Esta semana pasada cruzaba en autobús un barrio desconocido, camino del extrarradio. Miraba los árboles, los setos, los parques, unos campos de fútbol, la brisa, las cunetas alumbradas de amapolas. Todo era un resplandor dorado y verde y el cielo azul y blanco. Se me ocurrió que esta tarde laborable de primavera, de tantos niños que jugaban en la hierba bajo el cielo de mayo, quizá a uno se le quedase grabado de por vida aquel instante –un pájaro en lo alto, una gota de luz en una hoja, el grito de un amigo, una bandera movida por el viento–, para siempre en la memoria como la imagen perenne de una exaltación. Un niño al que le sucedía eso, justo entonces, mientras yo viajaba en autobús y veía autopistas, desmontes, rotondas, las obras, el río, las obras, las casas, las casas. Yo, vivo, allí.
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El gorrión
Así pues, mientras arreglan mi casa estoy viviendo en otra. Más cerca del centro de Madrid, en una de esas calles sombrías, importantes, con galerías de cristales y volúmenes de ladrillo visto.
Enfrente de la mía hay una torre muy alta con la fachada de ladrillo rojo, un rojo encandecido por el sol de la tarde. Arriba, arriba en el último piso que se recorta contra el cielo, veo dos ventanucos en sombra por los cuales perfectamente podría estar mirando a lo lejos una princesa retenida.
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Hoy hemos tenido una mañana de primavera iluminada y fresca. Pasé por una placita llena de personas sentadas, al sol y a la sombra, y me parecieron bellamente dispuestas, como si por hallarse observando ganasen una cualidad estatuaria, una propiedad de lo observado. Hermosos, allí en su quietud; por un momento llegué a creer que entreveía algo esencialmente humano. Sin embargo, es sólo otra reducción. Simplificar la persona hasta lo sublime, podría decirse.
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Igual no es posible concebir la sublimidad del hombre cuando no hay Dios. O sea, como que yo dijese «el hombre es sublime» y aquel compañero mío respondiese: «¿Sublime con respecto a qué?».
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El otro día, la gente pasaba junto a un gran macizo de flores que resplandecía al sol, en el Botánico, se paraba y admiraba su color. Un rojo radiante, unánime, entre amapola y vino. Yo apunté en una libretita: «Se reúnen a celebrar un color». Aquella felicidad natural me pareció espontánea, medularmente humana. Maravillados de que el mundo sea como es, por decirlo a la manera de Wittgenstein.
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No es que yo sepa nada de Wittgenstein. Ya quisiera. Es sólo que un día leí la Conferencia sobre ética y a partir de entonces ya no fui capaz de decir algunas cosas importantes de otra manera que no fuese la suya. Pero yo ya era así, prewittgeinsteiniano, de bastante antes. Hace mucho, yo trabajaba con un informático que me hablaba de la máquina de Turing, de sistemas operativos y otras cosas elegantes y bellas. Entonces yo era más bruto que ahora; entonces nos juntábamos él y yo en un proyecto y yo empezaba que si esto es una mierda, que si esto otro una putísima mierda, y así. El hombre, que tenía que trabajar conmigo, me decía: «Pero a ver, Juan, ¿una puta mierda con respecto a qué?». Y con el tiempo me puse a pensar en ello, en el término de la comparación; y un día cambié por completo de modo de ver las cosas y acabé por comprender a este hombre. Eso fue antes de la Conferencia, ya digo.
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Esta casa en la que estoy de paso también es alta, y de ladrillos oscuros. Hay unas macetas de hormigón en la terraza; en la tierra amazacotada de una de ellas, con las últimas lluvias, han crecido unas yerbas a las que les han salido unas flores amarillas. Durante unos días un gorrión gordezuelo cogió la costumbre de venirse ahí y ponerse a piar, más o menos a las mismas horas del día.
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En mi mapa del mundo se llama el gorrión de Wittgenstein, porque me ocurre, cada vez más, que no puedo separar una idea de aquello que yo estaba haciendo en el instante de su aparición. Pensaba en aquello que escribí en agosto sobre el amor que todo lo puede pero que no puede asegurar lo que será; el amor, que sólo puede estar seguro de que es. Sentado en la cama, escuchando al gorrión, comprendí que eso es lo que resuelve el juramento o el matrimonio: por encima de la razón, sobre los hechos del mundo y el ser común de las cosas, he ahí uno que dice: «Seré». «Este amor será», dice, absolutamente. El amor solo no puede decirlo; por eso lo dice el juramento, que es sobrenatural. En el sentido en que Wittgenstein usaba esa palabra.
«Seré», dice.
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Obras
Para acabar de arreglar el edificio tenían que entrar en mi casa y hacer obras en la terraza y el baño, no había más remedio. Así que guardé en mi dormitorio las macetas de la terraza, despejé el cuarto de baño, le dejé las llaves de mi casa al capataz y me fui a pasar la noche fuera.
