primer festival multitudinario, y único, al que quise ir y, por ahora , no lo he hecho. No tiene más importancia, aunque pienso en la enorme cantidad de festivales de todos tipo que hay. Entonces apenas había.

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