Autor: Juan Avellana

  • El río 

    Una joven vestida de blanco está de pie a la orilla del río, mirando cómo se acerca, despacio, un barco de madera. Se sube. La tripulación separa el barco del embarcadero de tablas, lo lleva hasta el centro de la corriente y se deja arrastrar, hacia el sur. Por esta zona el cauce es estrecho, las riberas verdes, la corriente rápida. Abajo, los bosques oscuros; arriba, el gran cielo del norte. Tras un recodo del río, en un claro donde crece la hierba, ve a un joven en traje de campesino, la cabeza descubierta, el pelo castaño y un tahalí de cuero, que contempla el barco con fijeza y asombro. En la proa va una mujer menuda, vestida de blanco, luminosa como un fanal. En ese momento, el barco despliega una vela para ganar el viento y enseguida desaparece de su vista. 

    Un poco más allá, según corre hacia el sur, el río crece y se ensancha. Se terminan los bosques y empiezan los sembrados y los pastos. Cruzan tierras pobladas. El clima se entibia, el viento es suave. Si es de noche, ven luces innumerables en la distancia, como campos de estrellas. Si es de día, tocan puertos populosos, descubren lenguas extrañas, costumbres coloridas, sabores ácidos y ropas alegres. A veces los adelantan hacia el sur grandes bandadas de pájaros que, mucho más abajo, se cruzarán de vuelta. Escuchan las canciones de brega de los marineros del río. Tres noches los acompañó en el cielo el resplandor de un cometa. Ven ruinas magníficas.

    Un día, cuando la corriente está quieta y el cauce se derrama hasta donde alcanza la vista, aparecen dos grandes pilares en la orilla que señalan el final del río, donde las aguas son de dos colores que se mezclan. Allí está el gran mar. Mientras tanto, el joven del tahalí de cuero sigue en el prado junto al río, en la misma postura de hace tantos años. No ha envejecido ni un día; por él no ha pasado el tiempo. Su pelo mantiene el color y sigue inmóvil, con un gesto fijo de atención y maravilla, hacia la dirección por la que se alejó el barco blanco. 

  • El lago

    Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar. 

    (más…)
  • Diciembre de 2025

    En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena. 

    El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.

    El día es un diente de león, un cristal de nieve. 

    (más…)
  • La cuestión

    La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.

    *

    El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil. 

    (más…)
  • Historias de fantasmas

    Como es sabido, la luz de una estrella tarda miles de años en llegar hasta nosotros. Cuando la vemos, quizá la estrella ya ha muerto, y así, nuestras esperanzas y el cielo están hermosamente alumbrados por fantasmas.

     

    Una persona se vuelve fantasma por dos motivos: o por tozudez o por amor.

     

    Un país lejano está poblado por millones de fantasmas. A sus habitantes se los llevó de pronto la epidemia; muertos en horas, en días, en mitad de sus asuntos. El único hombre vivo se arrastra por las calles, solitario. Los fantasmas no lo ven ni lo oyen, yendo y viniendo a sus tareas. Errabundo, se sienta en las escaleras del Parlamento, o al borde del estanque de la plaza, o en medio de la acera, solo, viendo rodar las hojas.

    (más…)
  • Los bibliotecarios

    Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado. 

    (más…)