Autor: Juan Avellana

  • La vida invisible

    Cuando la compré, mi casa estaba vacía y yo llegaba con casi nada, así que era libre de disponerla como quisiera. Me instalé tal cual, con el colchón en el suelo, el ordenador sobre un tablero de vidrio y los libros en cajas, mientras le iba dando vueltas.

    El otro día a una visita le ha llamado la atención lo del colchón y las cajas, y que los cables cruzasen por mitad de las habitaciones de cualquier modo, todavía, al cabo de año y medio. Y lo de la cinta de carrocero…

    Me he quedado desconcertado. Por toda esa parte de ahí, en la terraza, irá una chapa galvanizada para poner los tiestos; compraré unas jardineras un día, cuando alguien me acerque a un vivero, con un coche. Al lado de esa puerta va una estantería traslúcida. La tengo que hacer yo, pero es sencilla. Los cables del suelo van en canaletas, por ahí y por ahí. Está todo perfectamente claro.

    Resulta que llevo un año y pico viviendo en una casa amueblada con deseos. Como le sucedía al niño de El sexto sentido, la decoración de mi casa son fantasmas que sólo veo yo, por lo que parece.

    Estoy un poco perplejo. Y sin embargo, pienso, si en toda la vida sólo entrase yo en esta casa, no imagino otra decoración mejor.

  • Una explicación (por qué «un blog literario»)

    A veces me han preguntado si lo que cuento en esta página es verdad o no. Como respuesta, he colocado ahí lo de literario, para evitar la pregunta, ya que todo el mundo sabe que la verdad, en literatura, es una condición de llegada, no de partida. La verdad es un resultado del texto, si es que se da.

    O sea, que lo literario es el método, no el tema. Este no es un blog sobre literatura, sino por medio de la escritura literaria, de igual modo que un fotoblog utiliza la fotografía como medio de expresión.

    Trato de hacer lo que cualquier otro bloguero: contar mis cosas. Y he escogido la escritura literaria porque es mi manera de contar las cosas con más verdad. Porque yo no quiero contar lo que las cosas son en su materialidad observable, sino lo que las cosas me son. Y porque a mí la vida se me presenta de una vez, como un acorde.

    Uno se levanta un sábado por la mañana desorientado y tarde, la habitación a oscuras; levanta la persiana, abre los cristales y le da en la cara una mañana azul de sol de primavera, un día tal como hoy, 10 de abril. Cuando se disponga a escribirlo sobre un texto, ¿cómo lo escribirá sin mentir? La escritura es consecutiva y la experiencia de la realidad no; el hombre que escribe no tiene más remedio que despiezar el momento (el sol, el olor, la luz del día, el viento fresco, los sonidos de la ciudad) e ir alineando esas piececitas con cuidado una detrás de otra, como el que desmonta un motor para limpiarlo.

    La literatura es un modo de hacer polifónico el relato.

    Es corriente pensar que la escritura literaria es una especie de tempura difuminada con que se envuelve una cosa para que quede más bonita. Así te preguntan qué significa, como diciendo: «Anda, Juan, quítale el rebozado, hazme el favor». Yo creo que la literatura no consiste en decir de modo vago unas cosas precisas, sino, al contrario, decir exactamente unas cosas indeterminadas.

    Por eso —y porque disfruto— he escogido hacer un blog literario, porque es mi manera de contar la verdad de mis cosas. Por supuesto, tampoco es obligatorio escribir la verdad; ni la literal, ni la literaria. Es otra elección mía.

    Me gustaría que os gustase mi blog.

    Juan Avellana

  • Inteligibilidad

    Soy un cuerpo sensible enganchado a una armazón lógica destinada a detectar patrones: espirales, círculos, aglomeraciones de puntos, desviaciones sobre la regularidad de un fondo. Yo estoy sentado. Una conocida mía se ha echado un novio al que adora, lo que lleva a su marido a alejarse de ella, pero ella no quiere perderlo. El que me cuenta esta historia, por su parte, está casado, y hace todo lo posible por unirse a la mujer de su relato y dinamitar ese grupo de vidas. Otro ha perseverado en cierto propósito durante quince años y ahora lo deja porque acaba de ocurrírsele una cosa. Salgo de ver una película de un hombre que cultiva flores de agua; me dicen que alguien ha muerto lejos, y tengo que esforzarme en recordar su cara. Algunos rezan mantras, últimamente. Hay quien vende el coche y se marcha a vivir al campo. Luego vuelve a hacer frío y me telefonea otra amiga, que no me sorprende. Los estímulos se mueven, se acercan y se alejan. El viento estremece las hojas de mi árbol en la ventana. Estos movimientos dejan estelas en la oscura superficie lisa, como un brocado de volutas de humo, como un laberinto arrítmico, y —a lo que iba— no es que haya nada que entender en la vida, o nada que yo anhele entender, sino que la máquina lógica, despierta y durmiendo, intenta cosechar esquemas, patrones, figuras. Como si fuese un robot con alma, a ratos me hago a un lado y trazo dibujitos simples sobre la arena, sólo por el placer de descansar en el amor de las formas.

