Una mañana calmada sopló el aire y las hojas abarquilladas del cerezo susurraron con un suavísimo entrechocar leñoso, claclaclaclacla, porque habían empezado a secarse. Sentí en ese instante que veía al tiempo mismo, vivo, como en un mito arcaico se entrevé a un dios en un claro del bosque.
Llevo un mes y medio intentando hablar del final del verano y el comienzo de este otoño, pero no he podido pasar adelante. Se me ocurre que si supiese decir algo definitivo sobre la entrada del otoño sería como decir algo definitivo sobre mi vida; y de eso no soy capaz. Es más: empiezo a pensar que no me es dable decir nada trascendental. Nada que no esté ya en las cosas.
En otoño la naturaleza juega al juego de morirse. Nosotros, en cambio, no lo jugamos bien. Llevamos mucho tiempo sobre la tierra pero aún no hemos aprendido a resucitar.
Alguien coloca sobre una mesa una semilla, cinco clases de pétalos, un guijarro, caracolas, cuatro letras de plomo de una imprenta antigua, una piedrecita de almizcle, todo esparcido sobre la mesa. Lo miras. Al cabo de un rato, renuncias a encontrarle sentido. Entonces la otra persona levanta sus ojos a los tuyos y te mira con la desilusión de un niño. «Es un tesoro maravilloso», dices de pronto.
El último viento del verano hace temblar las velas en el palacio de la muerte.

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