Categoría: Citas

  • La rosa resucitada

    Ya he vuelto. He dejado el agua verde y fría, los lirios marinos, el viento, la hierba dunar que se agarra a la arena. Podría haber vivido toda mi vida allí, donde nací, como viven los cangrejos, en la franja entre dos mareas. Pero hubiera sido un exilio de otras vidas por vivir. Como esta mía que he tenido, por ejemplo.

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  • Mayo

    Granos, cáscaras, vilanos, pelusas pegajosas y leves, sámaras volanderas, estos días hay semillas de árboles por los rincones, en los charcos, bajo las suelas. Y sin embargo, de entre toda esa barredura se acabará alzando el tamaño de un árbol.

    *

    Todas las tardes levanto la vista y navego
    en la luz de mayo
    allá arriba, en el mar de los pájaros

    *

    Cada día, bajo la luz rojiza, veo que la tarde madura como un fruto. Y, como un fruto, no sé en qué momento llega a su color perfecto. Un poco más oscuro, un poco más rojo. Así hasta la noche.

     

    El cerezo lleva ahí veinte años, más o menos. Este año ha dado seis cerezas. Perfectas, dulces, rojas y redondas, como el corazón frutal de un ángel pequeño.

     

    Ahora que caigo, ese cerezo y este blog deben de tener los mismos años. ¡Si yo hiciese un día un post como una cereza!

     

    Me entero de que hay algo llamado red de niebla. Quizá sirva para atrapar almas que se separan del cuerpo durante el sueño.

    ***

    Una desconocida le pide que la arrope porque tiene frío.

    Me encuentro esto en un periódico:

    En vez de los desconocidos que antes veía a todas horas en su casa, en las últimas semanas lo que Carmen se encuentra a menudo son «chiquillos o una mujer que por las noches me dice que la arrope porque tiene frío. Pero ya no les tengo miedo, sé que son alucinaciones que tengo por la enfermedad».

    Eso le ocurre a esta mujer por las noches, en su casa.

    Es imposible imaginar la extensión de la experiencia humana. Debería haber un altarcillo en cada casa dedicado a la vida de los otros.

     

    [Red de niebla:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Red_de_niebla]
    [«La neuróloga que quiere sacar del olvido la demencia más desconocida». El Mundo, 15 de abril de 2024
    https://www.elmundo.es/…/a454f8b45a7.html]

  • Noticias de primavera en Madrid

    El primer día de primavera abrí para airear la casa y lo que entró fue una mañana de sol en una playa del norte. Mañanas luminosas, preservadas como paisajes dentro de un cristal, que tiemblan cuando una ráfaga de aire revuelve las habitaciones de la memoria.

    *

    El cerezo ha vuelto a dar flores. Ahí está su blancura, su olor leve. El mundo permanece.

    —¿Y después, qué?

    Pero no cabe preguntar después a la flor del cerezo. 

    La flor del cerezo es todo lo que se necesita.

    *

    De pronto, el rosal tenía hojas nuevas a la vez que hojas viejas. Al verlas juntas, pensé: «Mira, como yo».

    Qué primavera verían las plantas si me mirasen a mí. Qué se dirían: «Mirad al hombre, que le ha llegado la primavera».

    *

    El día de san Patricio estuve afuera; presté atención a la caída de la luz hasta que se acabó. Lo anoté. La primera consciencia del día. Como si despertase del invierno.

    *

    Esta conmovedora cita de Michaux:

    No me den por muerto porque los diarios hayan anunciado que ya no estoy. Me haré más humilde de lo que soy ahora. Será preciso hacerlo. Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo lectora. No me dejes solo con los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas.

    (Las cursivas son mías).

    *

    Empiezas a escribir «oh día de primavera» y después ya te da un poco igual lo que siga. Porque no puedes saltar por encima de ese artefacto extraordinario que te permite hablarle de tú a tú a un día de primavera.

