Categoría: Central

  • Historias

    Cuando vuelvo por mi ciudad, sentados en la cocina, hablo con mi madre. Me cuenta las historias de gente que ella y yo conocemos. Qué ha sido de este, qué se hizo de este otro, adónde fue a parar esta pareja. Los relatos de todas esas vidas, inicialmente variados, sumados y con la iteración de los años terminan por desembocar en una conclusión muy semejante, que incita al asentimiento y la tristeza.

    Yo escucho y pienso. Tal es la razón de que las novelas y los cuentos nunca prosigan más allá del límite arbitrario que impone el desenlace: es que si así fuese, la enseñanza de todas las historias propendería, en el infinito, a ser siempre la misma. Que encima no es sencilla de aceptar, ni tampoco alegre.

  • Una bestia o un dios

    Todo el mundo conoce esa sentencia de Aristóteles, de la Política: «El hombre es un animal social», algo que sabe cualquiera sin necesidad de leer a Aristóteles. Pero que sigue así: «… y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»; o, como repite muy bellamente unas líneas después: «Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios».

    Mi interés por esa frase no ha sido político o filosófico, sino personal. Siempre he tenido problemas de relación con cualquier comunidad (parece cosa de fábrica), que me llevaban a vagar entre la melancolía y la soberbia. Me acuerdo bien de la primera vez que la leí porque va asociada a uno de mis pequeños hitos de madurez personales, parecidos a las fijaciones que colocan los escaladores cada cierto espacio para asegurar las cuerdas. Me puso enfrente de mi propia confusión: en el brete de escoger, me di cuenta de que yo no quería ser ni lo uno ni lo otro; a mi manera, pero en cualquier caso un hombre. Ni bestia, ni dios; un hombre.

    A partir de ahí he seguido refunfuñando, por supuesto; pero desde entonces refunfuño desde dentro. Fuera no hay nada para mí.

  • Los ebutos

    Historia natural. Las plantas pueden permanecer incólumes en mitad del cruel invierno porque se dejan traspasar de parte a parte por el frío, sin ofrecer resistencia. En lo más profundo de la planta hay una menuda médula, clausurada al exterior, donde la vida de la planta se recoge durante la estación. Sin embargo, puede ocurrir que en un instante extremo de frío innatural o por un momento de distracción o debilidad de la planta, el frío penetre también ahí, hasta la misma médula, y le apague todo calor, y entonces la planta muere, o, mejor dicho, cuando llega el tiempo propicio no revive.

     

    Los ebutos tienen un idioma para la felicidad y otro para el resto de las cosas. No solo los asuntos a que se refiere son felices; también les da placer hablarlo.

     

    Desde que nacen tiene esta virtud: les enseñas la semilla y ven la forma del árbol. Con ese método los escogen, muy jóvenes.

     

    En todo el país se ha prohibido recordar a los barcos.

  • La medida del valor

    Mientras lo escribía, me di cuenta de que por mi post anterior rondaba la forma de una frase de Ernst Jünger (la forma, no el contenido), de sus diarios. Esta, a diferencia de tantas otras citas sublimes, no es solo que parezca elevada y noble y resuene muy bien; es que sigue siendo hermosamente cierta cuando uno se acerca a mirarla mejor:

    «La verdadera medida del valor que poseemos es ésta: el crecimiento que los demás experimentan merced a la fuerza de nuestro amor».

    Ni más ni menos.

  • Dolores del cierre

    En los niños, el extremo de los huesos largos —la epífisis— está separado del resto del hueso por un cartílago, lo que les permite crecer; durante la adolescencia, ese cartílago desaparece hasta que el hueso se cierra, y entonces el crecimiento está completo. De manera análoga, yo diría que la osificación de la personalidad —el cierre del espíritu— ocurre cuando el adulto deja de vivirse como un proyecto y se acepta como un hecho. Abandonar el paraíso de la posibilidad es necesario y triste. «No existe en lo que digo intención de ofenderlos: el carecer de ilusiones es algo respetable, y exento de peligro, y provechoso, y triste», escribía Conrad en Lord Jim. Es una costumbre engañosa medir a los demás por lo que son y a uno mismo por lo que podría ser. Un vendedor de coches de segunda mano no es un bajista de rock porque tuviera una banda durante sus últimos años de bachillerato. A pesar de ello, se me ocurre que existe un lugar para la redención del deseo: en el país de la imposibilidad, donde no caben las ilusiones, pueden pervivir los sueños. Decía Kant, más o menos, que el valor moral de una persona no puede cifrarse en el resultado de sus actos, que no está en sus manos sino en la mecánica del mundo; por otro lado, puede ocurrir que uno carezca de talento para lograr un buen fin, de lo que no es responsable. Y así, si hay algo que pueda tenerse por bueno en términos absolutos, eso es solo la buena voluntad. Parafraseando a Kant, se me ocurre que algo semejante cabría decir de los sueños: fuera de toda contingencia, a salvo de las circunstancias del azar y de las capacidades que te haya dado la naturaleza, existe un reino en donde la sola medida de valor es la propia belleza de tu deseo. Eres su único responsable; y si tus hechos son la medida del valor de tu vida, también es lícito que te erijan estatuas de la estatura de tus sueños.

