Autor: Juan Avellana

  • Dolores del cierre

    En los niños, el extremo de los huesos largos —la epífisis— está separado del resto del hueso por un cartílago, lo que les permite crecer; durante la adolescencia, ese cartílago desaparece hasta que el hueso se cierra, y entonces el crecimiento está completo. De manera análoga, yo diría que la osificación de la personalidad —el cierre del espíritu— ocurre cuando el adulto deja de vivirse como un proyecto y se acepta como un hecho. Abandonar el paraíso de la posibilidad es necesario y triste. «No existe en lo que digo intención de ofenderlos: el carecer de ilusiones es algo respetable, y exento de peligro, y provechoso, y triste», escribía Conrad en Lord Jim. Es una costumbre engañosa medir a los demás por lo que son y a uno mismo por lo que podría ser. Un vendedor de coches de segunda mano no es un bajista de rock porque tuviera una banda durante sus últimos años de bachillerato. A pesar de ello, se me ocurre que existe un lugar para la redención del deseo: en el país de la imposibilidad, donde no caben las ilusiones, pueden pervivir los sueños. Decía Kant, más o menos, que el valor moral de una persona no puede cifrarse en el resultado de sus actos, que no está en sus manos sino en la mecánica del mundo; por otro lado, puede ocurrir que uno carezca de talento para lograr un buen fin, de lo que no es responsable. Y así, si hay algo que pueda tenerse por bueno en términos absolutos, eso es solo la buena voluntad. Parafraseando a Kant, se me ocurre que algo semejante cabría decir de los sueños: fuera de toda contingencia, a salvo de las circunstancias del azar y de las capacidades que te haya dado la naturaleza, existe un reino en donde la sola medida de valor es la propia belleza de tu deseo. Eres su único responsable; y si tus hechos son la medida del valor de tu vida, también es lícito que te erijan estatuas de la estatura de tus sueños.

    «Y el capitán respondió que venía de la hermosa Belzoond, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Irlanda, que está en Europa; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues decían: “No hay tales lugares en todo el país de los sueños”. Cuando acabaron de burlarse, expliqué que mi fantasía moraba por lo común en el desierto de Cuppar-Nombo, en una ciudad azul llamada Golthoth la Condenada, que guardaban en todo su contorno los lobos y sus sombras, y que había estado desolada años y años por una maldición que fulminaron una vez los dioses airados y que no habían podido revocar. Y que a veces mis sueños me habían llevado hasta Pungar Vees, la roja ciudad murada donde están las fuentes, que comercia con Thul y las Islas. Cuando hablé así me dieron albricias por la elección de mi fantasía, diciendo que, aunque ellos nunca habían visto esas ciudades, bien podían imaginarse lugares tales».

    [Lord Dunsany, Días de ocio en el país del Yann. Traducción de Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis.]
    [La traducción de la frase de Lord Jim es de Ramón D. Perés.]
    [La traducción de los conceptos de Kant a gruñidos es mía.]

  • Aquí

    Desde los tres olivos hasta el barrio del puerto, desde el lago hasta la estrella, entre el mar de cristal y la ciudad de los ángeles.
     

    [Plano del metro de Madrid]

  • La comunidad civil de los cerditos

    En el país de los tres cerditos no hay asunto más importante que la técnica de construcción de viviendas, como es natural. Uno llega allí y se encuentra en el brete de escoger bando. En abstracto, no hay duda de que la opción idónea es el ladrillo o la piedra, opina el viajero. Pero claro, eso de poco sirve, ya que no se construyen casas en abstracto. Todo depende. ¿Se construye sobre arena o sobre roca? ¿Es una zona sísmica, el país de los cerditos? Porque en ese caso, sería mala idea dejar que varias toneladas de ladrillo y tejas te aplasten una noche en tu cama. Pero antes que nada, decidme, ¿hay en este país bosques, canteras, hornos para cocer la arcilla, es el clima demasiado seco o lluvioso para edificar con paja? ¿Y el lobo? Contadme algo del lobo.
    Los cerditos son gente apresurada: ¿va a vestirse esta camiseta con el emblema de un ladrillo que un cerdito ardoroso sostiene ya entre las manos, o no? Bueno, dice el viajero, yo creo que no es incompatible una inclinación de principio por la construcción sólida con una decisión final en otro sentido. Los cerditos contemplan al viajero como si fuese un monstruo desconocido. Los bandos de los cerditos se muelen a palos. A los cerditos se les llenan los ojos de lágrimas por la memoria de los cerditos que se fueron dentro de sus camisetas. De qué habla éste.
    Lo que quiero decir, dice el viajero, es que la respuesta correcta a vuestra pregunta es «según». Se trata de preguntar a la realidad. Pero no hay camisetas de «según» en el país de los cerditos, que a estas alturas ya no le hacen caso porque cerca de allí ha estallado una reyerta tumultuosa. Dientes rotos, ojos morados, cerditos despeñados desde los puentes y los campanarios. El viajero empieza a desear que todos los cerditos se vayan a tomar por el culo, que se los coma el lobo.

