Justo hace un mes escribí: «Suavemente, las macetas han empezado a amarillear»; pero no lo posteé. Se quedó en una página en blanco, aquí.
Aquellas hojas pasaron del verde pálido al oro y al ocre y al marrón de herrumbre, descaecieron, murieron; se han barrido. Mientras tanto, en mi frase siguen de leve amarillo y verdes, intactas.
Así que he pensado un lago solitario en medio de un bosque, a principios del verano. Cerca de la orilla hay plantados sauces, algunos tilos, grandes castaños de Indias. Empieza a atardecer. El cielo se espeja en el agua del lago, cruzado por nubes y vuelos de pájaros. Una mujer joven de pelo negro está sentada en un pontón, contemplando su imagen en el agua.
Luego, poco a poco, llegan el otoño y el invierno. Pasa el tiempo; las hojas se amustian, las ramas se desnudan, sopla un viento crudo y desaparecen las personas y los pájaros, pero en el reflejo del lago —tal es su virtud innatural— siguen agitándose las arrogantes hojas de junio y cabrillea la luz en el agua con el rubor de aquel minuto exacto de la tarde. Los ojos oscuros de la mujer miran siempre tranquilos, grandes, limpios de cualquier preocupación.

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