Autor: Juan Avellana

  • Invierno

    Justo enfrente y un poco por debajo de mi ventana hay un hombre en su balcón, ocupado con algo que se encuentra a la altura del suelo. No sé bien de qué se trata porque me estorban las ramas peladas de la copa del olmo que crece delante de mi casa, aquel que los días de viento rascaba la pared. Es la primera hora de una tarde de invierno en Madrid. La luz transparente, amarillecida; encima, el cielo confiable de Castilla.

    El hombre va vestido con ropa cómoda, unos pantalones de chándal y una sudadera clara. Parece como si intentase reparar algo. Sale al balcón una mujer de pelo castaño. Andarán los dos por los cuarenta y tantos, cincuenta años. Cambian algunas palabras y se ponen a trabajar en lo que sea que los ocupa, en silencio.

    Así un rato largo: ellos trabajando sin hablar y yo mirándolos, como si escuchase una pieza de música.

  • Historias

    Cuando vuelvo por mi ciudad, sentados en la cocina, hablo con mi madre. Me cuenta las historias de gente que ella y yo conocemos. Qué ha sido de este, qué se hizo de este otro, adónde fue a parar esta pareja. Los relatos de todas esas vidas, inicialmente variados, sumados y con la iteración de los años terminan por desembocar en una conclusión muy semejante, que incita al asentimiento y la tristeza.

    Yo escucho y pienso. Tal es la razón de que las novelas y los cuentos nunca prosigan más allá del límite arbitrario que impone el desenlace: es que si así fuese, la enseñanza de todas las historias propendería, en el infinito, a ser siempre la misma. Que encima no es sencilla de aceptar, ni tampoco alegre.

  • Encuentros

    Quedo con una amiga a la que no veo desde hace años, llenos de peripecias y de cambios, y lo que más me sorprende es que nada ha cambiado.

    La razón es que los dos perseveramos, a través de los años, en una profundísima inocencia. Se me ocurre de vuelta a casa, intrigado y alegre.

  • Una bestia o un dios

    Todo el mundo conoce esa sentencia de Aristóteles, de la Política: «El hombre es un animal social», algo que sabe cualquiera sin necesidad de leer a Aristóteles. Pero que sigue así: «… y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»; o, como repite muy bellamente unas líneas después: «Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios».

    Mi interés por esa frase no ha sido político o filosófico, sino personal. Siempre he tenido problemas de relación con cualquier comunidad (parece cosa de fábrica), que me llevaban a vagar entre la melancolía y la soberbia. Me acuerdo bien de la primera vez que la leí porque va asociada a uno de mis pequeños hitos de madurez personales, parecidos a las fijaciones que colocan los escaladores cada cierto espacio para asegurar las cuerdas. Me puso enfrente de mi propia confusión: en el brete de escoger, me di cuenta de que yo no quería ser ni lo uno ni lo otro; a mi manera, pero en cualquier caso un hombre. Ni bestia, ni dios; un hombre.

    A partir de ahí he seguido refunfuñando, por supuesto; pero desde entonces refunfuño desde dentro. Fuera no hay nada para mí.

  • Primer al margen

    Bueno, tenía que cambiar la apariencia del blog algún día; como ese día nunca llegaba, al final lo he sacado tal cual, con tal que salga de una vez. A ver si lo termino pronto.

    Iba a dar ahora la razón de esta columna que he puesto aquí: pero se me ha ocurrido que si no explica ella sola su función según se vaya llenando, mala cosa.

  • Otro principio

    Avellanoide

  • Los ebutos

    Historia natural. Las plantas pueden permanecer incólumes en mitad del cruel invierno porque se dejan traspasar de parte a parte por el frío, sin ofrecer resistencia. En lo más profundo de la planta hay una menuda médula, clausurada al exterior, donde la vida de la planta se recoge durante la estación. Sin embargo, puede ocurrir que en un instante extremo de frío innatural o por un momento de distracción o debilidad de la planta, el frío penetre también ahí, hasta la misma médula, y le apague todo calor, y entonces la planta muere, o, mejor dicho, cuando llega el tiempo propicio no revive.

     

    Los ebutos tienen un idioma para la felicidad y otro para el resto de las cosas. No solo los asuntos a que se refiere son felices; también les da placer hablarlo.

     

    Desde que nacen tiene esta virtud: les enseñas la semilla y ven la forma del árbol. Con ese método los escogen, muy jóvenes.

     

    En todo el país se ha prohibido recordar a los barcos.

  • Una historia extraña

    Hoy se me ha ocurrido una historia extraña. Se trata de un hombre que sufre una vuelta de la fortuna y que sobrevive agarrándose al pensamiento de las cosas que aún conserva. Después le llega otra derrota, otro fracaso, y otra ruina, y otra, y él se encierra sucesivamente en su cadena de renuncias, cada vez más inerme y zarandeado, acercándose a los ojos lo que todavía le queda: la salud a medias, el abrigo de lana, el cielo despejado, su mala vista, la habitación en que se guarda del invierno, un insecto al otro lado del cristal, esas cosas.

    El quid del asunto consiste en contrar esta caída por una escalera de miseria como si el hombre fuese crecientemente un héroe.

  • Una parábola

    No hace falta decir el título de la novela, porque la reconocerá quien la haya leído (y quien no la haya leído no querría conocer el final). Habla de un muchacho al que internan en una institución militar para entrenarlo en la guerra. Allí lo hacen combatir con otros como él en simulacros de batallas cada vez más apremiantes y complejas. Los que fracasan son inmediatamente eliminados.

    El protagonista sobrevive a una cruel sucesión de cribas hasta que llega más allá del límite de sus fuerzas. La historia termina en la oscuridad, cuando alguien lo despierta de un pesado sueño de extenuación y lo libera. Él pregunta si el entrenamiento ha terminado y si va a ir a la guerra, y se le responde que el entrenamiento había terminado hacía tiempo; que había librado una guerra verdadera sin saberlo y que la guerra ha acabado.

    Sólo hoy, al cabo de los años, me he dado cuenta del valor simbólico de ese cuento: bien puede ser el cuento de cualquiera. Mientras un joven se prepara para la vida que vendrá, ignora que la vida ya está siendo. Un día despierta y se entera de que lo que tenía que ser, ya ha sido, mientras él no lo sabía.

  • La medida del valor

    Mientras lo escribía, me di cuenta de que por mi post anterior rondaba la forma de una frase de Ernst Jünger (la forma, no el contenido), de sus diarios. Esta, a diferencia de tantas otras citas sublimes, no es solo que parezca elevada y noble y resuene muy bien; es que sigue siendo hermosamente cierta cuando uno se acerca a mirarla mejor:

    «La verdadera medida del valor que poseemos es ésta: el crecimiento que los demás experimentan merced a la fuerza de nuestro amor».

    Ni más ni menos.