  • Octubre

    Si una mañana de invierno un sol suave acariciase el día, cualquiera bendeciría el cielo, dichoso por la tregua, y, sentado en el banco de un parque, podría ponerse a escribir un poema agradecido. Pero si una tarde de otoño como esta el sol se consume silenciosamente en una luz dulce y fragante como un licor antiguo, todo ese cuidado cae sobre las cabezas de la gente y sobre el verde de los árboles y de los campos y sobre los juegos de los niños y el vuelo diminuto de los pájaros como una capa de melancolía, y solo sirve para evocar presagios de acabamiento y recuerdos de tiempos mejores. Esto sucede porque en nuestra vida íntima conocemos por historias. A diferencia de los cuerpos en estado puro, las cosas humanas van colocadas sobre una línea de tiempo y de causas, y esa propiedad —dónde se halla la cosa en su camino— nos importa quizá más que cualquier otra.

  • Alt=La vida

    Los ciegos navegan por la red mediante un lector de pantalla, un programa que les lee en voz alta lo que no pueden ver. Eso comprende no solo el texto, sino, entre otras cosas, también las imágenes y los enlaces, ya que sin ellos es imposible recorrer una página web. El lector de pantalla no puede ver una imagen: lo que hace es leer su descripción textual, que un señor ha escrito en el código fuente de la página. Por ejemplo, el Avellana colgado ahí arriba en garamond es una imagen; por debajo, en el código que el navegador corriente no nos enseña, pone: «Avellana», un letrerito que aparecerá si por cualquier cosa la imagen no se ve.

    Hablando el otro día de estos asuntos, alguien se puso a bromear sobre la descripción de las imágenes en un sitio porno. La gracia del contrasentido está en que ni siquiera hacen falta las imágenes; con una buena prosa, te puedes ahorrar las modelos y las sesiones de fotografía.

    Enseguida se me ocurrió que aquello no era de ningún modo un absurdo: qué otra cosa es la literatura sino la relación verbal de un mundo cuya imagen está ausente. Nos hemos pasado cuatro mil años haciendo precisamente eso, describiendo algo que sucedió en otro momento y lugar; y hemos llegado a manejar tan bien el truco que leíamos en el sobreentendido de que era superfluo si en el origen había habido o no un hecho palpable.

    Durante cuatro mil años leímos el mundo como ciegos sin saberlo, hasta que de pronto, hemos sabido: desde que principios del siglo XX aparecieran nuevas formas de narrar que sumaban el poder de la construcción narrativa a la evidencia de la imagen. ¿Cómo sostener a partir de ahora el fingimiento compartido de que la literatura es la descripción de una realidad en ausencia?

    6 billion Others [vía mirá], Seis mil millones de otros, es un proyecto del fotógrafo Yann Arthus-Bertrand que consiste en ir a una persona cualquiera y preguntarle por su vida, sus desdichas y sus sueños, y ver qué te contesta, dejarlo filmado y colgarlo en la red.

    El resultado, ante todo, produce compasión, en el sentido etimológico que decía Kundera: como un sentimiento de telepatía emocional. Por otra parte, los testimonios —desiguales, como somos las personas— suscitan la misma fascinación que un objeto hallado cuya forma sugiere un significado punzante que uno no acaba de entender; la misma prefiguración de sentido que las palabras de un extraño oídas al azar por la calle.

    No copio aquí los enlaces porque la página está hecha con flash; pero el que entre verá las respuestas agrupadas por personas y por temas: está la mujer chechena que habla de la calma después de la guerra; el ruso cuyo sueño más grande es hacer crecer tomates en la helada Siberia y ajos tan grandes como su puño; el hombre que solo quiere subir a un árbol; o esta declaración: «Llevo casado con mi mujer veinticuatro años. Nos enamoramos hace dos».

    Para mí yo aparto un testimonio. El del sirio con sombrero, uno que dice: «Cada año, por mi cumpleaños, el cinco de diciembre, rompo a llorar sin razón. No sé, solo por la emoción. Me apetece. Puedo ver la película de mi vida, con todos los recuerdos de mi infancia y mi carrera. Simplemente empiezo a llorar. Y yo no sé si es tristeza o felicidad».

