Autor: Juan Avellana

  • Sin perdón

    William Munny, «un reconocido ladrón y asesino, un hombre de disposición notoriamente viciosa e intemperada», llega al saloon de Skinny y se encuentra, colocado en la puerta a modo de trofeo, el cadáver lacerado de su mejor amigo. Dentro del saloon los hombres del pueblo se han reunido alrededor del sheriff, Little Bill, para dar caza a Munny. Él entra sin ser notado, hasta que se hace el silencio.

    (Little Bill se vuelve y ve a Munny, con el revólver levantado, mirándolo. Todos los demás miran también. Hay un momento tenso cuando lo único que se oye es el trueno afuera; entonces Munny levanta el rifle).

    MUNNY: ¿Quién es el dueño de esta pocilga? Tú. (Hace un gesto hacia Fatty). Habla, tío gordo.

    SKINNY (aterrorizado, detrás de la barra): Eh… yo soy el dueño de este establecimiento. Se lo compré a Greely por mil dólares.

    MUNNY (dirigiéndose a los que rodean a Skinny): Más vale que os apartéis de ahí.

    (Apunta el rifle hacia Skinny).

    EL GRUPO: Sí, señor.

    (Todos se mueven a un lado).

    LITTLE BILL: Quedaos quietos ahí. No os mováis.

    (Munny dispara a Skinny y lo mata en el acto).

    LITTLE BILL: Muy bien, señor. Es usted un cobarde hijo de puta. Acaba de disparar a un hombre desarmado.

    MUNNY: Bueno, debería haberse buscado un arma si pensaba decorar su saloon con mi amigo.

     

    Sin perdón (Unforgiven). Guión de David Webb Peoples; dirigida por Clint Eastwood. 1992.

     

    Por alguna razón que no alcanzo a entender bien, nuestra época piensa a veces que la debilidad es una virtud, y que como tal debe ser respetada. Soy débil, y por eso no tienes derecho a hacerme daño.

    Es una idea infantil, desde luego, una idea que se cumple solamente en los niños: sólo ellos son inocentes por ser débiles. Incapaces de hacer daño alguno, lo pretendan o no, su debilidad es perfecta. Si no pueden hacer daño, son siempre inocentes, y los inocentes no merecen ser dañados.

    De acuerdo: esto sí es un principio moral. Los inocentes no merecen ser dañados.

    Pero acabada la infancia, ser débil no es bueno ni comporta ninguna ventaja, excepto la de la simpatía ajena. Así que más vale no malgastarla haciendo daño, ya que ser débil, malvado y cobarde es, quizá, el peor de los panoramas posibles.

    Es cierto que el débil infunde lástima; por malvado que sea, cuesta dañarlo. Todos los hombres son débiles. Quizá haya que perdonar a todo hombre. Quizá. Pero semejante mirada de compasión inextinguible no es la mirada de un igual, la mirada de un ser humano a otro: es la mirada del que está muy arriba; la del amo, o la de Dios.

    Munny no se considera ni el amo ni el dios de Skinny, el dueño del bar. Le otorga la extrema dignidad del igual. Y por eso lo mata.

     

    [El guión en inglés de Unforgiven :
    http://www.clinteastwood.net/filmography/
    unforgivenscript.txt

    A falta de otra cosa, la traducción es mía. Disculpas.]

  • Aprendizaje

    ��Has visto, al atravesar el segundo jard�n, un tonel repleto de agua de lluvia junto a un n�spero, al pie de una ventana rota?
    �S�.
    �Escribe una l�nea que hable de �l, por favor.
    El novicio se aplic� sobre el papel. El sacerdote le dio la espalda y se puso mirar por la ventana.
    �Ya he terminado.
    �Muy bien �dijo el sacerdote sin volverse�. Toma el papel que has escrito y �chalo al tonel de agua de lluvia, y aseg�rate de que se hunde.
    �S�.
    El cielo era de un vivo azul; por el oeste asomaba el crep�sculo. Cuando la manga de la camisa del novicio toc� la superficie del agua, el muchacho se convirti� en una paloma que enseguida se alej� hacia lo alto, asustada.
    El papel se ve�a a�n, borroso, entre dos aguas; luego se hundi� en la sombra verdosa del fondo. El sacerdote suspir�, de pie ante la ventana.

  • «La primera vez que Carvalho

    abandonó aquellas calles, por un cierto tiempo pensó que se había liberado para siempre de su condición de animal ahogado en la tristeza histórica. Pero la llevaba encima como el caracol lleva su cáscara, y cuando ya tarde decidió aceptar todo lo que le había hecho lo que era y quien era, volvió al escenario de su infancia y adolescencia».

    Manuel Vázquez Montalbán, La soledad del mánager.

    Con esta cita me hice amigo un día de la literatura de Manuel Vázquez Montalbán. Y aunque el tiempo me haya llevado hacia otra parte, mi cariño de lector llega hasta hoy, que vuelvo a sacarla de una carpeta de papel en su recuerdo. Qué mundo tan raro este donde él ya no escriba.

