El ocaso por detrás de la montaña, la montaña en el espejo del lago.
Cede el calor del día. Unos patos lentísimos trazan estelas rojas en el agua de plata. Cruzan nadando de parte a parte, despacio como el tiempo.
La tarde de verano se consume hasta el púrpura.
Quizá yo, alguna tarde tranquila, oyendo una música, o recordando unos versos antiguos, o comparando las formas distintas de las espigas, inocente, descuidado del tiempo, haya dibujado sobre el espejo del mundo una estela perfecta de felicidad moral, visible durante un rato desde un punto situado un poco más alto, como ocurre ahora.
No sé si eso me justificaría. Al mundo sí. La belleza del mundo vale la pena.

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