Es tarde mientras escribo. Hace rato que la casa está en silencio. En la planta de abajo un perro duerme su sueño. Es un perro viejo que se mueve de acá para allá con una especie de beato cansancio. Mientras escribo, él duerme su sueño tranquilo como un barco que le lleva hacia la muerte. Hermano perro.
Autor: Juan Avellana
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La Farmacopea
En el país de Hiate, una civilización perdida dejó tras de sí un amplio edificio porticado en medio de una planicie de tierra roja. Sus dos plantas son escombros, pero la maravilla de estas ruinas es una vasta sala subterránea en forma de almendra que llaman la Farmacopea. Allí, una sucesión de casilleros regulares se alarga y se alza desde los suelos al techo, en filas incontables y columnas, hasta cubrir por entero las paredes suavemente cóncavas de la nave. En cada casillero hay una clase de sustancia única dentro de un sobre de papel amarillento: polvos, yerbas, obleas, barros, aceites, pomadas, semillas, resinas, cápsulas, arenas, tinturas, arropes, de un solo color puro o sin color, abigarradas, irisadas, tornadizas o translúcidas, ligeras, espesas, terrosas o pétreas. De la primera a la última, completamente ignotas. Ninguna señal predice la virtud de cada sobre.
Los viajeros llegan a la explanada ante el pórtico desmoronado del edificio y se paran. En ese mismo lugar vivaquean o acampan durante noches, semanas, meses; el tiempo que necesite cada uno. Encienden hogueras, se dan a probar sabores de sus tierras, se cuentan historias del camino, razonan. En un momento dado, un hombre se levanta, cruza la puerta del templo y baja a la Farmacopea; se dirige a uno de los casilleros y usa en sí mismo la sustancia según el modo y la medida que le avise su corazón o su cálculo o sus sueños. Todo el mundo sabe que algunas veces alguien ha regresado del subterráneo con una luz en los ojos nunca vista.
Una compañía de hombres bondadosos baja una o dos veces por semana a retirar a los que no pueden moverse y a los muertos.
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En el parque II
La pregunta con que acababa mi post anterior no quería ser retórica. De verdad me pregunto si existirá algún dispositivo que sirva para salvar la soledad de la conciencia.
Existe un abismo de vacío entre el sujeto y los objetos. Una diferencia gramatical que se corresponde con una barrera ontológica, sólo que en la gramática del ser los pronombres no son intercambiables. Nadie puede decir yo más que yo; en el lugar del sujeto se encuentra siempre una conciencia a solas, un fuego. Me imagino que otros viven, lo sé. Eso son dos operaciones mentales. La conciencia arde.
El amor es capaz de abolir esa distancia, todos lo sabemos; pero yo estoy pensando en un artefacto. ¿Es la escritura ese dispositivo? No lo sé. Hace años me encontré una frase de Jorge Semprún que decía, al hilo de su relato del campo de concentración, que la verdad esencial de la experiencia no era transmisible, excepto —él hacía esta salvedad— por medio de la escritura literaria. La primera parte de la frase me abrió los ojos desde entonces hasta hoy sobre algo que desconocía pero que ya me pesaba. La verdad de la segunda parte de la frase aún no la he decidido. Lo que sí creo —lo que pensé la otra tarde y las siguientes en el parque— es que la escritura sirve para enjuagar esa ausencia. La escritura alcanza a mostrar el hueco que media entre vivir y ver vivir. Al menos, pienso, la literatura proporciona ese consuelo y concede esa posibilidad de comprensión.
[En el parque I]
[Jorge Semprún, La escritura o la vida (Tusquets).] -
En el parque
Tengo una cámara en la mano, pero con una fotografía no puedo contar la verdad de la tarde. Está el espejeo del agua del canal, las sombras inquietas de los árboles, el último sol en la hierba y todas las demás cosas que se ven. Luego las campanas, la grava del sendero, el temblor de las hojas, un pato que grazna como si se riera. Y el olor dulzón de los prados sin lluvia. El soplo del aire, la tibieza de un día del final del verano, la palpitación de mi cuerpo, y mis pensamientos, que van juntos con los otros restos de la tarde. Ese instante de vacío en el mundo cuando un verano se pierde, esa luz de oro. Y está mi carne, mi conciencia.
Como quien pasa a las manos de otro un animal vivo ¿habrá modo de dar eso a una persona?
