¿Es real un perro de madera?
Autor: Juan Avellana
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Un lema
«En todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos». Lo anotó en su día, la primera vez que lo leí, y desde entonces he pensado que era la norma de conducta más bella a que puede aspirar casi cualquiera, en especial cuando se dispone a fabricar cosas, ya que el original dice «all that we make». El párrafo completo le devuelve a la frase su sentido pleno:
—¿Son mantos mágicos? —preguntó Pippin mirándolos con asombro.
—No sé a qué te refieres —dijo el jefe de los elfos—. Son vestiduras hermosas, y la tela es buena, pues ha sido tejida en este país. Son por cierto ropas élficas, si eso querías decir. Hoja y rama, agua y piedra: tienen el color y la belleza de todas esas cosas que amamos a la luz del crepúsculo en Lórien, pues en todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos. Sin embargo son ropas, no armaduras, y no pararán ni la flecha ni la espada. Pero os serán muy útiles: son livianas para llevar, abrigadas o frescas de acuerdo con las necesidades del momento.
Solamente eso, unas ropas, hechas con una intención. La intención —el alma de los elfos— es lo que está poderosamente trabajado, no la forma de las ropas. Es la santidad del artesano. Sobra decir que el párrafo está sacado de El Señor de los Anillos, del capítulo que se llama «Adiós a Lórien», en la página 513 de La Comunidad del Anillo, según la edición de Minotauro. La traducción es de Luis Dómenech. Sobra decir también por qué me encanta citarlo aquí en uno de estos días.
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Post
Por el borde de una llanura blanca pasa un camino. Al borde del camino hay un coche parado y con las puertas abiertas; un hombre tapado con gorro y con guantes saca del maletero una caja de cartón por la que asoman algunos trastos y una gran bolsa de plástico. Luego el hombre da la espalda al coche y echa a andar cruzando la nieve. Al cabo de un rato, se detiene, posa la caja y saca de ella una estaca de madera. La clava en el suelo, le ata un cordel de bramante y de nuevo echa andar, soltando cuerda. Al cabo de 25 o 30 metros se para a clavar otra estaca, y después repite otras dos veces la operación hasta que ha definido un gran rectángulo sobre el plano del paisaje. Hecho esto, el hombre abre la bolsa, que está llena de una especie de letras grandes de plástico negro —como de algún juego de niños—, y se dedica a dispersarlas metódicamente, como si sembrara. Con el ejercicio está empezando a sudar, y de su boca sale un vaho espeso. Le viene a la cabeza la etimología de la palabra bustrófedon, un modo de escritura que los griegos llamaron así porque les recordaba los surcos que dibuja una yunta de bueyes al arar un campo. Cuando por fin ha terminado, se detiene un rato, de pie en la esquina inferior derecha, a contemplar su obra, un cuadrado blanquinegro y pisoteado en medio de la vasta planicie blanca. Desde el cielo parece un párrafo. Finalmente, saca de la caja una pelota brillante y negra y la encaja sobre la nieve, en su punto exacto.
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«Finalmente, por lo que toca a mis libros,
me gustaría mucho enviarle todos los que pudieran alegrarle de algún modo. Pero soy muy pobre, y mis libros, en cuanto aparecen, ya no me pertenecen a mí. Yo mismo no puedo comprarlos y, como querría muchas veces, dárselos a aquellos que les tendrían amor. Por eso le apunto en una hoja los títulos (y editoriales) de mis libros últimamente aparecidos (de los más recientes; en total he publicado unos doce o trece), y debo encomendarle a usted, querido amigo, que se procure ocasionalmente alguno de ellos.
Sé que a mis libros les gusta estar con usted.
Adiós.
Suyo, Rainer María Rilke».
Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta (Alianza, p. 40). Traducción de José María Valverde
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Espejo
Esta tarde he soñado que dormía la siesta.
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Conocimiento
El guarda jurado de mi empresa soñó anoche con que una mujer de verde se inclinaba sobre su cuerpo tumbado en la hierba y le besaba entre los ojos. Luego, esta tarde, mientras hacía la ronda por el patio de atrás, ha descubierto un nido con tres huevecillos diminutos de color pardusco, en la horquilla de una de las ramas bajas de un castaño. Está dudando sobre si contármelo o no. En la oficina yo soy casi siempre el último en salir. Suelo sentarme a la mesa del guardia para firmar la hoja de la ficha, y a veces me entretengo unos momentos charlando con él. Es un buen lector, y así mata todo ese tiempo del que dispone. Le ha asaltado de repente la necesidad de compartir sus experiencias de hoy, aunque él intuye que se trata de algo muy íntimo. Mientras relleno los datos de mi ficha evito todo el rato mirarle a los ojos, porque no sé qué le diría si se animara a hablarme. Sé lo que significan esas dos imágenes con las que hoy se ha cruzado, y también sé adónde lo llevan; pero me resulta imposible imaginar qué puede seguirse si intervengo yo y le informo. Según le diga yo, él hará una cosa u otra, y a partir de ahí el futuro se ramifica infinitesimalmente hasta desvanecerse.
Si me incluyo en el paisaje, de pronto ya no veo. Casi siempre es así. Si no me incluyo, de qué sirve decir nada.
Salgo a la calle y me quedo parado bajo la cornisa del edificio. Está lloviendo y ya es de noche. A veces, este don se me hace tan pesado. Incluso aquí, en este lugar perdido adonde he venido a parar y en donde nadie se mira. Quizá ha llegado la hora de recoger otra vez mis cosas y volver a marcharme. Lo que no sé es adónde.
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Perspectiva
Ella lo admira con sus ojos grandes mientras él se explica, encantadoramente. Ella cree en el amor imposible; tiene fe en el milagro; que suceda depende solo de ella. Eso cree.
Y está en lo cierto, pues en verdad el milagro del amor imposible se halla a su lado y en sus solas manos. Basta con que se vuelva y se fije en el muchacho silencioso que a sus espaldas la está contemplando.
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Noviembre
El sábado
se ha quedado desnudo el ciruelo.
En una noche. -
La cuestión
¿Se diferencian los ateos unos de otros según el dios en que descrean?
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Juventud
Piensan que se mantendrán jóvenes permaneciendo fieles a las creencias de la juventud. Y ahí se quedan, su juventud y ellos, alejándose inmóviles, mientras el resto del mundo alrededor es llevado por la marea del tiempo. Cada vez más lejos, como una luz en un embarcadero. Y lo mejor de todo es que no se explican que los nuevos jóvenes no los consideren jóvenes a ellos: cómo van a haber dejado ellos de ser jóvenes, si no se han movido ni un palmo del sitio.