A la tarde siguiente me acerco por allí al salir del trabajo y me encuentro con que la obra es mucho mayor de lo que yo me figuraba, o de lo que ellos me habían dicho; una capa de cemento y polvo de ladrillo cubre los papeles y los libros. Me cuenta el fontanero que al picar el muro del baño han sacado un periódico de julio de 1964, en el que hablan del gol de Marcelino en aquella Eurocopa. Parte de la bajante que han sustituido era de zinc, y, según parece, se metían papeles, o se meten, para evitar que el yeso –capaz de atacarlo– tocase el zinc.
Antes de volver a irme me encierro en mi dormitorio con una taza de café en la mano. He cogido ropa como para una semana. Me fumaría un cigarrillo con el café, sentado al borde de la cama, pero ya no fumo. La casa de uno en obras, patas arriba, es como contemplar el trastorno de la vida de uno. Por otro lado, al agujerear una pared han sacado un periódico del mes exacto de mi nacimiento y en mi dormitorio estoy viendo un cerezo florecido. He aquí, me digo, una pequeña imagen de la vida, entre la conmoción y la esperanza, uno no sabe.
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El mundo
Yo digo, imaginemos, prefiero no conducir automóviles y ocurre a menudo que mi interlocutor entiende es preferible no conducir automóviles, como si yo hubiera enunciado un principio general en vez de un modesto caso. Habida cuenta de que cada vez sé menos, cada vez me resulta más perturbador que me tomen por alguien que sabe cosas o cree saber cosas, así en general.
Y sin embargo, es una confusión razonable porque obedece al lenguaje mismo. El lenguaje predica el mundo de dos maneras: una cebra ha venido a beber al aguadero; hay sal sobre la mesa; se ha adelantado la cosecha este año son frases que señalan hechos entre los hechos que componen el mundo. Y luego: el hombre miró la luna por encima del hombro y a los dos días se murió; una vez más ha nacido un niño al llegar la primavera; ha llovido y se ha adelantado la cosecha, puesto que ponen en relación dos hechos del mundo, no con la vecindad sensible de la sal y la mesa sino con una contigüidad vagamente causal, son frases que parecen describir el orden del mundo, esto es, su mecanismo.
De poner una cosa al lado de otra se establece entre ellas una relación de causa. ¿Por qué? Porque, ahora lo entiendo, porque solamente se dice aquello que es causal. Lo que se escoge decir es intencionado; si no fuese así, ¿para qué hablar? Nadie dice he aquí que el marco de la puerta está pintado de verde y las ranas deponen infinidad de huevecillos y hay un olor de canela si no quiere decir algo.
Dos frases seguidas componen un relato; todo relato expresa el orden del mundo. He llegado a esa conclusión y me he quedado mucho rato mirándola. ¡Por tal razón nos contamos historias y las oímos con avidez!
Luego me he puesto a sacarle hipótesis y consecuencias. Al final he parado en la gente que se dedica a escribir historias. No historias vistosas que uno urde para entretenerse, sino historias con aire verdadero, historias intencionadas. ¿Y saben ellos cómo es el mundo? Porque, ¿cómo podría uno decir el mundo si no sabe cómo es?
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A propósito del pez plátano
En su día yo me leí los Nueve cuentos con arrobo y una impresión perdurable y profunda. Yo hubiera querido escribir completamente a la manera de J. D. Salinger, yo hubiera querido escribir, y eso duró años. La otra noche me enteré por el periódico de que Salinger acababa de morirse y terminé poniéndome triste, no sé por qué.
Porque nunca tuve curiosidad alguna por la persona de Salinger; y he aquí, de una parte, aquel hombre remoto, invisible, que parece haber muerto suficientemente viejo, y de esta otra parte su obra, o, mejor, este íntimo eco de su obra.
En otro tiempo yo hubiera explicado esa tensión apelando así o asá a la trascendencia del arte, pero ahora no. Me he hecho el siguiente razonamiento: el acto de narrar sería trascendental con que un solo cuentista contase el caso de su muerte. Y puesto que no es así, al lado de la vida todas esas cosas son un asunto menor. Se ha muerto un hombre, uno.
Después de eso me he vuelto a leer, entre casa y el metro, El hombre que ríe y Para Esmé, con amor y sordidez, y me han producido emoción, un punzante pesar y un hondo, sincero agradecimiento.
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Navidades, España, 2009
Todavía no es de noche. No pasa nadie. De lado a lado de la carretera cuelga una guirnalda de lucecitas de azul pálido contra el vivo azul del cielo, menesterosa y tierna.
No pasa nadie. He ahí el mundo, el azul, estos días que son; y este soy yo, repleto de amor por ellos.
Feliz año.
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Avellana. Su cuaderno de viaje VIII
Un invierno, Avellana se aleja por la llanura cubierta de nieve; un bulto oscuro cada vez más pequeño que se pierde entre la cellisca que se levanta allá a lo lejos, y deja de verse.
