Arena en los bolsillos

Al deshacer la maleta salen piedrecitas, caracolas, billetes de autobús, entradas para un concierto, un plano, arena que cae al suelo. Uno mira estos objetos con un parpadeo, entre dos luces. Parece que al desarraigarlos de su lugar original se ha secado su sentido, que se ha amortecido su brillo. Estaban tan vivos y ya no son de verdad; solo valen como signos. Remiten a lo que sigue siendo en otra parte, es decir, a lo que fue.

También me he traído en la cabeza ideas así, veniales, que hace dos días, en la otra brisa y bajo aquella otra luz parecían valer, tan fuertes, tan auténticas. Y ahora, aquí en medio, ¿qué son? Son ideas pequeñas, fragmentos, imágenes sueltas. Esas texturas poderosas que he dicho: arena, piedra, agua. Geometrías de edificios o de valvas. La incertidumbre sobre la vida verdadera: si las vacaciones son la suspensión del curso de la vida o si la vida laborable del invierno es la monótona suspensión de otro destino. La ilusión de completud, a solas en el mar verdegrís, al caer la tarde. La creencia de que uno puede pensar sin categorías y sentir sin palabras. El olor a salitre; la lluvia complacida.

Aquí sentado, de nuevo en casa, pienso esas ideas que me he traído de recuerdo, aquí nada, índices, expresiones de una aspiración. Ideas que valen por su capacidad de remitir a un deseo. Hermosa arena, caracola, piedra. ¡Como si eso fuese poco! Eso lo es todo.


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