    *

    Para no decir frases vacías, el último recurso es apuntar con el dedo. Imaginemos un caso de duda muy grave, una duda como una inundación. Flotando contigo, como trozos de madera en un río desbordado, bajan algunas cosas que uno ve, y sobre cada cosa viene a posarse su palabra. Son cosas que indudablemente están ahí, que tú ves. Basta señalarlas con el dedo. Digamos sol, pájaro, cerezo. Recuerdo, primavera.

    La palabra que nombra estas cosas nunca está vacía. La puedes decir. A partir de ahí ya se puede reconstruir un universo.

    *

    Al borde de la noche, las pétalos del cerezo fosforecen con un palor sobrenatural.

    Solo se ven las flores del cerezo, en medio de la oscuridad, como una constelación de primavera.

    Si las unes con líneas, la figura que resulta es el croquis del mundo.

     

     

    [Henri Michaux. Antología poética 1927-1986. Adriana Hidalgo editora, 2002. La traducción es de Silvio Mattoni.]

  • Verano

    Donde el clima es lo bastante frío, la nieve de un invierno se apila sobre la nieve del invierno pasado, y esta sobre otra, y sobre otra, y sobre todas las capas de nieve de los años. La presión de esa masa acumulada tiene la virtud de transmutar la nieve del fondo. Por eso se mueven los glaciares, creo recordar. Aunque en realidad estoy pensando en el peso de los recuerdos.

     

    La víspera del solsticio el día se deshizo en una tenue luz rosa, delicada como un perfume de luz, esfumada, lenta, quieta, que parecía durar a voluntad cuanto quisiera.

     

    Al irme a dormir he dejado mis cosas sobre la mesa de la terraza. No va a llover; la noche ni la mañana ni el tiempo tranquilo van a tocarlas. Yo duermo sin ropa y voy descalzo.

     

    La felicidad también es una divinidad invisible. Al cabo de los años, allí estará sentada, en una silla bajo la sombra de los árboles, por ejemplo, una mujer de ojos verdes que se divertía con la conversación. Pero no en medio del instante, porque solo es visible para los ojos del recuerdo.

     

    (En el canto XIX de la Ilíada, Agamenón llama a la diosa Erinis «vagabunda de la bruma». Lo dice porque camina sin que se la vea).

     

    Me puse a buscar aquellos versos de Luis Rosales:

    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
    sino en las cosas que yo más quería.

    Buscándolos, me di cuenta de que justo a la entrada de un verano de hace veinte años empecé el blog. Dice el tango que veinte años no es nada. Y bueno, nada no sé, pero que no es tanto, yo lo confirmo.

     

    Cuando la madrugada por fin trae algo de fresco, abro de par en par las ventanas para que el viento de la noche barra la casa.

    Mis abuelos tenían la extraña costumbre de cambiar las habitaciones de sitio. La sala pasaba a ser un dormitorio, el dormitorio pasaba a ser comedor, y así. En una de esas, la sala acabó siendo a la vez mi cuarto. Ellos se retiraban temprano, y se esperaba que entonces yo abriese el sofá cama; pero estaba al principo de mi adolescencia y por primera vez tenía un sitio para mí solo. Así que me pasaba la madrugada levantado, dibujando —me había dado por dibujar— y escuchando la radio.

    Habría que situarse en aquel barrio, en aquella época. De la radio salían narraciones, versos, canciones, inauditos, rutilantes, como un eco cósmico de galaxias lejanas, a través de un mar de oscuridad. Yo no sabía nada del mundo.

    Este junio del año 23, en lo alto de la noche, sentado ante el ordenador, con las ventanas abiertas al viento, veo versos, imágenes, animales extraños y palabras desconocidas, como nunca hubiera imaginado.

    Creo que a aquel adolescente le hubiera gustado la vida que he vivido.

