En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena.
El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.
El día es un diente de león, un cristal de nieve.
Hay lucecitas en nuestra terraza, azules, pálidas, mínimas estrellas caseras. Ahora me gustan esas luces, como quiero cada vez más todo lo que es simple y frágil. Miro las lucecitas, las ramas, el cielo limpio, los días de Navidad, la ciudad que se esfuma en el horizonte neblinoso, todo lo que tengo delante en su ser vulnerable, y querría que no lo hiriese ni un soplo.
Comprendo que esta aceptación no está lejos de la felicidad; cierta nueva, dolorida, adiestrada, pacífica, asendereada felicidad.
Feliz año.

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