  • Recuerdo

    La impresión de que la felicidad me fue dada, a veces, para ponerme a prueba.

  • Dadme lo que quiero y me marcharé

    Las navidades pasadas me leí un libro de Stephen King que se llama La tormenta del siglo, el guión literario de una miniserie de televisión. Cuenta cómo a una pequeña isla en la costa de Maine —Little Tall— llega André Linoge, la encarnación del mal, en medio de la peor tormenta de viento y nieve. «Dadme lo que quiero y me marcharé», repite Linoge mientras golpea y golpea. En la mano lleva un bastón con una cabeza de lobo.
    Pensé que se trataba de una fábula moral, pero ahora, a finales de este mes de marzo, me doy cuenta de que también es una parábola política. «Dadnos lo que queremos y nos marcharemos».

    (Para saber qué quería Linoge y si los vecinos de la isla de Little Tall se lo dieron o no, hay que leerse el libro, lo siento. Estaría muy mal que lo echara a perder).

  • Hada dentro

    Según parece, la echaron de entre las hadas por su afición a mezclarse con la gente. Desde entonces trabaja de panadera. Atiende con amabilidad, acaricia las coronillas de los niños, devuelve el cambio con los ojos verdes y un poco tristes. Cuando amasa, de la magia que le queda hunde algo en el pan con la punta de los dedos. Esta mañana me pareció como si le apeteciera intimar conmigo, aunque al final no hemos pasado de las palabras de todas las mañanas. Bueno; otro día será. Cuando ella quiera. Da gusto tenerla en el barrio.

  • «Autobiografía

    Como el naufrago metódico que contase las olas
    que faltan para morir,
    y las contase, y las volviese a contar, para evitar
    errores, hasta la última,
    hasta aquella que tiene la estatura de un niño
    y le besa y le cubre la frente,
    así he vivido yo con una vaga prudencia de
    caballo de cartón en el baño,
    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
    sino en las cosas que yo más quería.

     

    Luis Rosales, Rimas.

     

    [Más sobre el poema: http://www.poesia-inter.net/lr510010.htm.
    Y más poemas de Rosales: http://www.poesia-inter.net/indexlr.htm. Una estupenda página, dicho sea de paso.]

  • Y, sin embargo,

    esta mañana ha entrado la primavera. Ayer me encontré con una frase de Rilke que decía «…triste como el comienzo de las primaveras», así que lo tenía a huevo para el post de hoy. Pero hoy ha hecho calor, un sol suave que se ha quedado un buen rato en el aire, esas cosas. Yo he ido con una camiseta verde de manga corta. He mirado los brotes por todos lados, la gente por la calle, y la verdad es que, asimismo, tampoco entiendo la bondad y la belleza.

  • Veo tristeza,

    pero yo echo en falta un poco de silencio.

  • Introducción al hispanismo II

    Se me hace bastante irreal pasar por los escenarios insulsos de mis días y verlos habitados ahora por el rastro de la muerte; pensar que esos humildes descampados, esa periferia de torres eléctricas, hierbajos de cuneta y catenarias, están insuflados de zeitgeist, recién animados por el aliento de la historia. Caigo en la cuenta de que el poyo de hormigón que yo mencionaba el día 11 se encuentra en Entrevías, quizá no en El Pozo; pero cuando llego a El Pozo no puedo comprobarlo porque de la tapia no queda nada en pie.

    Hay flores, exvotos y velas rojas en todos los vestíbulos y andenes del recorrido. Dos estaciones más allá, en Santa Eugenia, alguien ha pegado sobre un poste un folio blanco sacado por impresora, donde ha escrito «La guerra ha sido vuestro asesino», de modo que todos podamos leerlo claramente. Es el tercero o el cuarto que veo de ese estilo. Cómo se puede ser tan hijoputa, pienso, tan Caín y tan necio.

    Este es mi país, en el que me ha tocado vivir, instalado perpetuamente, como en el verso de Gil de Biedma, entre dos guerras civiles. Tristeza, y sobre la tristeza, vergüenza.

    Qué corta es la memoria de la sangre, aquí en España.