Categoría: Citas

  • Noticias de primavera en Madrid

    El primer día de primavera abrí para airear la casa y lo que entró fue una mañana de sol en una playa del norte. Mañanas luminosas, preservadas como paisajes dentro de un cristal, que tiemblan cuando una ráfaga de aire revuelve las habitaciones de la memoria.

    *

    El cerezo ha vuelto a dar flores. Ahí está su blancura, su olor leve. El mundo permanece.

    —¿Y después, qué?

    Pero no cabe preguntar después a la flor del cerezo. 

    La flor del cerezo es todo lo que se necesita.

    *

    De pronto, el rosal tenía hojas nuevas a la vez que hojas viejas. Al verlas juntas, pensé: «Mira, como yo».

    Qué primavera verían las plantas si me mirasen a mí. Qué se dirían: «Mirad al hombre, que le ha llegado la primavera».

    *

    El día de san Patricio estuve afuera; presté atención a la caída de la luz hasta que se acabó. Lo anoté. La primera consciencia del día. Como si despertase del invierno.

    *

    Esta conmovedora cita de Michaux:

    No me den por muerto porque los diarios hayan anunciado que ya no estoy. Me haré más humilde de lo que soy ahora. Será preciso hacerlo. Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo lectora. No me dejes solo con los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas.

    (Las cursivas son mías).

    *

    Empiezas a escribir «oh día de primavera» y después ya te da un poco igual lo que siga. Porque no puedes saltar por encima de ese artefacto extraordinario que te permite hablarle de tú a tú a un día de primavera.

    *

    Para no decir frases vacías, el último recurso es apuntar con el dedo. Imaginemos un caso de duda muy grave, una duda como una inundación. Flotando contigo, como trozos de madera en un río desbordado, bajan algunas cosas que uno ve, y sobre cada cosa viene a posarse su palabra. Son cosas que indudablemente están ahí, que tú ves. Basta señalarlas con el dedo. Digamos sol, pájaro, cerezo. Recuerdo, primavera.

    La palabra que nombra estas cosas nunca está vacía. La puedes decir. A partir de ahí ya se puede reconstruir un universo.

    *

    Al borde de la noche, las pétalos del cerezo fosforecen con un palor sobrenatural.

    Solo se ven las flores del cerezo, en medio de la oscuridad, como una constelación de primavera.

    Si las unes con líneas, la figura que resulta es el croquis del mundo.

     

     

    [Henri Michaux. Antología poética 1927-1986. Adriana Hidalgo editora, 2002. La traducción es de Silvio Mattoni.]

  • Verano

    Donde el clima es lo bastante frío, la nieve de un invierno se apila sobre la nieve del invierno pasado, y esta sobre otra, y sobre otra, y sobre todas las capas de nieve de los años. La presión de esa masa acumulada tiene la virtud de transmutar la nieve del fondo. Por eso se mueven los glaciares, creo recordar. Aunque en realidad estoy pensando en el peso de los recuerdos.

     

    La víspera del solsticio el día se deshizo en una tenue luz rosa, delicada como un perfume de luz, esfumada, lenta, quieta, que parecía durar a voluntad cuanto quisiera.

     

    Al irme a dormir he dejado mis cosas sobre la mesa de la terraza. No va a llover; la noche ni la mañana ni el tiempo tranquilo van a tocarlas. Yo duermo sin ropa y voy descalzo.

     

    La felicidad también es una divinidad invisible. Al cabo de los años, allí estará sentada, en una silla bajo la sombra de los árboles, por ejemplo, una mujer de ojos verdes que se divertía con la conversación. Pero no en medio del instante, porque solo es visible para los ojos del recuerdo.

     

    (En el canto XIX de la Ilíada, Agamenón llama a la diosa Erinis «vagabunda de la bruma». Lo dice porque camina sin que se la vea).

     

    Me puse a buscar aquellos versos de Luis Rosales:

    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
    sino en las cosas que yo más quería.

    Buscándolos, me di cuenta de que justo a la entrada de un verano de hace veinte años empecé el blog. Dice el tango que veinte años no es nada. Y bueno, nada no sé, pero que no es tanto, yo lo confirmo.

     

    Cuando la madrugada por fin trae algo de fresco, abro de par en par las ventanas para que el viento de la noche barra la casa.

