abril 2010   (1 post)

El gorrión

Así pues, mientras arreglan mi casa estoy viviendo en otra. Más cerca del centro de Madrid, en una de esas calles sombrías, importantes, con galerías de cristales y volúmenes de ladrillo visto.

Enfrente de la mía hay una torre muy alta con la fachada de ladrillo rojo, un rojo encandecido por el sol de la tarde. Arriba, arriba en el último piso que se recorta contra el cielo, veo dos ventanucos en sombra por los cuales perfectamente podría estar mirando a lo lejos una princesa retenida.

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Hoy hemos tenido una mañana de primavera iluminada y fresca. Pasé por una placita llena de personas sentadas, al sol y a la sombra, y me parecieron bellamente dispuestas, como si por hallarse observando ganasen una cualidad estatuaria, una propiedad de lo observado. Hermosos, allí en su quietud; por un momento llegué a creer que entreveía algo esencialmente humano. Sin embargo, es sólo otra reducción. Simplificar la persona hasta lo sublime, podría decirse.

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Igual no es posible concebir la sublimidad del hombre cuando no hay Dios. O sea, como que yo dijese «el hombre es sublime» y aquel compañero mío respondiese: «¿Sublime con respecto a qué?».

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El otro día, la gente pasaba junto a un gran macizo de flores que resplandecía al sol, en el Botánico, se paraba y admiraba su color. Un rojo radiante, unánime, entre amapola y vino. Yo apunté en una libretita: «Se reúnen a celebrar un color». Aquella felicidad natural me pareció espontánea, medularmente humana. Maravillados de que el mundo sea como es, por decirlo a la manera de Wittgenstein.

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No es que yo sepa nada de Wittgenstein. Ya quisiera. Es sólo que un día leí la Conferencia sobre ética y a partir de entonces ya no fui capaz de decir algunas cosas importantes de otra manera que no fuese la suya. Pero yo ya era así, prewittgeinsteiniano, de bastante antes. Hace mucho, yo trabajaba con un informático que me hablaba de la máquina de Turing, de sistemas operativos y otras cosas elegantes y bellas. Entonces yo era más bruto que ahora; entonces nos juntábamos él y yo en un proyecto y yo empezaba que si esto es una mierda, que si esto otro una putísima mierda, y así. El hombre, que tenía que trabajar conmigo, me decía: "Pero a ver, Juan, ¿una puta mierda con respecto a qué?". Y con el tiempo me puse a pensar en ello, en el término de la comparación; y un día cambié por completo de modo de ver las cosas y acabé por comprender a este hombre. Eso fue antes de la Conferencia, ya digo.

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Esta casa en la que estoy de paso también es alta, y de ladrillos oscuros. Hay unas macetas de hormigón en la terraza; en la tierra amazacotada de una de ellas, con las últimas lluvias, han crecido unas yerbas a las que les han salido unas flores amarillas. Durante unos días un gorrión gordezuelo cogió la costumbre de venirse ahí y ponerse a piar, más o menos a las mismas horas del día.

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En mi mapa del mundo se llama el gorrión de Wittgenstein, porque me ocurre, cada vez más, que no puedo separar una idea de aquello que yo estaba haciendo en el instante de su aparición. Pensaba en aquello que escribí en agosto sobre el amor que todo lo puede pero que no puede asegurar lo que será; el amor, que sólo puede estar seguro de que es. Sentado en la cama, escuchando al gorrión, comprendí que eso es lo que resuelve el juramento o el matrimonio: por encima de la razón, sobre los hechos del mundo y el ser común de las cosas, he ahí uno que dice: «Seré». «Este amor será», dice, absolutamente. El amor solo no puede decirlo; por eso lo dice el juramento, que es sobrenatural. En el sentido en que Wittgenstein usaba esa palabra.

«Seré», dice.

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