Autor: Juan Avellana

  • La revelación

    Se dice que todo cuento relata un cambio en la vida o bien un momento de comprensión. Lo que difícilmente puede contarse en un cuento es que ese momento de comprensión, en la vida real de un lector de libros, muchas veces sucede precisamente en un libro. No se me ocurre describirlo de otra manera que con esta imagen: al cruzar un párrafo o un verso, salta un fogonazo deslumbrante.

    Quizá mi mayor deslumbre me lo encontré en este párrafo de Borges:

    La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

    El otro día volví a esta cita casi por casualidad. Se me ha ocurrido compartirla, es decir, mostrarla, y nada más, porque no hay nada que yo pudiera añadirle. Salvo dos notaciones marginales:

    Primero, su curioso isomorfismo: ella misma tiene las propiedades de lo que declara, la inminencia de una revelación que no se produce.

    Y en segundo lugar, su modestia —no sé si deliberada o inconsciente—, ya que alcanza mucho más que el hecho estético. Podría convenir a la literatura entera, a la filosofía, a la tarea de pensar; podría ser cifra de la condición humana.

     

    [Al final de «La Muralla y los Libros», en Otras Inquisiciones.]

  • Avellana: su cuaderno de viaje VII

    La cascada del río Treca ha formado a su pie una poza redonda, y allí es donde vive el gran animal perdido del mar. Las gentes de la región le llevan de comer, le arrojan guirnaldas florecidas, los domingos por la mañana le cantan poemas y a todas horas lo colman de honores, al gran animal triste.

     

    En todo el país cesará la pestilencia cuando se dé justicia al culpable. Entonces el rey del país designa al culpable. La pestilencia no acaba, de modo que se designa otro, y otro. Cada día designa un culpable el rey de aquel país.

     

    En Rudelia desconocen su propia bandera. Todo son hipótesis.

     

    En el pueblecito de Viloé el filósofo arma en su imaginación figuras geométricas complejas y llenas de conocimiento; cuando tiene una concluida —la tarea es larga—, la coloca mentalmente sobre el cielo, la deja suspendida allí y se vuelve hacia sus adentros a meditar otra nueva, lo que exige una concentración perfecta, porque en un momento de descuido podrían venírsele abajo las que lleva hechas.

    Esto es así desde el punto de vista del filósofo. El que se detiene a mirar ve un hombre calvo con taparrabos, cagado por los pájaros, quieto como una piedra las noches y los días a la entrada de una cueva.

     

    Todos quieren volver otra vez en su vida a Bicena; por eso una mañana luminosa los viajeros se llegan hasta el puente de Levante, que tiene nueve ojos —uno por cada mes del año— y es querido por los pájaros, y arrojan monedas de oro y plata con los rostros de reyes remotos, piedras preciosas de todos los tamaños y joyas labradas. Después, los viajeros se acodan en el pretil, miran la corriente y por un instante piensan en su vida. El lecho del río relumbra al sol de la mañana bajo el agua clara, pero nadie ha tomado nunca la más minúscula pieza, ya que los nativos creen que ese tesoro es la dote de una mujer a la que esperan. Y quién querría ser expulsado para siempre de Bicena, arrojado para no volver a ver más su puente de nueve arcos, sus mañanas alegres, el modo en que se despliega el futuro resplandeciente, el río de cristal y oro y las voces de sus pájaros.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje VI]

  • Sueños

    Nunca se me ha ocurrido preguntar si es algo que le pasa a todo el mundo o si se trata de una rareza, pero el caso es que a lo largo de mi vida yo he soñado algunos sueños muy importantes.
    Mis sueños categóricos, fundamentales, han sido tres. Una noche como otra cualquiera me dormí; al despertar tenía la sensación de haber sido parte de un milagro. Y aunque hayan pasado tantos años desde el último, lo curioso —o lo infantil, o lo entrañable— es que muchas noches me acuesto, apago la luz y me tapo con la esperanza de que me llegue otra vez una experiencia prodigiosa, un sueño desde el lugar en donde viven los dragones y los ángeles.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • Largo y ajeno

    «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». Como es notorio, lo dijo Borges en el epílogo de El Hacedor. Estos meses pasados, nada mejor me ha ocurrido que algunas palabras que he acertado a leer; sin embargo, culpablemente, en este blog no han dejado rastro. Voy a ver si le pongo un poco de remedio con un post muy, muy largo, y entero de otros.