    Mis abuelos tenían la extraña costumbre de cambiar las habitaciones de sitio. La sala pasaba a ser un dormitorio, el dormitorio pasaba a ser comedor, y así. En una de esas, la sala acabó siendo a la vez mi cuarto. Ellos se retiraban temprano, y se esperaba que entonces yo abriese el sofá cama; pero estaba al principo de mi adolescencia y por primera vez tenía un sitio para mí solo. Así que me pasaba la madrugada levantado, dibujando —me había dado por dibujar— y escuchando la radio.

    Habría que situarse en aquel barrio, en aquella época. De la radio salían narraciones, versos, canciones, inauditos, rutilantes, como un eco cósmico de galaxias lejanas, a través de un mar de oscuridad. Yo no sabía nada del mundo.

    Este junio del año 23, en lo alto de la noche, sentado ante el ordenador, con las ventanas abiertas al viento, veo versos, imágenes, animales extraños y palabras desconocidas, como nunca hubiera imaginado.

    Creo que a aquel adolescente le hubiera gustado la vida que he vivido.

     

     

    [Junio de 2003 en este blog: https://avellana.neunoi.com/2003_06_01_archivos.html]
    [Autobiografía, de Luis Rosales: https://avellana.neunoi.com/2004/03/autobiografia.html]
    [Agamenón dice «ἠεροφοῖτις Ἐρινύς»; quien escribe tan bellamente «vagabunda de la bruma» es uno de sus traductores al español, Emilio Crespo Güemes, en la Ilíada de Gredos, 1996, p. 490.]

  • Avellana fuera de contexto

    Nos disponemos a pintar un jardín que es símbolo del mundo. Tiene hierba, flores, un cielo sereno, una tapia de ladrillo. Bien, pues este jardín debe incluir, entre la hierba, las figuras de la ausencia de otras flores.

     

    El Juan Avellana de ayer le deja mensajes al de hoy. Fases sueltas, apuntes, citas, que a veces me cuesta comprender, como tablillas de una civilización desaparecida. Algunas veces el Juan de ayer es inalcanzable: «He comprendido la dirección de los sueños. En Venecia y en Berlín», dice una nota. Qué bárbaro. Un poco más abajo: «Los gatos invisibles». El Juan de ayer siempre me parece más listo que el Juan de hoy.

     

    Anochece ya. Incluso mayo tiene sus límites.

    El cielo es azul profundo, como el añil de lavar. En los claros de las nubes que la tormenta ha limpiado se ven algunas estrellas.

    Mientras el cielo esté bien, todo está bien.

     

    Y si son los ojos los que están cargados de maravillas.

     

    [Una mujer coja. Un hombre que viene con un recibo sin cobrar], dice otro apunte. Escrito así, con corchetes.

    Un zoo con animales: pero los animales están ordenados de acuerdo con el emblema de la pasión que representan.

    Un cantaor, Arcángel, canta en el Telediario: «Siempre esperando el futuro / y el futuro ya ha pasado».

     

    Junto a mi casa, en un parquecito de paso, en plena ciudad, han crecido algunas amapolas en un alcorque. Raquíticas, traslúcidas, famélicas. Las únicas que he visto este año. Cuando voy y vengo del trabajo las saludo interiormente con ternura.

     

    Seguro que existe una palabra japonesa pentasílaba que se traduce como «esa sensación de que la vida está sucediendo en otra parte».

     

    Hay cierta asimetría cruel en el tiempo de la vida: aquella edad que amé —el sol, el río, la amapola— ya no existe; pero este joven que amó sigue existiendo ahora.

     

    Hace un rato he oído al mirlo cantar en la tormenta. Aunque yo no diría que el mirlo canta. Parece más una recitación, una meditación o un rezo.

     

    He aquí una mujer con coleta. Hace pastas, hace fotografías y las retoca, trasplanta retoños. Hace cosas y se las da a la gente. ¿Te imaginas que la naturaleza hace pájaros, ponientes, espuma de las olas, de la misma manera?

     

    Hay un modo de pensamiento en el que cualquier desgracia se presenta como una lógica. Yo lo llamo antiparanoico, porque a uno nadie le hace nada, ni siquiera la suerte o el destino. Todo lo que le sucede proviene de algo que es, que ha hecho, que no ha hecho, uno mismo.

