Autor: Juan Avellana

  • Auschwitz

    Hoy me he pasado el día leyendo y viendo imágenes del aniversario de la liberación de Auschwitz. Luego, por la noche, no he podido escribir; cualquier idea me parecía nada. Tampoco podía escribir sobre ello, naturalmente. Hoy me correspondía escuchar a aquellas personas que sí tenían algo que decirnos, o atender a quienes lo han dejado dicho. Escuchar en silencio. Escuchar con toda voluntad, con atención absoluta, con triste amor, con toda el alma.

     

    [http://www.google.es/search?hl=es&q=Auschwitz
    http://images.google.es/images?q=Auschwitz]

  • Marcas

    A la entrada de la bahía, en mi ciudad, ha habido siempre una gran roca balizada con un vano en el centro, como el ojo de un puente, que la hacía parecer un arco emergido en medio de las aguas. La Horadada. Era rara y salía en las leyendas. Uno de los temporales terribles de la semana pasada la desmoronó por la mitad, y ahora es una sola roca coronada por el fanal de la baliza. Lo que ha sido durante miles de años, un día laborable ya no es. A la ciudad, ese animal tan lento, le cuesta comprenderlo.

    El paso de unas épocas a otras no vendrá nunca indicado por una raya en el tiempo. Yo me lo imagino más bien semejante al terminador, esa línea astronómica que separa la noche del día. Es nítida desde muy lejos, circunda el globo de la Tierra; a ras de suelo, en cambio, lo que sucede es una media luz o una penumbra, y una imperceptible transición al otro lado. Del paso de las épocas la persona simple, la que anda los caminos, a lo sumo verá marcas, testigos, señales.

    Curioseando, he llegado a un buscador de torrents, Yotoshi, y le he preguntado por una canción. La página, antes de seguir adelante, me ha pedido con formalidad una prueba de mi condición de humano: «Por favor, verifique que usted sea un ser humano escribiendo los caracteres mostrados en la caja abajo».

    Soy un ser humano. Es verdad; hubiera podido no serlo. Cambiemos las antiguas listas: hombre, animal, planta o máquina, ¿qué eres?

     

    [Una captura de la página de Yotoshi:]

    [Sección Spanien de una página estupenda con postales antiguas (y otra iconografía) de faros, donde sale La Horadada como era hace mucho: http://home.arcor.de/klaus.huelse/HTML/ESPK/ES.HTM]

  • Las estrellas

    y las fotografías emiten la luz de un tiempo extinto.

  • No Hay Problema sin Solución

    A la salida de la boca de metro de mi calle —la que era mi calle hasta hace poco— a veces te encuentras algún africano alto y delgado que reparte unos cuadraditos de papel blanco con la propaganda de un brujo, el Profesor Diakhite. O bien el Profesor Nova Vidente. El Profesor Danso o Dansso, con experiencia en todos los campos de la Alta Magia. El Profesor Salim, el Profesor Mory, el Profesor Mady, el Profesor Aidara, el Profesor Suare, el Profesor Cisse, el Profesor Benjamín, el Profesor Lliba, el Maestro Sila. Todos son Gran Ilustre Mágico Africano o bien Gran Ilustre Vidente Africano, y todos ellos poseen Rapidez, Eficacia y Garantía. No hay problema sin solución. Los poderes de los profesores Lliba, Mory, Suare, Salim y Benjamín son naturales. El profesor Aidara impresiona por ser Descendiente del profeta M. H. D Hereditarios de padres a hijos. Lunitas y estrellas flanquean su nombre. Encerrado en la penumbra de su habitación, el hechicero bebe de un vaso de barro africano y la boca se le colma del sabor terroso y acre de la poción chamánica. Posa el vaso sobre la alfombra y ya comprende, abatido, que en vez de transformarse en un leopardo, una serpiente o un águila, en vez de cruzar el cielo o hendir la oscura selva, otra vez ha vuelto a transformarse en un chamán distinto. A veces solo le muda el número del móvil. Triste magia trasplantada a la gran ciudad, ah, viejo brujo, esta ciudad de la pálida Europa.

  • Retornos

    • Un cambio en el ser de las cosas, hacia la Epifanía, cuando la tierra está helada.
    • Una breve exaltación desesperada al comienzo de la primavera.
    • La ausencia del mar —las mañanas azules— cuando despierta junio.
    • Una punzada melada y grave, en agosto, al caer una hoja.
    • La soledad de las playas, un día de septiembre.
    • El amortecimiento de toda esperanza, la tarde más oscura del mes de diciembre.
    • Un cambio en la respiración de las cosas, en enero, sobre la tierra fría.
  • Navidades

    El mar de invierno amenaza y cruje como si fuese a desgoznar las rocas y la playa. La ciudad donde crecí —la distancia y la costumbre— se me ha ido volviendo un lugar extraño. Pero me bajo hasta la orilla y ahí está el mar, bufando espuma. Y las olas tienen ese preciso verdegrís, reconocible, ese color exacto como la voz de un padre.

  • Regret

    Todo se ha de marchar, irremediablemente. Y sin embargo, este pesar de que sucede por mi culpa.

  • A la música

    El señor Maligano ha decidido dedicar su vida a la música. Anteayer, dos días después de cumplir 84 años.

  • Circos

    Otra vez está en Madrid el Circo del Sol. Ha pasado aquí el otoño. Yo fui a verlos por primera vez hace cuatro o cinco años, con una amiga, una mujer algo mayor que yo a la que vale la pena conocer. Al salir de la función, anduvimos sin decir palabra durante un rato, felices y asombrados de aquella belleza tan leve. Al final ella habló y acabó con el silencio muy bien. Dijo solamente: «Juan, ¿nos vamos con el circo?». Yo me reí a gusto, porque sabía lo que quería decirme.

    Seguimos callados un buen espacio, hasta que esta vez hablé yo, y le dije: «Pero si tú y yo nos hemos ido detrás de todos los circos que han pasado». Entonces se rió ella también; no le quedó más remedio que reírse de veras.

  • Un post a lápiz

    Unos folios sobre una mesa de cristal vacía y un lapicero Faber-Castell de punta afilada. El grafito rasca sobre el papel blanquísimo estas letras a las que se oye crujir una por una como los pasos de una persona en un campo de nieve.
    Yo había empaquetado el ordenador en último lugar y en el último momento. El hombre de la mudanza me avisó desde su móvil y yo me senté a esperar junto a las cajas. Estallaron las cinco bombas por Madrid y el hombre de la mudanza me llamó de nuevo diciéndome que la ciudad entera era un puro atasco, justo a su lado, que nada, que para mañana.
    Así que aquí estoy, recordando cómo escribía yo hace tanto tiempo, a lápiz, en medio de ese silencio innatural de las habitaciones desnudas.

    No todas las casas en las que he vivido tenían nombre. Esta se llama la Casa de los Pájaros, pero solo la semana pasada he descubierto que mientras yo estaba en el trabajo, por las mañanas, unos pajaritos blancos y negros venían a bañarse en una bandeja de latón llena de agua de riego que hay en la terraza. Sí había visto y oído muchas veces a las urracas, que se paseaban con bastante confianza. Y a las palomas y los gorriones, como es natural.

    La Casa de los Pájaros. Hice fotos de lo que se veía desde la terraza. A ver si un día las traigo.