La cereza está en el árbol, la retama en el monte, el azul en el cielo, la amapola al borde del camino.
Yo aquí. Cada cosa ha llegado a su sitio.
En mayo, la hora que va del día a la noche. La luz que permanece en el cielo, como se encharca una ribera al retirarse el agua.
En mayo, los descampados. Esas flores pequeñas de color azul más-alla-del-azul.
En mayo, el mirlo dice: «Estoy vivo bajo el cielo de primavera. Estoy vivo bajo el cielo de primavera». Y yo, al oírlo, sé que estoy vivo bajo el cielo de primavera.
Copos, alas, espuma, vilanos,
hebras, briznas, burbujas, rocío,
trizas, plumas, estambres, neblina,
sámaras, días, pétalos, espigas.
En mayo, el año pasado, escribí barredura. No sé cómo la palabra me volvió a la cabeza, al cabo de tanto tiempo. La usaba mi abuela: «Échalo a la barredura», decía, por ejemplo. La consulté en el diccionario y ahí estaba, perfectamente ortodoxa. Solo es vieja; ya no se usa.
Las palabras se mueren y pasan, como las personas. Sería bonito enterrar el cuerpo con sus palabras al lado, las que prefería usar, como hacían los antiguos con el ajuar del muerto. Para que no las eche a faltar más allá, en el otro mundo.

Deja una respuesta