septiembre 2018   (1 post)

Los puentes

Por lo que respecta a mi conocimiento del mundo, intentaré expresarme con una alegoría. Un hombre se despierta una mañana, va a la cocina, se llena un vaso de zumo y sale al jardín. Sentado en una silla de madera, oyendo a los pájaros, comprende que aún no ha despertado: sigue de pie en la cocina, dando cabezadas, esperando a que hierva el agua en la cafetera, soñando un jardín. ¿La cafetera? Hace años que no usa la cafetera. Entonces sí, se despierta sentado al borde de su cama, la boca pastosa, con la habitación aún a oscuras. Busca a tientas su ropa en el suelo. O no; quizá no está sentado en su cama a oscuras.

Algo así. Cada día un paso más lejos del engaño pero no más cerca de la verdad.

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Toda proposición lingüística intenta fijar para la inteligencia una forma del mundo. Al hablar se afirma que cierta parte del mundo es de cierta manera: un papel tirado en la calle, ese árbol del patio, el otoño, las personas, las despedidas. Se afirma, como si se supiese.

Yo escribo, es decir, implico que sé. Pero pronto veo que no sé. Y vuelvo a hablar y no sé. Y la verdad es que no sé. Sin saber, me quedo mirando cada mañana el mundo en mi ignorancia. Todos los días me entrega mi ignorancia un mundo nuevo.

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Escribo junto a la puerta de la terraza, abierta. Oigo un trino que no he oído nunca, alegre. ¡Pitchí-pitchí! Entre las hojas veo la sombra nerviosa de un pajarillo y me quedo muy quieto para no espantarlo. A lo lejos, le contesta un trino igual. ¡Pitchí-pitchí! Silencio. «Por favor, sigue cantando», pienso. ¡Pitchí-pitchí! Ya no está.

Se me ocurre que ha venido a escribirse él mismo en medio de este post.

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Algo que tengo de niño —o de presocrático—: no acabo de comprender que el mundo cambie. Que se alarguen las sombras, que se vaya la luz de la mañana, que nazcan y mueran las personas, que suba la marea.

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El mundo existe porque los dioses lo piensan, largamente. Un pensamiento cuyo encadenarse hace girar los efectos y las causas. Pero los dioses poderosos, saturados de la ebriedad del ser, propenden a la quietud. Especialmente en el cambio de las estaciones, su razón se calma y el mundo se enlentece. Si se parara, desaparecería.

Los mandolios son un pueblo escuálido y acuciado que cree en la magia imitativa. Al comienzo del otoño y morir del verano su trabajo es tender puentes. Trenzan cuerdas, embarrilan vino, se embarcan, cimientan, siembran, escriben los índices de los libros, engendran, injertan. Todo es plan, puente, viaje, porvenir. Alrededor de la cintura se visten una cadena de metal con un eslabón blanco. Creen que esa perseverante repetición ritual suturará el abismo en la continuidad del mundo.

Hasta los cielos ascienden las oraciones bisbiseadas de los mandolios, el rumor de sus tejemanejes y el humo de su incienso. Los dioses vuelven curiosamente su mirada hacia estos seres ínfimos y su extraño atareamiento y sus continuidades minúsculas, y el engranaje tremendo de la razón divina poco a poco hace retemblar el universo. De ese modo tan inocente, por los mandolios, el mundo sigue.

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