     

     

    [Junio de 2003 en este blog: https://avellana.neunoi.com/2003_06_01_archivos.html]
    [Autobiografía, de Luis Rosales: https://avellana.neunoi.com/2004/03/autobiografia.html]
    [Agamenón dice «ἠεροφοῖτις Ἐρινύς»; quien escribe tan bellamente «vagabunda de la bruma» es uno de sus traductores al español, Emilio Crespo Güemes, en la Ilíada de Gredos, 1996, p. 490.]

  • Avellana fuera de contexto

    Nos disponemos a pintar un jardín que es símbolo del mundo. Tiene hierba, flores, un cielo sereno, una tapia de ladrillo. Bien, pues este jardín debe incluir, entre la hierba, las figuras de la ausencia de otras flores.

     

    El Juan Avellana de ayer le deja mensajes al de hoy. Fases sueltas, apuntes, citas, que a veces me cuesta comprender, como tablillas de una civilización desaparecida. Algunas veces el Juan de ayer es inalcanzable: «He comprendido la dirección de los sueños. En Venecia y en Berlín», dice una nota. Qué bárbaro. Un poco más abajo: «Los gatos invisibles». El Juan de ayer siempre me parece más listo que el Juan de hoy.

     

    Anochece ya. Incluso mayo tiene sus límites.

    El cielo es azul profundo, como el añil de lavar. En los claros de las nubes que la tormenta ha limpiado se ven algunas estrellas.

    Mientras el cielo esté bien, todo está bien.

     

    Y si son los ojos los que están cargados de maravillas.

     

    [Una mujer coja. Un hombre que viene con un recibo sin cobrar], dice otro apunte. Escrito así, con corchetes.

    Un zoo con animales: pero los animales están ordenados de acuerdo con el emblema de la pasión que representan.

    Un cantaor, Arcángel, canta en el Telediario: «Siempre esperando el futuro / y el futuro ya ha pasado».

     

    Junto a mi casa, en un parquecito de paso, en plena ciudad, han crecido algunas amapolas en un alcorque. Raquíticas, traslúcidas, famélicas. Las únicas que he visto este año. Cuando voy y vengo del trabajo las saludo interiormente con ternura.

     

    Seguro que existe una palabra japonesa pentasílaba que se traduce como «esa sensación de que la vida está sucediendo en otra parte».

     

    Hay cierta asimetría cruel en el tiempo de la vida: aquella edad que amé —el sol, el río, la amapola— ya no existe; pero este joven que amó sigue existiendo ahora.

     

    Hace un rato he oído al mirlo cantar en la tormenta. Aunque yo no diría que el mirlo canta. Parece más una recitación, una meditación o un rezo.

     

    He aquí una mujer con coleta. Hace pastas, hace fotografías y las retoca, trasplanta retoños. Hace cosas y se las da a la gente. ¿Te imaginas que la naturaleza hace pájaros, ponientes, espuma de las olas, de la misma manera?

     

    Hay un modo de pensamiento en el que cualquier desgracia se presenta como una lógica. Yo lo llamo antiparanoico, porque a uno nadie le hace nada, ni siquiera la suerte o el destino. Todo lo que le sucede proviene de algo que es, que ha hecho, que no ha hecho, uno mismo.

     

    Nos pasamos la tarde con R. Es médica. Un día le pregunté a otro amigo por la especialidad de R. y me contestó: «Cuando entras al hospital, no quieres verla». Es intensivista. Esta mujer delgada y habladora, tirando a ingenua, es la última cara que algunas personas ven.

    Se me ocurre esta historia: en vez de una capa negra y un atroz rostro blanco, la muerte es una chica normal que desconoce su propio trabajo.

     

    Una vez paseamos por aquí, hace tanto tiempo. Me gustaba que te gustase la luna.

    Into dark lands under strange moons (The Hobbit, p. 15).

    A fairy tale is not a text. Lo dice Pullman en la introducción a su reescritura de los cuentos de Grimm. Es difícil expresarlo de modo más bello.

    Y en tus ojos la luz de la edad.