     

    Nos pasamos la tarde con R. Es médica. Un día le pregunté a otro amigo por la especialidad de R. y me contestó: «Cuando entras al hospital, no quieres verla». Es intensivista. Esta mujer delgada y habladora, tirando a ingenua, es la última cara que algunas personas ven.

    Se me ocurre esta historia: en vez de una capa negra y un atroz rostro blanco, la muerte es una chica normal que desconoce su propio trabajo.

     

    Una vez paseamos por aquí, hace tanto tiempo. Me gustaba que te gustase la luna.

    Into dark lands under strange moons (The Hobbit, p. 15).

    A fairy tale is not a text. Lo dice Pullman en la introducción a su reescritura de los cuentos de Grimm. Es difícil expresarlo de modo más bello.

    Y en tus ojos la luz de la edad.

  • Abril

    Huele a jazmín; el aire es tibio; la luz de la tarde se ha encendido. Llevo un rato afuera, quieto, escuchando. A punto de oír otra voz en la voz de los pájaros.

     

    El jazmín de invierno, una tarde de abril, el canto del mirlo. Tres elementales poéticos. Y sin embargo, viniendo desde mi vida, esta escena me parece tan inesperada como ver atardecer en un nuevo planeta. El otro día leí esto de Benjamin: «Para apoderarse de un sitio hay que haber entrado en él desde los cuatro puntos cardinales, e incluso haberlo abandonado en esas mismas direcciones». Igual con un hecho sucede lo mismo. Igual no hay un milagro sin un punto de vista.

    *

    Un hombre dibuja dos redondelitos juntos en una hoja de papel y en eso cae muerto, en mitad del gesto. Quizá iba a dibujar unas gafas. O una bicicleta. Quizá había empezado a escribir oocito. Para completar el significado del dibujo, queremos saber cuál era la intención del hombre; adónde iba, por así decirlo.

    Cuando miramos al mundo, creemos que lo vemos en mitad de un gesto.

    *

    «Amapolarse. Pintarse la cara de carmín las mujeres» (DHLE) (DLE).

    *

    Esbozos:

    Un viejo charlatán va por las ferias con su carreta enseñando un ángel y un monstruo. Nunca aparecen juntos. Primero uno, luego el otro.

     

    En el piso de arriba comienza a sonar una música sobrenatural, maravillosa. Un día coincidimos con el dueño del piso en el supermercado. Intentamos sonsacarle discretamente quiénes son los nuevos inquilinos. Con aire de fastidio nos dice que no, que sigue sin conseguir alquilarlo.

     

    En una pequeña ciudad del Cantábrico, una noche hacia el final de la primavera, cada uno de sus habitantes sueña el mismo sueño. Está de pie en una orilla; delante de él, en el agua calmada que espejea, se yergue una columna negra o una viga, parecida al asta de una letra. Estas 50.000 personas acabarán presenciando esa escena en algún momento de su vida, a lo largo de los años. En el encuentro real, la orilla por lo común es una playa, aunque a veces también un lago, una llanura cubierta de espigas; el hito puede ser —en vez de una pilastra— una antigua grúa, un torii, un bolardo.

    *

    En los comentarios del blog, L. me dejó esta cita de John Berger «Aquí, en la tierra, la gente busca la belleza porque les recuerda vagamente el bien» (Hacia la boda).

    *

    Uno quisiera oír la confirmación del mundo en la voz de los pájaros. La primavera, esta primavera extraordinaria, engendra y hace crecer lo que está vivo. El ser corre como un río. Bajo los cielos de estas tardes veo pasar el tiempo que me acaba. Veo que esta vida de ahí es a la vez mi muerte; pero esto lo digo como una constatación tranquila. Exactamente para eso tenemos la palabra elegíaco: para celebrar el esplendor y su tristeza.

     

     

    [W. Benjamin, Diario de Moscú. La traducción es de M. Delgado. Taurus, Madrid, 1988].

  • Febrero

    Por las tardes, dos luceros en el cielo violeta y después la fina curva de la luna. Como una notación del mundo en cuatro rasgos puros: una línea recta, el arco de la luna, dos puntos de luz sobre un plano infinito.

     

    Al principio, el buey, aleph, se escribía dibujando la cabeza de un buey, su jeroglífico. La cabeza se resumió en pictograma y el pictograma en los tres escuetos trazos de la A. La M al principio fue el agua. Y así las demás letras del alfabeto: una casa, un camello, una puerta, una ventana, una mano, una rueda…

    En el principio de cada letra hubo una cosa. Es sugestivo imaginar, por analogía, un abecedario de veintitantos objetos elementales con los que se puede organizar el universo.

