El señor Montes ha dedicado su vida al arte del origami. Vive solo; es un hombre sin familia. El salón de su casa lo ocupa una ciudad blanca rodeada de blancos campos ondulados y nubes en lo alto. No hay detalle que no asombre por su perfección minuciosa. Cada pieza de papel está animada con un pequeño movimiento que recuerda a la vida.
Una noche desapacible, el cercanías en el que vuelve de su oficina cae al agua en la boca de la ría, y con él cae Montes, que siempre iba leyendo. En el piso deshabitado, la ciudad de origami repite a solas sus gestos. Los coches están detenidos en los semáforos intermitentes; las figuritas de personas parecen ir y volver a sus tareas; dos barcas se cruzan bajo un puente; las nubes surcan de un lado a otro el techo de la habitación; revolotea una bandada de palomas.
En el cielo del mundo verdadero pasan los días y a través de las ventanas de la sala los crepúsculos colorean de rosa las alas de las grullas y las hojas blancas de los árboles. En la ría, los juncos tiemblan con la brisa. Una carpa dibuja un redondel en el agua.
[Grulla]

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