septiembre 2015   (1 post)

Ginebra

De camino hacia el cementerio donde está enterrado Borges se pasa junto a un parque a cuya entrada hay media docena de grandes tableros de ajedrez, blancos y negros, pintados sobre el suelo. La mañana es oscura; no ha dejado de llover. Las piezas, que llegan hasta la altura del muslo, están solas, dispuestas meticulosamente para una partida.

Al lado hay un pabelloncito decimonónico de cristal y madera de color verde pálido, rodeado de árboles. Fue un templete de música y salle de rafraîchissements y ahora es un café restaurante. Por dentro se le ve resobado, de los muebles a los camareros. Al otro lado de la vidriera, la enramada espesa del final del verano tapa toda la vista. Entre eso y el verdete de los bastidores, la luz es aguamarina, líquida, como si mirásemos desde el fondo de un lago. Se me ocurre que la dulzura de los árboles tiene ya una traza de otoño.

Las cosas no dicen nada del mundo, ni de lo que hay más allá. El rumor de las ramas bajo la lluvia es agua y hojas; una brizna es hierba; una lápida es una piedra que parece señalar a la muerte. Eso es: una piedra. Las cosas solo hablan de sí mismas, si se las oye hablar.

Mi mesa está junto a un piano de media cola que sostiene una maceta y un juego de copas limpias. Por delante de mí pasa un grupo de hombres hacia la salida. Tendrán entre cincuenta y muchos y sesenta, un aire jovial de profesores de universidad. Dos, rezagados, se demoran junto al piano. El más joven se sienta y empieza a tocar. El otro llama por señas a sus compañeros para que vuelvan. Es una pieza que no conozco; aunque debe de ser Bach. Se la sabe bien; pero la toca inseguro, como por falta de hábito. O quizá sea por el piano.

Sus amigos lo escuchan en largo silencio, haciendo corro. La composición es muy hermosa; en verdad lo es. Cuando termina, todos aplauden. Él toca otra pieza, más breve y festiva, y después se marchan.

Salgo yo también. Ahora hay un par de jugadores de ajedrez entre la lluvia, con paraguas, y una señora que los contempla en una silla de ruedas.

Al cabo de unos días, ya en casa, me encontraré con que una página describe las piezas de ese ajedrez del Parc des Bastions como de tamaño natural  («life-size»), extrañamente. Seguro que a Borges le habría gustado la expresión: como si hubiese un mundo real para ese sueño arduo de guerra y geometría.

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