     

    De una entrevista de John Berger, hace años: «Imagínate que tienes que mover un montón de arena de aquí allí. Piensas con pesadumbre: «¿Cuándo terminaré esto?». Después hay un momento concreto en el que parece que la arena se pone de tu parte».

     

    Jeroglífico significa ‘escritura sagrada’. Pero toda escritura nos es sagrada, en cierto modo.

     

    «Este hombre en marcha sobre la tierra que gira (…) va también, como todos nosotros, caminando dentro de sí mismo» (Marguerite Yourcenar sobre Bashô).

     

    Unos niños se pasan el día de playa recogiendo tesoros del suelo. Por la noche, en casa, la geometría de las conchas, las suaves piedras como huevos de pájaro, las cuentas de vidrio pulidas por la marea, terminan en una bolsa, encima de cualquier armario. ¿Qué queda de esos tesoros después de un mes, un año, una vida? Lo que los niños recogían, sin saberlo, era el sol, el salitre, el noble cansancio, la piel morena, el difuso recuerdo de la alegría.

    No niego que sean tesoros: por mi casa hay conchas, piedras y maderas de orillas y campos que he olvidado. Lo que quiero decir es si los hechos de una biografía no serán, a fin de cuentas, un medio más o menos útil o bello de estar vivo.

     

    Estoy pensando en Bashô por aquella vieja historia de la libélula, que me ha vuelto a la cabeza. Un día, iba Bashô por un campo de arroz con su discípulo Kikaku cuando este, al ver una libélula, compuso un poema:

    Libélulas rojas.
    Quítales las alas:
    ¡son pimientos!

    Bashô le respondió: «No». Y compuso otro poema:

    Pimientos.
    Ponles dos alas:
    ¡son libélulas!

    Ahí está todo.

     

     

    [John Berger en El País
    https://elpais.com/diario/2000/03/06/cultura/952297204_850215.html
    Bashô va de camino
    https://patriciadamiano.blogspot.com/2019/05/marguerite-
    yourcenar-basho-va-de-camino.html
    ]

  • Entrar en el paraíso

    Durante años, muchas noches me iba a la cama diciendo: «Ojalá sea esta noche y venga otro sueño como aquellos», porque algunas mañanas me había despertado transfigurado por sueños extraordinarios, tiempo atrás. Pero nunca volvieron; ni una sola vez conseguí convocar o propiciar un sueño.

    Este primero de enero hubiera querido soñar que sacábamos hielo puro y agua de un pozo en la tierra y los bebíamos. Y con el agua que quedaba en una palangana nos lavábamos la cara y nos frotábamos los ojos, que se aclaraban, se agrandaban y veían hasta más allá de los límites de este tiempo. Veían promesas y bellezas como paisajes en la distancia, y no temíamos nada.

     

    Me gustan las canciones con una estrofa de prólogo. Me gusta cuando Annette Hanshaw dice «That’s all!» al final de las canciones. Me gusta la espuma del café, las guirnaldas de luces, los versos octosílabos. Me gustan casi todas las cervezas, hasta las malas.

     

    Me gustan los recuerdos de la gente mayor. Hablan, y lo que importa es lo que hay detrás de los ojos; esa mirada que va hacia adentro, esa mirada ida, que no está en la misma habitación que los presentes, como si mirase a la mismísima verdad de la existencia.

     

    Me gusta la noche de Reyes. Me gusta el recuerdo adulto de la noche de Reyes. Me gustan las estrellas. Me gustarían las estrellas y sus nombres aunque no existiesen, aunque se las hubiese inventado una tradición o un poeta legendario.

     

    Me gustan cosas que existen y cosas que no existen. Y luego están las cosas que me gustarían aunque no existieran (el matiz es importante). También están las cosas que antes no me gustaban tanto y ahora sí (la arquitectura de hormigón, el vino tinto, los últimos cuartetos de Beethoven). Las cosas que no sé que me gustan. Las cosas que acabarán gustándome algún día.

     

    Unos arqueólogos descubren el palacio enigmático de una civilización perdida. Sus paredes les hablan con una voz despaciosa y amable, porque esa virtud supieron darles sus constructores, en la cima de su oficio.