    «Y el capitán respondió que venía de la hermosa Belzoond, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Irlanda, que está en Europa; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues decían: “No hay tales lugares en todo el país de los sueños”. Cuando acabaron de burlarse, expliqué que mi fantasía moraba por lo común en el desierto de Cuppar-Nombo, en una ciudad azul llamada Golthoth la Condenada, que guardaban en todo su contorno los lobos y sus sombras, y que había estado desolada años y años por una maldición que fulminaron una vez los dioses airados y que no habían podido revocar. Y que a veces mis sueños me habían llevado hasta Pungar Vees, la roja ciudad murada donde están las fuentes, que comercia con Thul y las Islas. Cuando hablé así me dieron albricias por la elección de mi fantasía, diciendo que, aunque ellos nunca habían visto esas ciudades, bien podían imaginarse lugares tales».

    [Lord Dunsany, Días de ocio en el país del Yann. Traducción de Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis.]
    [La traducción de la frase de Lord Jim es de Ramón D. Perés.]
    [La traducción de los conceptos de Kant a gruñidos es mía.]

  • Aquí

    Desde los tres olivos hasta el barrio del puerto, desde el lago hasta la estrella, entre el mar de cristal y la ciudad de los ángeles.
     

    [Plano del metro de Madrid]

  • Octubre

    Si una mañana de invierno un sol suave acariciase el día, cualquiera bendeciría el cielo, dichoso por la tregua, y, sentado en el banco de un parque, podría ponerse a escribir un poema agradecido. Pero si una tarde de otoño como esta el sol se consume silenciosamente en una luz dulce y fragante como un licor antiguo, todo ese cuidado cae sobre las cabezas de la gente y sobre el verde de los árboles y de los campos y sobre los juegos de los niños y el vuelo diminuto de los pájaros como una capa de melancolía, y solo sirve para evocar presagios de acabamiento y recuerdos de tiempos mejores. Esto sucede porque en nuestra vida íntima conocemos por historias. A diferencia de los cuerpos en estado puro, las cosas humanas van colocadas sobre una línea de tiempo y de causas, y esa propiedad —dónde se halla la cosa en su camino— nos importa quizá más que cualquier otra.

  • Alt=La vida

    Los ciegos navegan por la red mediante un lector de pantalla, un programa que les lee en voz alta lo que no pueden ver. Eso comprende no solo el texto, sino, entre otras cosas, también las imágenes y los enlaces, ya que sin ellos es imposible recorrer una página web. El lector de pantalla no puede ver una imagen: lo que hace es leer su descripción textual, que un señor ha escrito en el código fuente de la página. Por ejemplo, el Avellana colgado ahí arriba en garamond es una imagen; por debajo, en el código que el navegador corriente no nos enseña, pone: «Avellana», un letrerito que aparecerá si por cualquier cosa la imagen no se ve.

    Hablando el otro día de estos asuntos, alguien se puso a bromear sobre la descripción de las imágenes en un sitio porno. La gracia del contrasentido está en que ni siquiera hacen falta las imágenes; con una buena prosa, te puedes ahorrar las modelos y las sesiones de fotografía.

    Enseguida se me ocurrió que aquello no era de ningún modo un absurdo: qué otra cosa es la literatura sino la relación verbal de un mundo cuya imagen está ausente. Nos hemos pasado cuatro mil años haciendo precisamente eso, describiendo algo que sucedió en otro momento y lugar; y hemos llegado a manejar tan bien el truco que leíamos en el sobreentendido de que era superfluo si en el origen había habido o no un hecho palpable.