  • Abril

    Huele a jazmín; el aire es tibio; la luz de la tarde se ha encendido. Llevo un rato afuera, quieto, escuchando. A punto de oír otra voz en la voz de los pájaros.

     

    El jazmín de invierno, una tarde de abril, el canto del mirlo. Tres elementales poéticos. Y sin embargo, viniendo desde mi vida, esta escena me parece tan inesperada como ver atardecer en un nuevo planeta. El otro día leí esto de Benjamin: «Para apoderarse de un sitio hay que haber entrado en él desde los cuatro puntos cardinales, e incluso haberlo abandonado en esas mismas direcciones». Igual con un hecho sucede lo mismo. Igual no hay un milagro sin un punto de vista.

    *

    Un hombre dibuja dos redondelitos juntos en una hoja de papel y en eso cae muerto, en mitad del gesto. Quizá iba a dibujar unas gafas. O una bicicleta. Quizá había empezado a escribir oocito. Para completar el significado del dibujo, queremos saber cuál era la intención del hombre; adónde iba, por así decirlo.

    Cuando miramos al mundo, creemos que lo vemos en mitad de un gesto.

    *

    «Amapolarse. Pintarse la cara de carmín las mujeres» (DHLE) (DLE).

    *

    Esbozos:

    Un viejo charlatán va por las ferias con su carreta enseñando un ángel y un monstruo. Nunca aparecen juntos. Primero uno, luego el otro.

     

    En el piso de arriba comienza a sonar una música sobrenatural, maravillosa. Un día coincidimos con el dueño del piso en el supermercado. Intentamos sonsacarle discretamente quiénes son los nuevos inquilinos. Con aire de fastidio nos dice que no, que sigue sin conseguir alquilarlo.

     

    En una pequeña ciudad del Cantábrico, una noche hacia el final de la primavera, cada uno de sus habitantes sueña el mismo sueño. Está de pie en una orilla; delante de él, en el agua calmada que espejea, se yergue una columna negra o una viga, parecida al asta de una letra. Estas 50.000 personas acabarán presenciando esa escena en algún momento de su vida, a lo largo de los años. En el encuentro real, la orilla por lo común es una playa, aunque a veces también un lago, una llanura cubierta de espigas; el hito puede ser —en vez de una pilastra— una antigua grúa, un torii, un bolardo.

    *

    En los comentarios del blog, L. me dejó esta cita de John Berger «Aquí, en la tierra, la gente busca la belleza porque les recuerda vagamente el bien» (Hacia la boda).

    *

    Uno quisiera oír la confirmación del mundo en la voz de los pájaros. La primavera, esta primavera extraordinaria, engendra y hace crecer lo que está vivo. El ser corre como un río. Bajo los cielos de estas tardes veo pasar el tiempo que me acaba. Veo que esta vida de ahí es a la vez mi muerte; pero esto lo digo como una constatación tranquila. Exactamente para eso tenemos la palabra elegíaco: para celebrar el esplendor y su tristeza.

     

     

    [W. Benjamin, Diario de Moscú. La traducción es de M. Delgado. Taurus, Madrid, 1988].

  • Febrero

    Por las tardes, dos luceros en el cielo violeta y después la fina curva de la luna. Como una notación del mundo en cuatro rasgos puros: una línea recta, el arco de la luna, dos puntos de luz sobre un plano infinito.

     

    Al principio, el buey, aleph, se escribía dibujando la cabeza de un buey, su jeroglífico. La cabeza se resumió en pictograma y el pictograma en los tres escuetos trazos de la A. La M al principio fue el agua. Y así las demás letras del alfabeto: una casa, un camello, una puerta, una ventana, una mano, una rueda…

    En el principio de cada letra hubo una cosa. Es sugestivo imaginar, por analogía, un abecedario de veintitantos objetos elementales con los que se puede organizar el universo.