    Pero lo que aquellos arquitectos no podían saber es que con el paso de los siglos el ser humano habría perdido el oído para ese rango de frecuencias en el que las paredes hablan. Los arqueólogos se devanan los sesos, recorren las galerías, conjeturan. Mientras, las paredes gritan. Ellos están sordos.

     

    A las tres de la mañana de la noche de Reyes me fui a dormir. Pasé por delante de la ventana. Todo estaba Iluminado por la luna. El cielo limpio, sin nubes, lleno de estrellas. Hacía frío. Pensé que el mundo estaba bien.

     

    Escribe Michaux: «No, sí, no. Sí, claro, me quejo. Incluso el agua suspira al caer».

     

    Entrar en el paraíso es muy difícil, todo el mundo lo dice. Si no has llevado una vida perfecta, desde la misma cancela de entrada caes al purgatorio. Allí te preparas para el examen de vuelta. Estudias varios meses una flor, para empezar. Te acostumbras a los martes. Oyes llorar a un niño 29 días seguidos sin impaciencia. Ves caer los aguaceros sobre las grandes llanuras del purgatorio. Aceptas los cuentos incompletos. Te gusta nadar en el mar frío. Llegas hasta los límites de la gramática, allá donde se difumina en páramos neblinosos. Escuchas a las hojas sin contradecirlas. Sabes llevar la cuenta de las olas. Te duermes y te despiertas canturreando canciones desconocidas. Te haces a todo y estás de lo más bien. No te presentas al examen para el paraíso; ni te acuerdas.

     

    [Henri Michaux, Poemas escogidos, Visor. La traducción es de Julia Escobar.]

  • Formas

    Hace tres años y medio comencé este cuaderno —casi— con una cita sacada de Mira por dónde, la autobiografía de Fernando Savater, que me estaba leyendo por aquellos días. Hace poco he vuelto a ver el libro y he notado que entonces dejé una señal amarilla en la página 388. Enseguida he sabido por qué: porque el tema de la inteligibilidad y la forma, el tema del hombre compelido a identificar formas —resulta fácil encontrarlo por todo el blog— es una de mis manías preferidas.
    Savater ha terminado ya la narración de su vida y se deja un epílogo para pensar sobre el resultado. Dice:

    «He padecido constantemente mi vida (lo que implica sufrimiento y deleite), pero rara vez he creído poder decir que la protagonizaba. Es decir, que elegía racionalmente su rumbo. No me resigno a esa evidencia. A lo largo de los capítulos (o fragmentos más o menos articulados) precedentes, el principal criterio para seleccionar lo que se decía y se callaba ha sido intentar contar cuanto podía sustentar una cierta forma en la narración. Para mí, la forma es ante todo coherencia inteligible, no nitidez estética. (…) Busco una forma racional en el centón de episodios vitales que relato y en los miles que recuerdo, como Hamlet se empeña en identificar camellos en el capricho de las nubes que se aglomeran y pasan».

    Ése era el motivo. Pero, aparte, lo que me gusta de este capítulo —el hilo conductor del libro, que no hemos visto hasta ahora— es el contemplación de un hombre en el verdadero trance de pensar sobre lo que más le importa, escribiendo para saber. No un hombre que escribe para construir la figura de su vida y colocársela al lector, sino la pasión de un hombre que escribe —que piensa— para indagarla.
    El que abre un libro así se arriesga a leerlo otra vez entero. Savater sigue hablando de su vida, de la forma de su vida, y a partir de aquí ya no tengo otro motivo que el placer de la lectura, que es como quien oye narrar junto a un fuego:

    «Sólo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. Santayana lo formuló en el primer tomo de sus memorias de un modo inmejorable: «Si el destino no fuera radicalmente amable, no habríamos existido para quejarnos de que sea en parte tan cruel». Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando… ¿mientras la alegría dure? Aquí ya vacilo. Aún disfruto con los libros y los amores, con las carreras de caballos y las refriegas políticas, pero la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana, como el sol vislumbrado desde un pozo cada vez más hondo… Tous mes jours sont des adieux. Busco empecinadamente lo que tuve y nada me contenta de lo que se me ofrece, sobre todo si exige cierta ceremonia social. Me sobresaltó hasta la incomodidad saber que un grupo de amigos pretendían incorporarme a la Real Academia (lo cual hubiera sido tan injusto para esa institución como para mí) y los premios literarios, cuya recompensa económica en modo alguno desdeño, me atraerían más si el cheque llegase por correo, sin ningún tipo de besamanos. Con los años aumenta el orgullo y por tanto disminuye la vanidad: uno se da cuenta de la dosis de humillación benévola que implica recibir honores públicos, no digamos ya buscarlos. En cualquer homenaje siempre me siento como un rehén. Los auténticos beneficios que todavía anhelo sólo me los podrían conceder en privado algunas personas jóvenes que de hecho me rehúyen, no venerables colegas en docta asamblea.
    En resumen: noto como si aumentase la insipidez y tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera… Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.

