En el nacimiento de la filosofía, el filósofo se enfrenta al Todo y dilata su vista sobre él, maravillado. Y se dice: «Menos mal que no tengo que limpiarlo».
Autor: Juan Avellana
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Del mito al logos
Cuentan que Augustus Kromberg compuso su Tratado del alma en siete tardes sucesivas. Cada mañana, las hadas afilaban sus lápices.
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Agosto
Abajo, en la calle, está llegando la noche. A esta luz no puede distinguirse un hilo blanco de un hilo negro, como dice el Corán. Hace calor, y al verano aún no se le nota que va herido. Por la ventana abierta llegan voces de muchachas. Hablan con los chavales, hacen que disputan, vocean, se ríen. Por una esquina pasa despacio un hombre con un perro.
No se enciende ninguna luz porque nunca hace falta, una noche de verano, si tus amigos están dejando de ser niños, en un barrio de cualquier ciudad, mientras en las casas se hace la cena y se llenan con ruido de vajillas los patios de luces. Como siempre.
¿Quién dice que el tiempo pasa?
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Pregunta
El cianuro, ¿engorda?
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Ahora que no estás,
tu sombra queda, olorosa y frágil, enredada tiernamente entre mis cosas.
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Un juego
En casa, Estrella, de año y medio, está jugando sola en el comedor. Se empina, alcanza el mando a distancia de la televisión, se lo lleva al oído como si fuese un teléfono móvil y se pone a hablar con toda seriedad: «¿Naná, naná na a burun, papa babao?».
Pablo, a quince kilómetros de allí, está solo en su mesa de la oficina, estudiando unos documentos. Levanta la cabeza, alcanza el mando a distancia del aire acondicionado y contesta: «¡Hola, bonita! ¿Te lo pasas bien?».
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«Soy el oso de los caños de la casa,
subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas.
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Punto de vista II
En el tren de cercanías va dormida una joven china. No con el sueño incómodo de estos casos, sino con un abandono inocente, como la que está en su cama.
Es una mujer china, ya digo, dormida en un tren. Una figura cualquiera. En alguna parte saben su nombre, piensan en ella mientras no está, la esperan. Quizá para alguien ese rostro único se confunde con el rostro del mundo. O quizá no.
No puedo saber si ella tiene esas cosas. De mí sí puedo. Me miro ahora a mí mismo —miro las manos que sostienen el periódico abatido sobre mis rodillas— y me lo pregunto. Y sí, tengo esas cosas.
La ventana del tren atraviesa Madrid. Vuelvo a mirar a la mujer dormida. ¿Y ella?
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Lo inefable
La primera hoja caída, en lo alto del verano. La primera luz que se fatiga al final de la tarde. La primera mañana de sol suave. El primer recuerdo de otros veranos.
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«Ciencia astral
Su mundo, casi de nada y nada,
de fantasmales supercuerdas
en el espacio decadimensional,
extrañeza, color, espín y encanto —pero cuando tiene dolor de muelas,
el cosmólogo,
cuando se disipa en polvo de nieve
en St. Moritz,
come ensalada de patatas
o se acuesta con una señora
que no cree en bosones,
cuando muerese evaporan los cuentos matemáticos,
las ecuaciones se derriten
y él vuelve de su má allá
a este mundo
de dolor, nieve, placer,
ensalada de patatas y muerte.Hans Magnus Enzensberger,
Los elixires de la ciencia (Anagrama, p. 106).
Traducción de José Luis Reina Palazón