     

    De una entrevista de John Berger, hace años: «Imagínate que tienes que mover un montón de arena de aquí allí. Piensas con pesadumbre: «¿Cuándo terminaré esto?». Después hay un momento concreto en el que parece que la arena se pone de tu parte».

     

    Jeroglífico significa ‘escritura sagrada’. Pero toda escritura nos es sagrada, en cierto modo.

     

    «Este hombre en marcha sobre la tierra que gira (…) va también, como todos nosotros, caminando dentro de sí mismo» (Marguerite Yourcenar sobre Bashô).

     

    Unos niños se pasan el día de playa recogiendo tesoros del suelo. Por la noche, en casa, la geometría de las conchas, las suaves piedras como huevos de pájaro, las cuentas de vidrio pulidas por la marea, terminan en una bolsa, encima de cualquier armario. ¿Qué queda de esos tesoros después de un mes, un año, una vida? Lo que los niños recogían, sin saberlo, era el sol, el salitre, el noble cansancio, la piel morena, el difuso recuerdo de la alegría.

    No niego que sean tesoros: por mi casa hay conchas, piedras y maderas de orillas y campos que he olvidado. Lo que quiero decir es si los hechos de una biografía no serán, a fin de cuentas, un medio más o menos útil o bello de estar vivo.

     

    Estoy pensando en Bashô por aquella vieja historia de la libélula, que me ha vuelto a la cabeza. Un día, iba Bashô por un campo de arroz con su discípulo Kikaku cuando este, al ver una libélula, compuso un poema:

    Libélulas rojas.
    Quítales las alas:
    ¡son pimientos!

    Bashô le respondió: «No». Y compuso otro poema:

    Pimientos.
    Ponles dos alas:
    ¡son libélulas!

    Ahí está todo.

     

     

    [John Berger en El País
    https://elpais.com/diario/2000/03/06/cultura/952297204_850215.html
    Bashô va de camino
    https://patriciadamiano.blogspot.com/2019/05/marguerite-
    yourcenar-basho-va-de-camino.html
    ]

  • Entrar en el paraíso

    Durante años, muchas noches me iba a la cama diciendo: «Ojalá sea esta noche y venga otro sueño como aquellos», porque algunas mañanas me había despertado transfigurado por sueños extraordinarios, tiempo atrás. Pero nunca volvieron; ni una sola vez conseguí convocar o propiciar un sueño.

    Este primero de enero hubiera querido soñar que sacábamos hielo puro y agua de un pozo en la tierra y los bebíamos. Y con el agua que quedaba en una palangana nos lavábamos la cara y nos frotábamos los ojos, que se aclaraban, se agrandaban y veían hasta más allá de los límites de este tiempo. Veían promesas y bellezas como paisajes en la distancia, y no temíamos nada.

     

    Me gustan las canciones con una estrofa de prólogo. Me gusta cuando Annette Hanshaw dice «That’s all!» al final de las canciones. Me gusta la espuma del café, las guirnaldas de luces, los versos octosílabos. Me gustan casi todas las cervezas, hasta las malas.

     

    Me gustan los recuerdos de la gente mayor. Hablan, y lo que importa es lo que hay detrás de los ojos; esa mirada que va hacia adentro, esa mirada ida, que no está en la misma habitación que los presentes, como si mirase a la mismísima verdad de la existencia.

     

    Me gusta la noche de Reyes. Me gusta el recuerdo adulto de la noche de Reyes. Me gustan las estrellas. Me gustarían las estrellas y sus nombres aunque no existiesen, aunque se las hubiese inventado una tradición o un poeta legendario.

     

    Me gustan cosas que existen y cosas que no existen. Y luego están las cosas que me gustarían aunque no existieran (el matiz es importante). También están las cosas que antes no me gustaban tanto y ahora sí (la arquitectura de hormigón, el vino tinto, los últimos cuartetos de Beethoven). Las cosas que no sé que me gustan. Las cosas que acabarán gustándome algún día.