    Un largo párrafo más allá se termina el libro, muy hermosamente, y de la manera más savateriana. Aunque sería muy feo que yo fuese a chafar el final de esta historia.

  • Una pausa

    Tiro a la basura papeles y libros. Son cosas que me han acompañado durante mucho tiempo.

    Me siento a tomar un café y me los quedo mirando, esparcidos por el suelo. Se me viene a la cabeza aquel verso de Tolkien: «¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo».

    [«And whither then? I cannot say». http://www.cs.rice.edu/~ssiyer/minstrels/poems/4.html:

    The Road goes ever on and on
    Down from the door where it began.
    Now far ahead the Road has gone,
    And I must follow, if I can,
    Pursuing it with eager feet,
    Until it joins some larger way
    Where many paths and errands meet.
    And whither then? I cannot say.

    El camino sigue y sigue
    desde la puerta.
    El camino ha ido muy lejos,
    y si es posible he de seguirlo
    recorriéndolo con pie decidido
    hasta llegar a un camino más ancho
    donde se encuentran senderos y cursos.
    ¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

    La traducción al español es de Luis Domènech. Como dice el autor de la página de donde lo he copiado, «while Tolkien needs no introduction, I feel that his poetry deserves a wider audience than Middle Earth fan(atic)s» («aunque Tolkien no necesita presentación, siento que su poesía se merece una audiencia más amplia que la de los fan<ático>s de la Tierra Media»). Absolutamente de acuerdo.]

  • Azúa

    Ya he dicho unas cuantas veces que me gusta Félix de Azúa: una de las páginas más visitada de este blog es donde hablaba yo de su Diccionario de las artes, por cierto. El año pasado estuve un tiempo fuera, así que tardé meses en enterarme de que Azúa había puesto un blog. Después, muchas mañanas he pensado en traerlo aquí, pero por una u otra cosa, el caso es que al final —mis legendarios reflejos— el otro día lo ha cerrado, no sé si hasta agosto, como dice, o para siempre.

    Hay muchas cosas que me gustan de Azúa: su inteligencia, su ingenio, la variedad de curiosidad, su cultura sorprendente —por lo que a mí respecta, de un tamaño descorazonador—, y así; sin embargo, quizá lo que más le aprecio es esa cosa tan rara entre los españoles, el sentido del humor. Y su libertad de pensamiento.

    El blog de Azúa me alegraba las mañanas. Unos días mejor, otros peor, otros perfecto. A mí me han impresionado mucho, por poner un ejemplo, sus retratos de escritores: «El invicto», o un «Un poco de esperanza». Pero si debo quedarme con uno que cifre lo que yo sacaba en limpio cada mañana —muy tempranito, a eso de las diez—, escojo este, escrito a medias entre Azúa y Steiner: «Sobre la inconveniencia de pensar». Vale la pena leerlo y guardarlo.

    Su último post se titula «No es un adiós», pero para mí tiene todo el aire de serlo. Espero equivocarme.

  • Comprensión y redención

    Este es un poema que quiero mucho. Ya no es moderno, cierto, de modo que hay que leerlo como escrito en la primavera de 1916, que es su fecha. Sin embargo, lo esencial de su virtud poética —la mirada— sigue intacta. Y si no fuese en prosa, traería uno de los mejores versos que he leído en castellano: parece que va soñando con llevarla bien. Es de Juan Ramón Jiménez.

    New York, 4 de abril

    la negra y la rosa

    (A Pedro Henríquez Ureña)

    La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano —La rosa y el sueño apartan, una superposición májica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas, la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas. —Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.

    ¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconciente, la cuida —con la seguridad de una sonámbula— y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. —A veces, se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera—.

    Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido, apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra esalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad…

    (De Diario de un poeta recién casado)