     

    [6 billion Others: http://www.6billionothers.org/
    SoundsDirty.com, página porno especialmente accesible para ciegos (bueno, así es como se anuncian). El interés de la cosa se ve en su código fuente (ver/ver código fuente de la página): http://soundsdirty.com/
    Lector de pantalla en la Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Lector_de_pantalla
    mirá http://www.juliangallo.com.ar/2007/06/6-mil-millones-de-otros/]

  • Tres consejos

    El otro día me propuso Rosa, la Donna, que colaborase en propagar un meme: tres consejos para ser un buen blogger. Cuando me enteré (porque, a todo esto, en aquel momento yo estaba en la playa) me hizo gracia la idea, ya que me considero desapasionadamente un blogger horrible; tanto, que podría abreviar los tres consejos en uno: no ser como yo (en muchas cosas). Así que he estado pensando en tres virtudes que no haya deshonrado con mi práctica, y me salen estas, que me parece que no están mal:

    Crearse un hueco. Es decir: que uno hable de lo que sabe y le gusta y siga su temperamento, en primer lugar; después, que deje a tranquilamente que los lectores afines se vayan aproximando a su página por simpatía, sean dos o doscientos mil.
    Si lo tuyo son los gadgets electrónicos, el mundo te escuchará y los reyes te llenarán de oro la boca; si se trata de la afinación de clavecines, pues nada, eso te ha tocado: recuerda que en esta vida se puede ser feliz con poco. No creo que sirva de nada forzar las cosas.
    Un extranjero, maravillado, le pregunta a un inglés cómo ha conseguido ese césped perfecto, y el inglés contesta: «Oh, es sencillo: se planta, se deja crecer y se corta cada cierto tiempo durante doscientos años». Más o menos, he ahí el espíritu.

    Esto es una conversación, como dice Portorosa. Toda escritura es un diálogo: eso, que de modo general se puede considerar una verdad metafórica, en el caso del blog es literalmente cierto: constituye su sentido. No creo que sea un blog un sitio donde la voz de un narrador se dirige a unas personas que lo leen, y ya. Será alguna variante de prosa por entregas, pero no un blog. Ni siquiera hace falta contestar los comentarios uno por uno: basta con que se vea que el blog escucha.

    Y luego, una cosa complicada que me cuesta explicar y que yo llamaría algo así como escribir dando. Contaba Monterroso de cierto escritor que al llegar a un país sudamericano, cuando el presidente de la república le preguntó: «¿Y qué mensaje nos trae el gran novelista?», él respondió: «Señor Presidente: yo no traigo mensaje; traigo una factura». Pues algo así. Hay escritores que en vez de un mensaje parece que te traen un albarán.
    Cómo lo diría yo: hay escritores que parecen escribir pidiendo; transmiten la sensación de que el lector les debe algo, sea admiración, compasión, una expiación o una culpa. Su escritura reclama del lector una desazón deudora que en la literatura general no es incompatible con el éxito, pero que a mí me parece desastrosa en esto de los blogs, entre otras cosas porque la lectura de un blog —y esta es otra pecularidad del género— no es obligatoria (lo que no puede decirse de buena parte de la literatura general).
    Lo contrario es escribir dando. Que después de leer a uno acabes sintiendo que ha intentado darte algo que era suyo y que antes no tenías. Incluso aunque entre medias se haya comportado como un comisario, un quejica o un presumido.
    (Donde digo escritores quiero decir gente que escribe; y con literatura general me refiero a cualquier cosa que se comunique por escrito: periódicos, novelas o prospectos de medicinas).

    [La donna è mobile:
    http://la_mobile.blogia.com/
    Un hombre sentado en una silla:
    http://unhombresentadoenunasilla.blogspot.com/
    Augusto Monterroso, Scorza en París:
    http://www.abanico.org.ar/2006/03/monterroso.letrae.htm]

  • Días

    Esta tarde, al salir de trabajar, me he topado con un africano alto y delgado, vestido con una chilaba gris perla. Llevaba a caballo sobre los hombros a una niña de tres o cuatro años, de piel más clara, despeinada y con sandalias como una niña del tiempo de Jesucristo. La niña iba dormida, con su cabeza apoyada sobre la cabeza del hombre. Hace solamente tres mañanas veía brillar como lluvia de diamantes bajo la luz del sol a los peces minúsculos dentro del agua silenciosa, de ese delicado azul que se llama, con toda propiedad, azul aguamarina. Y luego, por la noche, la luna creciente, terrible en el cielo, blanqueando las piedras de un camino, irguiendo sobre sus pies solitarios a los árboles. Estas cosas han sido mi felicidad y mi asombro.