  • La isla en octubre

    En Madrid, a mediados de octubre, ya hacía frío y yo estaba solo. Eso fue hace un tiempo, una vez que tuve un otoño malo. Era un otoño de mal sabor que se iba metiendo poco a poco en el invierno. Una amiga que me conocía bien me invitó por teléfono a su casa, en Granada. Le hice caso, pedí unos días libres y me fui.

    Allí los días también se acortaban, pero eran luminosos y tibios. Había una playa pequeña donde la gente iba desnuda y se reconocía por su nombre; el agua estaba fría; comíamos ensalada al sol de la tarde debajo de un emparrado. Charlamos; conocí alguna gente que me habló de sus cosas.

    Era sencillo. No la felicidad, sino la paz, lo que a mí entonces me daba lo mismo. Una paz elemental que no se debía a nada. Es decir, que no provenía de la presencia tal o cual bien, sino de la falta. Faltaba el amontonamiento: deseos, bienes, pesares…, cosas, nada de eso.

    Regresé a Madrid y a los montones. Volví mejor de aquella isla entre mis días, de aquella tregua. Y al cabo de estos años, la luz del sol entre las hojas del emparrado relumbra en mi memoria con un fulgor verde que es la imagen con que se me representa la paz. O mi felicidad modesta, ya no sé.

    Sí sé que cosas así las ha contado mucha gente, cada uno a su manera. Esta es mi versión de la historia; esta es mi isla.

  • Frío

    En casa estoy solo. Al fondo parpadea la televisión sin voz, siempre encendida. No la miro, pero me gusta que haya algo en movimiento dentro de la casa. Es, por así decirlo, mi gato catódico.

  • La creatividad y el desorden

    En la costa de Bezumbre, región de espíritu inquieto, se les ocurrió someter a crítica el tópico del faro luminoso, y en su lugar erigieron un faro de voz. De este modo, el faro, colocado sobre un islote pedregoso en la boca de la rada de Pretel, avisaba por su bien a los navegantes con su estentórea voz girada: «¡Eh, aquí, cuidado, eh! ¡Aquí hay bajíos! ¡Aquí escarpadas rocas! ¡Eh, eh!». Como el clima de la zona abunda en nieblas espesas, la idea prosperó, y el faro aún perdura.

    Región siempre inquieta, al fin y al cabo, un buen día el faro de Bezumbre sometió a crítica esa inercia monótona de malgastar tan buena voz en gritar voces, y comenzó a cantar. Boleros, habaneras, coplas, tangos arrastrados, fados aprendidos de los marineros. Cualquier navegante que costee por allí oirá su hermosa voz de tenor entre la niebla dándole vueltas a pasiones de hombre.

  • «Intenté

    que fuera directo, y cuando la gente habla de una forma directa suena naïf, porque lo usual es hablar con complejidades protectoras. Merece la pena correr el riesgo de ser tomado por ingenuo».

    Lo dijo John Berger en Babelia, en una entrevista, hace unos años (concretamente, el 23/09/2000). Yo lo apunté, lo olvidé, y ayer he vuelto a encontrármelo. Las cursivas son mías.

  • Tutas

    Recuerdo que mi abuelo fabricaba con mucha dedicación unas cosas que él llamaba tutas a partir de corchos de botella. Son esas pequeñas boyas que a veces se ponen en el sedal de una caña de pescar por encima de los plomos, y que flotan en el agua en el punto donde está sumergido el anzuelo. Cogía un corcho y lo iba tallando hasta acercarse a la figura que buscaba, y entonces se ponía a lijarlo con todo cuidado, zas, zas, zas, hasta que la tuta alcanzaba su forma canónica (había unas cuantas: en forma de peonza, en forma de esfera, y así). Luego les pintaba círculos concéntricos de colores vivos: verde claro, rojo, blanco. Yo lo miraba y sentía mucho respeto por todo este trabajo y su procedimiento, como si estuviéramos los dos en el taller de un luthier.

    Todo esto le llevaba un tiempo terrible, y —lo que ahora sé— mayormente no servía para nada. Es verdad que a mi abuelo le gustaba pescar, en verano; pero no era eso, porque había fabricado tutas como para pescar la eternidad entera. Ahora pienso en ello, al cabo del tiempo.

    Evocarlo por la escritura no me ha ayudado a saber más. Sólo he retratado con paciencia a mi abuelo haciendo sus tutas, con su precisión de anciano, el cigarrillo consumido en el cenicero, respirando pausadamente por la nariz. Sólo he querido dar forma letra a letra y dejar a solas bajo la luz, austera, la imagen de la tuta colorida entre sus manos remotas.

  • Lo que no tuve

    ¿Dónde está mi corazón?
    Al cabo de estos años, yo pregunto:
    ¿Dónde está mi corazón?
    Mi corazón está
    —qué raro saberlo—
    en las cosas que no tuve.
    Qué raro saberlo.