El lago

Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar. 

En los jardines fueron apareciendo fuentes sonoras, pabelloncitos de hierro y cristal, estatuas, praderas llanas y embarcaderos rústicos, pero las instrucciones del rey eran cada vez más imprecisas y su atención más lejana. Se metió en batallas y las ganó; comerció con otras tierras, tomó esposa, acreció el reino y su familia. Fundó un hospital de caridad, dragó los puertos y armó una flota; y a todo ello la obra ociosa del lago fue cayendo en el olvido postergada por otras urgencias, es decir, por el correr ordinario de la vida.

Pasaron los años; la fortuna dio otra vuelta. Un día murió el príncipe heredero. Acabado el funeral, aquel hombre canoso mandó que lo dejaran solo. Mudo y perdido, no sabiendo adónde ir, se dirigió hacia el antiguo lago. Ató su caballo al bolardo de un muelle, subió a una batea cubierta de hojas caídas y se fue empujando él mismo la pértiga por los canales verdisecos, como si surcase una ruina salida de su propia memoria. Desembarcó en una orilla y miró alrededor. Era una islita minúscula en cuyo centro crecía un corro apretado de cipreses en torno a unas paredes de ladrillo rojo sin enfoscar, cubiertas de madreselva, que parecían destinadas a haber sido un palacete o una capilla. Una plomada colgaba de un bramante; en el suelo se pudrían aún las jambas de una puerta. En un rincón, caída entre la vegetación asilvestrada, asomaba la figura blanca de una mujer o una diosa, por cuyos brazos níveos crecía el verdín. Se acercó. Era una pieza bellísima, de un arte único. Su rostro tenía, a la vez, de animal y de ángel. Estaba incompleta.

El rey pensó que solo le quedaban su escasa voluntad y sus recuerdos y que debería prepararse, también, para perderlos todos. De los jardines se habían ido los pájaros. Miró una vez más el agua quieta y entendió que antes que un rey había sido un hombre y que todos los hombres construyen en el aire; una frase que había leído hacía tiempo, varias veces, en este mundo donde todo vuelve, y se olvida, y se repite.

[El lago]


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