    Marco Aurelio (las cursivas son mías)

    Algunas cosas se apresuran a llegar a ser, otras se apresuran a haber sido; de lo que llega a ser, parte ya se ha disipado. Flujos y mudanzas renuevan perpetuamente el mundo, lo mismo que el continuo deslizamiento del tiempo hace siempre nueva la inmensa eternidad. Así pues, en esta corriente de cosas que se escapan, ¿cuál tener en alto precio? Como si alguien empezara a enamorarse de alguno de los gorrioncillos que pasan volando, cuando ya ha desaparecido de la vista.

    Y yo lo sé, señor, lo sé, pero cómo darle la razón, qué quiere que le diga. Póngame otro ejemplo peor; uno sin pájaros fugaces, sin la fascinación por la belleza pasajera del mundo.

    No me puedo creer que Dios no sea un arquitecto

    Lo que me ha pasado a mí con el gorrión de Marco Aurelio me recuerda otra cosa que no he leído sino oído. Durante un reportaje en la tele sobre una reunión de skaters, un norteamericano con pinta de tronado le dice a la cámara: «Todavía no me puedo creer que los arquitectos y esa gente no sean skaters. ¡Hay tantos sitios que patinar!».
    Ése es el espíritu del que ha nacido para disfrutar del mundo, pese a quien pese.

    L. Wittgenstein, maravillosamente, citado en su biografía

    «El filósofo no es un ciudadano de ninguna comunidad de ideas».

    «Si un león pudiese hablar, no le comprenderíamos».

    Y más Wittgenstein, en las Observaciones a La Rama Dorada de Frazier

    «En la curación mágica de una enfermedad, se le hacen indicaciones para que abandone al paciente.
    Tras la descripción de una curación mágica se podría decir: “si la enfermedad no estiende esto, no sé cómo se lo debería decir”».

    Preferiría el adulterio

    Hablando de filosofía. Como tantas veces, no puedo colocar la cita en su sitio. Lo siento. La cuenta en algún lugar de sus libros W. K. C. Guthrie, el historiador de la filosofía.

    Llega un profesor nuevo a un college en Cambridge y se organiza una pequeña recepción para darle la bienvenida. Se sirve una copa de vino, y cuando le ofrecen al recién llegado, éste, haciendo aspavientos mojigatos, lo rechaza horrorizado: «¡Antes preferiría el adulterio!». Una autoridad del college le responde: «Amigo mío, todos lo preferiríamos».

    Tácito y las pateras, o la perspectiva que nos dan los clásicos

    A finales del primer siglo de nuestra era, este romano escribía: «… aparte del peligro de un mar temible y desconocido, ¿quién va a dejar Asia, África o Italia para marchar a Germania, con un terreno difícil, un clima duro, triste de habitar y contemplar si no es su patria?».

    Más Unamuno

    El doce de noviembre pasado traje una cita de Unamuno, pero sólo aquella frase que tenía relación con mi propósito. Lo cual es una lástima, porque hubiera sido mejor copiar el párrafo entero, si no el libro:

    «En una palabra: que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella».

    El ornitorrinco

    Por cierto, en el prólogo de El sentimiento trágico de la vida hay otra cita que a mí me ha dado siempre muchísima risa. Cuenta Fernando Savater: «Por este libro vaga lanzando clamores el yo de Unamuno, desatado, como un ornitorrinco, según  la malignamente certera expresión de Ortega».

    ***

    [Las Meditaciones de Marco Aurelio: Libro VI, 15. El texto latino:
    http://www.slu.edu/colleges/AS/languages/classical/
    latin/tchmat/pedagogy/latinitas/ma/ma6.htm

    La versión española la he hecho yo para que se conformase más con mi gusto, pero me he ayudado de esta traducción al inglés:
    http://www.bartleby.com/2/3/6.html
    y de la de Ramón Bach Pellicer en Gredos].