     

    Unos arqueólogos descubren el palacio enigmático de una civilización perdida. Sus paredes les hablan con una voz despaciosa y amable, porque esa virtud supieron darles sus constructores, en la cima de su oficio.

    Pero lo que aquellos arquitectos no podían saber es que con el paso de los siglos el ser humano habría perdido el oído para ese rango de frecuencias en el que las paredes hablan. Los arqueólogos se devanan los sesos, recorren las galerías, conjeturan. Mientras, las paredes gritan. Ellos están sordos.

     

    A las tres de la mañana de la noche de Reyes me fui a dormir. Pasé por delante de la ventana. Todo estaba Iluminado por la luna. El cielo limpio, sin nubes, lleno de estrellas. Hacía frío. Pensé que el mundo estaba bien.

     

    Escribe Michaux: «No, sí, no. Sí, claro, me quejo. Incluso el agua suspira al caer».

     

    Entrar en el paraíso es muy difícil, todo el mundo lo dice. Si no has llevado una vida perfecta, desde la misma cancela de entrada caes al purgatorio. Allí te preparas para el examen de vuelta. Estudias varios meses una flor, para empezar. Te acostumbras a los martes. Oyes llorar a un niño 29 días seguidos sin impaciencia. Ves caer los aguaceros sobre las grandes llanuras del purgatorio. Aceptas los cuentos incompletos. Te gusta nadar en el mar frío. Llegas hasta los límites de la gramática, allá donde se difumina en páramos neblinosos. Escuchas a las hojas sin contradecirlas. Sabes llevar la cuenta de las olas. Te duermes y te despiertas canturreando canciones desconocidas. Te haces a todo y estás de lo más bien. No te presentas al examen para el paraíso; ni te acuerdas.

     

    [Henri Michaux, Poemas escogidos, Visor. La traducción es de Julia Escobar.]

  • Los días

    Acaba de ponerse el sol. Queda solo la limpia luz de oro, el rescoldo del día. El cielo amarillo, blanco, azul, violeta.

    ¿Cuánto valía esta tarde que se ha ido?

     

    Imagina que las páginas una vez leídas cayesen hacia el pasado para siempre, como los días. Que cada párrafo se deshiciese consumido por los ojos, que al volver una hoja solo quedase el banco del papel. Que no se pudiese releer, salvo de memoria.

     

    La lectura es lo más parecido a una vida que pudiera vivirse de nuevo.

     

    Yo creo que mi pregunta fundamental, a estas alturas, es si quiero encontrar formas o si quiero crearlas. Digo formas —lo escojo con cuidado— por no decir belleza, ni orden, ni sentido, que eran las primeras palabras que se me venían a la mano. (Figuras sería una buena palabra también). Porque es difícil usar sentido, orden, belleza sin prefigurar una realidad superior, sin que parezca que uno echa a andar a redimirse.

     

    Las hormigas de mi terraza hacen su vida y yo la mía, aunque las dos a veces se cruzan.

    Comúnmente, se considera que los animales pequeños sueñan con cosas pequeñas y los animales grandes con cosas grandes. Excepto la hormiga, que es grandiosa en proporción a sus sueños. Sueña con selvas, con atardeceres, con galaxias, con vastos vientos tibios, con el destino.

     

    Los días son más importantes que los libros. Aunque para saberlo —para llegar a esa experiencia de los días— yo he necesitado los libros.

     

    Las hormigas miran las estrellas. Creen en hormigas de luz, brillantes allá arriba, en aquel espejo oscuro.

     

    Almanaque: del ár. hisp. almanáẖ ‘calendario’, y este del ár. clás. munāẖ ‘alto de caravana’, porque los pueblos semíticos comparaban los astros y sus posiciones con camellos en ruta (DLE).

     

    Algunas especies de hormigas: hormiga acróbata, hormiga cabezona, hormiga loca, pequeña hormiga negra, hormiga casera apestosa, hormiga fantasma, hormiga de fuego.