Pasa el tiempo; Avellana vuelve tras un largo silencio. Qué ha vivido, qué ha conocido en ese tiempo, no se sabe. Quizá un monasterio en una cumbre desnuda, donde hombres de cabeza pelada recitan murmullos al viento, se alimentan de escaramujos y yerbas y beben sopa fría; quizá haya invernado en un cobertizo que la ventisca hace crujir, comiendo día tras día carne monótona en salazón y durmiendo espesos sueños repletos de recuerdos; quizá haya encontrado flores de cristal en una caverna de paredes fosforescentes, un río subterráneo con venas de un fulgor pálido y unos huesos arcaicos a la entrada; quizá haya llegado a creer que podía vivir para siempre en una aldea de troncos ahumados y nieve barrosa pisada por las cabras, al costado de una mujer rubia y silente; o que haya gastado todas esas tardes en la taberna de un puerto gris donde los aparejos de los barcos se deslíen bajo una lluvia fina; o instalado en una casa de huéspedes, en una ciudad pequeña, junto a la estación, tumbado en una penumbra helada desde la que se oyen, taciturnos, los trenes.
Podría haber sido cualquier cosa; pero lo que es es un silencio blanco, sin límites, peor que cualquier otra.
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Ingenuidades
El otro día visité la capilla de un rey medieval. En un momento dado, subía por una escalera estrecha como el ancho de mis hombros, con la mano sobre las piedras del espigón, y pensé: «Mira, si es como en las películas», porque la rudeza de la mampostería era como el cartón mal hecho. Cuando conocí el Museo de Pérgamo, en Berlín, que contiene el Altar de Pérgamo y la mismísima puerta de Istar de Babilonia y otras asombrosas maravillas, recuerdo cómo miraba yo las túnicas plegadas de los héroes, las ondas del cabello clásico, los tendones retorcidos de los combatientes y los ladrillos lapislázuli y ocres y los toros y dragones de Mesopotamia, y descubrí que eran verdad. Quiero decir que esa iconografía convencional de la Antigüedad que atraviesa a los prerrafaelitas como a Indiana Jones había nacido, a fin de cuentas, en el mundo real; que las invenciones de nuestro ensueño colectivo no eran de la pura imaginación sino de la memoria.
Y hace no mucho iba en un autobús nocturno hacia el sur viendo brillar la luna sobre los campos solitarios y me dije, con toda sinceridad —lo tengo aquí apuntado en el cuaderno—: «Así que aquí está la luna mientras yo vivo en Madrid». Sé que son pensamientos infantiles: que yo pase meses en la ciudad sin ver nunca la luna no quiere decir que la luna no exista porque yo no la vea. Es pueril, y sin embargo personas crecidas, como yo mismo, hemos llegado a creer con toda seriedad —ahora, con toda seriedad— que el mundo real consiste en las cosas que vemos cada día y el resto es ficción. Pero es así que hay mujeres hermosas y hombres valientes, hogueras aromáticas, torres de luz, ciudades bajo la luna, trenes de hierro, amantes como dioses, dichas, desdichas, sacrificios y puentes que se pierden en la niebla. Los anuncios de perfume y las películas y todos nuestros sueños están construidos sobre un mundo, verdadero como esta tarde de domingo, que existe, he sabido, incluso cuando uno no lo vea.
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Descubrimiento
El otro día estuve en medio del campo de Castilla. Desde que tengo recuerdo he ido y he venido a través de Castilla (para ir de mi tierra a casi cualquier sitio hay que subir al otro lado de las montañas y cruzar Castilla), pero creo que por primera vez en mi vida he andado a solas, no por una carretera ni por una vía de tren, sino con el trigo a los dos lados hasta el horizonte.
Fue el último día de sol de primavera. No había un alma en la distancia y no se oía otra cosa que el viento fresco que sonaba en los oídos, al final de la tarde. Sentí que era un sitio profundo donde uno podía sentirse alegre y libre. Me recordó al mar, tan lejos.
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Invierno
Justo enfrente y un poco por debajo de mi ventana hay un hombre en su balcón, ocupado con algo que se encuentra a la altura del suelo. No sé bien de qué se trata porque me estorban las ramas peladas de la copa del olmo que crece delante de mi casa, aquel que los días de viento rascaba la pared. Es la primera hora de una tarde de invierno en Madrid. La luz transparente, amarillecida; encima, el cielo confiable de Castilla.
El hombre va vestido con ropa cómoda, unos pantalones de chándal y una sudadera clara. Parece como si intentase reparar algo. Sale al balcón una mujer de pelo castaño. Andarán los dos por los cuarenta y tantos, cincuenta años. Cambian algunas palabras y se ponen a trabajar en lo que sea que los ocupa, en silencio.
Así un rato largo: ellos trabajando sin hablar y yo mirándolos, como si escuchase una pieza de música.