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Otro viaje
El lugar, desde la ventanilla del autocar nocturno, no puede ser más triste. Callejas vacías, tapias azulosas, farolas solitarias, desmontes, persianas polvorientas mal cerradas, carreteras llanas que se internan en el campo y en lo oscuro, aceras desiertas, un perro al pie de una ventana alumbrado por la luz de un farol, charcos, un jardín con una cica y una tumbona rota, un bar con los cierres echados, por todas partes silencio y abandono, aunque es posible que el perro reciba la caricia de su dueño esta mañana, se llenen los cobertizos de ruidos de obra, alguien pague las letras de los coches aparcados, las persianas se levanten a la luz del mediodía, una niña se columpie bajo la cica, dos novios se abracen junto a una farola y así todo, y que el viajero en la noche, cuando el viaje es ya tan largo, aún no haya caído en la cuenta de que esa espantosa soledad la abre a su paso su mirada.
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La Noche de Verano
El cristal es un juego visionario moderno que se sirve de una serie de naipes en los que aparecen ciertas representaciones animadas. Que estas sean espontáneamente variables no es obstáculo para la descripción de las cartas, si recordamos siempre que el término se usa en un sentido más bien categorial. La primera carta del juego es la Noche de Verano:
Esta carta muestra a una mujer sentada ante una mesa de madera en el centro de una habitación iluminada por una bombilla eléctrica. La ventana está abierta en la pared del fondo, y a través de ella se ve la noche oscura sobre la ciudad, el cielo negro en el que brillan algunas estrellas.
La mujer aparenta alrededor de treinta años. Lleva el pelo castaño rojizo recogido en una coleta y un vestido verde sin mangas. Está jugando con un salero de vidrio. En un momento dado, espolvorea la mesa con arena, hasta que la cubre entera. Dibuja letras en la arena con su dedo. Ha escrito: «El tiempo está medido». Luego pasa la mano derecha sobre la arena y borra el mensaje. Luego pasa la mano izquierda y la arena se vuelve roja. Luego amasa la arena con dos manos y la arena se engruda, cuaja, se vuelve del espesor del barro. Y del barro, con las dos manos, despacio, la mujer da forma a una figura chata.
A la derecha de la habitación, sobre un aparador de madera despintada hay un búcaro azul con flores amarillas. La mujer se levanta con la figura entre las manos, pasa junto al aparador y sale por una puerta abierta.
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Mínima
A ella le gusta el sonido del azúcar al caer dentro de la taza. Un sonido pequeño, más leve que cuando la espuma se deshace, como cuando un pie pisa la arena. Está la cuchara colmada encima del café; la vuelca y ves caer el azúcar, y entonces sí, se oye ese ruidillo, ese suspiro de la materia. De tales cosas pequeñas, la vida.
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Arena en los bolsillos
Al deshacer la maleta salen piedrecitas, caracolas, billetes de autobús, entradas para un concierto, un plano, arena que cae al suelo. Uno mira estos objetos con un parpadeo, entre dos luces. Parece que al desarraigarlos de su lugar original se ha secado su sentido, que se ha amortecido su brillo. Estaban tan vivos y ya no son de verdad; solo valen como signos. Remiten a lo que sigue siendo en otra parte, es decir, a lo que fue.
También me he traído en la cabeza ideas así, veniales, que hace dos días, en la otra brisa y bajo aquella otra luz parecían valer, tan fuertes, tan auténticas. Y ahora, aquí en medio, ¿qué son? Son ideas pequeñas, fragmentos, imágenes sueltas. Esas texturas poderosas que he dicho: arena, piedra, agua. Geometrías de edificios o de valvas. La incertidumbre sobre la vida verdadera: si las vacaciones son la suspensión del curso de la vida o si la vida laborable del invierno es la monótona suspensión de otro destino. La ilusión de completud, a solas en el mar verdegrís, al caer la tarde. La creencia de que uno puede pensar sin categorías y sentir sin palabras. El olor a salitre; la lluvia complacida.
Aquí sentado, de nuevo en casa, pienso esas ideas que me he traído de recuerdo, aquí nada, índices, expresiones de una aspiración. Ideas que valen por su capacidad de remitir a un deseo. Hermosa arena, caracola, piedra. ¡Como si eso fuese poco! Eso lo es todo.
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Un momento
Una noche de verano, escuchando cantar Bewitched bajo el cielo, con el trabajo hecho y la vida por hacer. Un momento.