     

    Un sol fresco, un viento suave, razonables tardes de luz, noches tranquilas. Muchos días de septiembre no se distinguen de la primavera, sin razón para la melancolía. Bastaría solo con no saber adónde van.

    Pero vivir así, sin saber, en un presente interminable, es una fantasía. También estoy hecho de tiempo, y eso no puedo arreglarlo.

  • Otoño

    Esta luz de octubre es ya del color del recuerdo.

    *

    Me he convertido en un fantasma y me aparezco en lo que escribo.

    *

    Una mañana, el revuelo de la brisa levanta una luz alegre en el verdor de unas hojas. Como una fruta de verano rezagada entre las frutas de otoño y que aún es firme, y sabe dulce.

    *

    De una rama seca y negra, aquí, salieron rosas. Crecieron en verano; murieron en otoños descaecidos. El mirlo vino a cantar en tardes pensativas. Según parece, rosas y mirlos son tópicos poéticos; pero juro que yo he vivido mi vida una vez sola, por primera vez, y ha sido mía.

    *

    Umberto Pasti ha plantado un gran jardín edénico. Quizá porque además de jardinero es escritor, las partes del jardín me recuerdan capítulos de un texto: el Jardín del Portugués, la Exedra bajo la Higuera,  la Sala del Trono, el Jardín de Sombra, la Puerta del Mar.

    Escribe Pasti:  «Para nosotros, los jardineros, el paraíso no existe en otros lugares, está aquí. Se llama mundo, y el lugar donde se encuentra lleva por nombre realidad».

    *

    Qué clase de persona considera una noticia la luz sobre unas hojas.

    *

    «En las áreas en las que nos ocupamos, la comprensión sólo se produce en forma de relámpagos. El texto es el largo trueno que los sigue». (Walter Benjamin en el Libro de los pasajes).

    *

    «Pasaba de la apatía a la melancolía sin motivo alguno y tuvo gran afición a la alquimia, disciplina que conoció a la edad de once años en la corte de Madrid, donde se educó junto a su tío el rey Felipe II. (…) También le interesaban la astrología, la magia, el coleccionismo de objetos raros y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de “movimiento perpetuo”».

    «Dedicado por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades —como coleccionar monedas, piedras preciosas, manuscritos de magia y alquimia, péndulos, cráneos, gente deforme y enanos, con los cuales formó un regimiento de soldados—, se paseaba vestido de negro al estilo español por los pasillos del castillo». (El rey Rodolfo II, según la Wikipedia).

    *

    Los habitantes de estos bloques de viviendas, al extremo del mundo, vuelven tarde de sus trabajos. Cae la noche en silencio sobre el barrio. Ninguna ventana está encendida. Parece el crepúsculo de un sueño.

    Vamos a imaginar una variación de la vieja historia: que un hombre y la Muerte no se encuentran en un mercado de Bagdad y se miran uno a otro con sorpresa; que con quien se topa el hombre es con su vida. El hombre ve la figura de su destino, de pie entre la gente, y se dice: ¿es esto lo que mi vida iba a ser y nunca supe? ¿Es este su aspecto, estas son sus trazas y su rostro?

    Esto que veo, este atardecer de otoño al final de la ciudad ¿es el rostro de mi vida?

    *

     

     

    [«El gesto de la muerte»:
    https://lapiedradesisifo.com/2009/11/25/el-gesto-de-la-muerte-de-jean-cocteau/
    Un par de fragmentos de Perdido en el paraíso, libro de Umberto Pasti, sobre el jardín de Rohuna:
    https://msur.es/2020/05/25/umberto-pasti-paraiso/
    Algunas fotografías sacadas de Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, una colaboración entre Umberto Pasti y la fotógrafa Ngoc Minh Ngo: 
    https://www.roseandivyjournal.com/stories/2019/11/4/garden-dreamer-eden-revisited
    La cita de Benjamin en español la encontré aquí:
    https://twitter.com/knbaraldi/status/1439880578912894977]