  • Otra ley natural

    Cuando era estudiante no siempre tuve un domilicio fijo en la ciudad donde estudiaba. Esas temporadas dormía en pensiones, comía por ahí. Pasaba mucho tiempo solo. Recuerdo que una vez, en un bar, acababa de terminarme el menú del día y tenía un hambre terrible. Cerca de mí había un señor pulcro y antiguo que había comido lo suyo con orden y pausa. Terminó, alineó las miguitas sobre el mantel y se quedó esperando muy bien, con esa soltura natural con que esperan los solitarios. Al cabo de un rato, cuando el camarero pasó por su lado, el hombre le preguntó muy educadamente si sería posible trocar el café que figuraba en el menú por una pieza de fruta sin que variase el precio. ¿Una naranja? Una naranja. Del hombre de la naranja y de otros que he olvidado se formó por aquella época mi imagen ideal de la tristeza: un hombre mayor comiendo solo en la mesa de un bar. Veinte años después, a veces me sucede que estoy solo comiendo en los bares, y no es tan malo. Ojalá haya descubierto una ley de la naturaleza, una ley que diga, por ejemplo: «Cuando llega lo que más temías al final no era tan malo». Aunque no creo.

  • Ni que fuese una ley de la física

    A un amigo mío le gusta una mujer —un rostro— que conoce de vista. Sucede que cierta noche, en un bar, alguien les presenta. Y parece que él cae en gracia. Quedan unas cuantas veces a tomar algo, charlan, se van conociendo, esas cosas. Tres semanas después, en otro bar, me está contando cómo han roto, por decirlo así. La expresión es suya. Han tenido esta misma tarde una conversación muy seria. Resulta difícil de comprender qué puedan haber roto al cabo de tres semanas, le digo, y él está de acuerdo. Pero la historia entera es extraña, absurda, un disparate. Mientras me habla se mira las manos inquietas, así que puedo contemplarle la cara a placer, y por debajo de la perplejidad, el amor herido y esas imágenes menores que se pierden con la ilusión, creo ver la incomprensión radical de que algo sinceramente hermoso no sea igualmente bueno. Ese ingenuo desconcierto dolorido que he notado en algunos hombres, como yo mismo, y que la experiencia no disipa. Y ahora que estoy yo a solas, dejando a un lado a las mujeres y los hombres y a mi amigo, pienso en términos más generales. Cómo es que no basta una vida para contender con las promesas incumplidas de la belleza.

  • El lugar de la felicidad siempre ha estado ahí delante

    Uno de estos días me decía Rosa en los comentarios que qué traía para contar, después de las vacaciones, y yo le dije la verdad: que nada, o casi nada. Me siento enfrente de la página y es como si hubiese perdido el hilo de una conversación; no sé por dónde seguir. O como sucede a veces, que después de mucho tiempo sin ver a un amigo, resulta embarazoso y extraño que la conversación se estanque, hasta que suavemente se recobra el hábito de la intimidad. De lo que se trata, ya sé, es de empezar a hablar por cualquier parte. Pues ayer he encontrado por aquí un párrafo de Ferlosio que copié del periódico, hace no sé cuanto. La nota sólo dice: «Del ABC de hoy». Iba a traerlo al blog pero al final no lo hice; imagino que por eso no apunté la fecha. Es un párrafo extraordinario:

    Con los paisajes, que no son la vida ni el ayer, sino únicamente los lugares de la vida y del ayer, nos comportamos como una especie de compañía de viejos actores jubilados que hubiese adoptado la costumbre de organizar excursiones para visitar los antiguos teatros, hoy a menudo clausurados o vendidos, en los que actuaron en sus buenos tiempos, pero sin venir ahora a añorar triunfos ni a acordarse de obras ni de personajes, sino tan sólo a embelesarse con el decorado, que, nevado por el polvo de los años, permanece increíblemente fiel. El lugar de la felicidad siempre ha estado ahí delante; ¿por qué ella, en cambio, no ha venido nunca?

    [Gracias a Google: el artículo está todavía ahí. Es del 17-7-2005. ¡Hace dos años! http://www.abc.es/hemeroteca/historico-17-07-2005/abc/Opinion/sueltos-de-la-libreta_203867260176.html]