    [Ludwig Wittgenstein, la biografía de Ray Monk, en Anagrama. La traducción es de Damián Alou.]

    [Las Observaciones a La Rama Dorada de Frazer, en Tecnos. La traducción es de Javier Sádaba.]

    [La anécdota de Guthrie igual está en la Historia de la filosofía griega, en Gredos, pero entera cuesta un dineral, y aunque la tengas, a ver cómo encuentras la cita. Si a pesar de todo alguien lo consigue, agradecería que me mandase una versión menos fantasiosa que la mía.]

    [Germania, de Tácito, en Gredos. La traducción es de J. M. Requejo.]

    [El sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, en Alianza. La cita, al final del capítulo 6.]

  • De viaje

    Mañana me voy de viaje. Veré un mar desconocido y lugares que eran nombres. Tengo curiosidad; quizá me encuentre algo que aprender o quizá solo otra apariencia de las mismas cosas comunes.

    También veré esta casa desde lejos, los libros suspendidos en mitad de un párrafo, una llamada por devolver, los papeles con anotaciones, la persiana que debo reparar, una conversación a medias.

    Ojalá me traiga algo nuevo, y que perdure.

  • Una cuestión de carácter

    Empiece lo que empiece (la teoría literaria, el bricolaje, la curiosidad por los números primos, un viaje en metro al extrarradio) todas mis meditaciones acaban siendo metafísicas, lo cual es como decir que acaban siendo nada. Se ve que para algunas personas el carácter es un laberinto.

  • Formas

    Hace tres años y medio comencé este cuaderno —casi— con una cita sacada de Mira por dónde, la autobiografía de Fernando Savater, que me estaba leyendo por aquellos días. Hace poco he vuelto a ver el libro y he notado que entonces dejé una señal amarilla en la página 388. Enseguida he sabido por qué: porque el tema de la inteligibilidad y la forma, el tema del hombre compelido a identificar formas —resulta fácil encontrarlo por todo el blog— es una de mis manías preferidas.
    Savater ha terminado ya la narración de su vida y se deja un epílogo para pensar sobre el resultado. Dice:

    «He padecido constantemente mi vida (lo que implica sufrimiento y deleite), pero rara vez he creído poder decir que la protagonizaba. Es decir, que elegía racionalmente su rumbo. No me resigno a esa evidencia. A lo largo de los capítulos (o fragmentos más o menos articulados) precedentes, el principal criterio para seleccionar lo que se decía y se callaba ha sido intentar contar cuanto podía sustentar una cierta forma en la narración. Para mí, la forma es ante todo coherencia inteligible, no nitidez estética. (…) Busco una forma racional en el centón de episodios vitales que relato y en los miles que recuerdo, como Hamlet se empeña en identificar camellos en el capricho de las nubes que se aglomeran y pasan».

    Ése era el motivo. Pero, aparte, lo que me gusta de este capítulo —el hilo conductor del libro, que no hemos visto hasta ahora— es el contemplación de un hombre en el verdadero trance de pensar sobre lo que más le importa, escribiendo para saber. No un hombre que escribe para construir la figura de su vida y colocársela al lector, sino la pasión de un hombre que escribe —que piensa— para indagarla.
    El que abre un libro así se arriesga a leerlo otra vez entero. Savater sigue hablando de su vida, de la forma de su vida, y a partir de aquí ya no tengo otro motivo que el placer de la lectura, que es como quien oye narrar junto a un fuego:

    «Sólo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. Santayana lo formuló en el primer tomo de sus memorias de un modo inmejorable: «Si el destino no fuera radicalmente amable, no habríamos existido para quejarnos de que sea en parte tan cruel». Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando… ¿mientras la alegría dure? Aquí ya vacilo. Aún disfruto con los libros y los amores, con las carreras de caballos y las refriegas políticas, pero la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana, como el sol vislumbrado desde un pozo cada vez más hondo… Tous mes jours sont des adieux. Busco empecinadamente lo que tuve y nada me contenta de lo que se me ofrece, sobre todo si exige cierta ceremonia social. Me sobresaltó hasta la incomodidad saber que un grupo de amigos pretendían incorporarme a la Real Academia (lo cual hubiera sido tan injusto para esa institución como para mí) y los premios literarios, cuya recompensa económica en modo alguno desdeño, me atraerían más si el cheque llegase por correo, sin ningún tipo de besamanos. Con los años aumenta el orgullo y por tanto disminuye la vanidad: uno se da cuenta de la dosis de humillación benévola que implica recibir honores públicos, no digamos ya buscarlos. En cualquer homenaje siempre me siento como un rehén. Los auténticos beneficios que todavía anhelo sólo me los podrían conceder en privado algunas personas jóvenes que de hecho me rehúyen, no venerables colegas en docta asamblea.
    En resumen: noto como si aumentase la insipidez y tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera… Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.

    Un largo párrafo más allá se termina el libro, muy hermosamente, y de la manera más savateriana. Aunque sería muy feo que yo fuese a chafar el final de esta historia.

  • Orden en casa

    Ya digo, estoy ordenando mi casa. Doy con una caja de cartón donde guardaba algunos recuerdos; la abro y veo que son desperdicios, detritos.

    O no. Si pongo la mirada distintamente sobre cada uno, empiezan a hablar y comprendo que son valiosos. Pero es fácil revertir el punto de vista: y así, con imparcialidad, mis recuerdos son iguales que esos trastos que guardan los ancianos que ha muerto. Dentro de muchos años alguien los contemplará sin conocimiento y pensará «para qué guardaría el hombre estas mierdas».

    Lo que les da sentido a mis cosas es el orden transitorio de mi existencia. Ellas no valen nada de modo absoluto porque no lo valgo yo. Nuestro valor es de uso, como la palabra o la moneda; como los marcos alemanes de la República de Weimar o las metáforas del pueblo hitita.

    Sabido esto, pienso en tirar la caja y quedarme limpio de compasión e ideas vanas. Es un razonamiento correcto; pero yo vuelvo a guardar la caja en su sitio. Saber que no valgo nada es una cosa; vivir de acuerdo con ese conocimiento es otra. Puedo alternar la mirada sobre mis recuerdos, adentro y afuera, pero no tiene sentido vivirse desde afuera. Igual que a quienes quiero, a mí me quiero sin precio, nunca por lo que valgo.

     

    [Decía Unamuno: «Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella» (Del sentimiento trágico de la vida, en Alianza).]

    [Dice el DRAE: «Detrito: 1. m. Resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas». Me parece que esta vez he escogido bien la palabra.]

  • Una pausa

    Tiro a la basura papeles y libros. Son cosas que me han acompañado durante mucho tiempo.

    Me siento a tomar un café y me los quedo mirando, esparcidos por el suelo. Se me viene a la cabeza aquel verso de Tolkien: «¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo».

    [«And whither then? I cannot say». http://www.cs.rice.edu/~ssiyer/minstrels/poems/4.html:

     

    The Road goes ever on and on
    Down from the door where it began.
    Now far ahead the Road has gone,
    And I must follow, if I can,
    Pursuing it with eager feet,
    Until it joins some larger way
    Where many paths and errands meet.
    And whither then? I cannot say.

    El camino sigue y sigue
    desde la puerta.
    El camino ha ido muy lejos,
    y si es posible he de seguirlo
    recorriéndolo con pie decidido
    hasta llegar a un camino más ancho
    donde se encuentran senderos y cursos.
    ¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

     

    La traducción al español es de Luis Domènech. Como dice el autor de la página de donde lo he copiado, «while Tolkien needs no introduction, I feel that his poetry deserves a wider audience than Middle Earth fan(atic)s» («aunque Tolkien no necesita presentación, siento que su poesía se merece una audiencia más amplia que la de los fan<ático>s de la Tierra Media»). Absolutamente de acuerdo.]