    Durante cuatro mil años leímos el mundo como ciegos sin saberlo, hasta que de pronto, hemos sabido: desde que principios del siglo XX aparecieran nuevas formas de narrar que sumaban el poder de la construcción narrativa a la evidencia de la imagen. ¿Cómo sostener a partir de ahora el fingimiento compartido de que la literatura es la descripción de una realidad en ausencia?

    6 billion Others [vía mirá], Seis mil millones de otros, es un proyecto del fotógrafo Yann Arthus-Bertrand que consiste en ir a una persona cualquiera y preguntarle por su vida, sus desdichas y sus sueños, y ver qué te contesta, dejarlo filmado y colgarlo en la red.

    El resultado, ante todo, produce compasión, en el sentido etimológico que decía Kundera: como un sentimiento de telepatía emocional. Por otra parte, los testimonios —desiguales, como somos las personas— suscitan la misma fascinación que un objeto hallado cuya forma sugiere un significado punzante que uno no acaba de entender; la misma prefiguración de sentido que las palabras de un extraño oídas al azar por la calle.

    No copio aquí los enlaces porque la página está hecha con flash; pero el que entre verá las respuestas agrupadas por personas y por temas: está la mujer chechena que habla de la calma después de la guerra; el ruso cuyo sueño más grande es hacer crecer tomates en la helada Siberia y ajos tan grandes como su puño; el hombre que solo quiere subir a un árbol; o esta declaración: «Llevo casado con mi mujer veinticuatro años. Nos enamoramos hace dos».

    Para mí yo aparto un testimonio. El del sirio con sombrero, uno que dice: «Cada año, por mi cumpleaños, el cinco de diciembre, rompo a llorar sin razón. No sé, solo por la emoción. Me apetece. Puedo ver la película de mi vida, con todos los recuerdos de mi infancia y mi carrera. Simplemente empiezo a llorar. Y yo no sé si es tristeza o felicidad».

     

    [6 billion Others: http://www.6billionothers.org/
    SoundsDirty.com, página porno especialmente accesible para ciegos (bueno, así es como se anuncian). El interés de la cosa se ve en su código fuente (ver/ver código fuente de la página): http://soundsdirty.com/
    Lector de pantalla en la Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Lector_de_pantalla
    mirá http://www.juliangallo.com.ar/2007/06/6-mil-millones-de-otros/]

  • Días

    Esta tarde, al salir de trabajar, me he topado con un africano alto y delgado, vestido con una chilaba gris perla. Llevaba a caballo sobre los hombros a una niña de tres o cuatro años, de piel más clara, despeinada y con sandalias como una niña del tiempo de Jesucristo. La niña iba dormida, con su cabeza apoyada sobre la cabeza del hombre. Hace solamente tres mañanas veía brillar como lluvia de diamantes bajo la luz del sol a los peces minúsculos dentro del agua silenciosa, de ese delicado azul que se llama, con toda propiedad, azul aguamarina. Y luego, por la noche, la luna creciente, terrible en el cielo, blanqueando las piedras de un camino, irguiendo sobre sus pies solitarios a los árboles. Estas cosas han sido mi felicidad y mi asombro.

  • Otra ley natural

    Cuando era estudiante no siempre tuve un domilicio fijo en la ciudad donde estudiaba. Esas temporadas dormía en pensiones, comía por ahí. Pasaba mucho tiempo solo. Recuerdo que una vez, en un bar, acababa de terminarme el menú del día y tenía un hambre terrible. Cerca de mí había un señor pulcro y antiguo que había comido lo suyo con orden y pausa. Terminó, alineó las miguitas sobre el mantel y se quedó esperando muy bien, con esa soltura natural con que esperan los solitarios. Al cabo de un rato, cuando el camarero pasó por su lado, el hombre le preguntó muy educadamente si sería posible trocar el café que figuraba en el menú por una pieza de fruta sin que variase el precio. ¿Una naranja? Una naranja. Del hombre de la naranja y de otros que he olvidado se formó por aquella época mi imagen ideal de la tristeza: un hombre mayor comiendo solo en la mesa de un bar. Veinte años después, a veces me sucede que estoy solo comiendo en los bares, y no es tan malo. Ojalá haya descubierto una ley de la naturaleza, una ley que diga, por ejemplo: «Cuando llega lo que más temías al final no era tan malo». Aunque no creo.