Categoría: Citas

  • Artista, por Azúa

    Siempre anda por ahí encima, en mi casa, el Diccionario de las Artes de Félix de Azúa. De vez en cuando lo tomo y me leo alguna entrada al azar. A pesar de su nombre, no es un diccionario al uso, sino que se trata de una breve colección de ensayos ordenada con arbitrariedad alfabética.

    Todas las entradas me dan siempre que pensar; algunas me hacen reír a carcajadas. La entrada ARTISTA es una de estas, parcialmente: el comienzo y el final están escritos con un sarcasmo feliz. Lo de enmedio no es nada gracioso, pero expone un modo de ver el arte —por consiguiente, la vida— que yo comparto de corazón. Por otro lado, siempre he sido incapaz de resistirme a una buena alegoría.

    Hace un par de años le recomendé a un amigo una prodigiosa columna de Azúa en El País. Él me respondió que Azúa era un liberal, y yo, sin entrar a juzgar la sustancia de la imputación, todavía sigo pasmado de que eso le pareciese un argumento.

    «Artista. Acerca del artista reina un general desconcierto. Su existencia es indudable, pues a ellos atribuimos la aparición de obras de arte, sea cierto o falso que intervengan en su aparición. Cuando nos sorprende un paisaje de colinas verdes salpicadas de templos en las que a primera hora del día caminan breves figuras humanas acompañadas por un perro cabizbajo, decimos: ¡un Poussin! Cuando oímos una canción desolada cuyo tema se repite tercamente como si la cantara un hombre enajenado por una dolorosa obsesión, exclamamos: ¡un Schubert! Y así sucesivamente. En consecuencia, los artistas son gente en verdad existente porque con su nombre nos orientamos en la espesura de las obras.

    »Pero la energía del romanticismo ha contaminado tan profundamente las fuentes de nuestro juicio que tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce el desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que no sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial que dice ser libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad. El lector encontrará más datos sobre este punto en la entrada MUERTE.

    »Para explicar (aproximadamente) lo que es un artista, debo recurrir a la fábula. Me avergüenza hacerlo porque es un método poco científico muy utilizado por ese enemigo de la democracia (según le califica Karl Popper) que era Platón cuando se veía obligado a explicar cosas que ni él mismo se explicaba. Me excuso, pues, de imitar a Platón, pero no todo el mundo puede ser Karl Popper.

    »En las muchas memorias y abundantes libros de recuerdos que han ido editando los judíos que sobrevivieron al Holocausto hay una figura que aparece con frecuencia y cuya actividad posee un interés muy especial. Cuentan los supervivientes que tras ser detenidos y agrupados por la policía política alemana y francesa, eran almacenados en trenes especiales cuyos vagones habían servido para transporte de ganado.

    »Hacinados como reses, sin espacio para sentarse, sin apenas aire para respirar, sin más agua que la lluvia que se filtraba por las grietas de la cubierta, millones de desdichados atravesaron Europa de Pau a Auschwitz, de Varsovia a Dachau, de Amsterdam a Büchenwald, durante semanas, camino del matadero. Antes de llegar, muchos murieron de sed, de hambre, de asfixia, de agotamiento, de enfermedad; los supervivientes acabaron el trayecto pegados a los cadáveres porque no había espacio para dejarlos reposar en el suelo.

    »Los vagones, que eran de puerta corredera, traían unos mínimos respiraderos en la parte superior, a un palmo del techo, y otros cuantos orificios en el suelo para evacuación de las heces. Por los respiraderos entraba la escasa luz que permitía a los infelices saber si era de día o de noche, y, aunque pueda parecer extraño, estos detalles cobraban para ellos una enorme importancia. Los respiraderos superiores estaban situados a unos dos metros y medio del suelo.

    »Muchos memorialistas coinciden en relatar cómo los presos de cada vagón elegían espontáneamente a una persona para alzarla hasta el respiradero con el fin de que fuera dando cuenta de lo que desde allí se divisaba. Solían escoger a alguien liviano, aunque despierto, de modo que pudiera ponerse de pie sobre algunos compañeros que con extraordinario esfuerzo le ofrecían sus riñones como tarima. El vagón entero se retorcía con dolorosa y agotadora contorsión para facilitar a los oteadores el acceso a la mirilla. Los presos necesitaban saber dónde estaban, adónde les conducían, qué tierras cruzaba el tren, qué gentes las habitaban. Para averiguarlo estaban dispuestos a los mayores sacrificios.

    »Pero no todos reaccionaban igual: cuentan también que unos pocos presos se mostraban escépticos y rehusaban colaborar. «¿Qué se me da a mí en dónde estemos, si me cabe la certeza de que voy camino del matadero?», decían crudamente. Ponían toda clase de inconvenientes en colaborar, y luego se negaban escuchar y aun hacían burla imitando a los oteadores. Pero incluso los más escépticos atendían disimuladamente cuando los oteadores sabían explicar lo que veían. Porque, como es natural, no todos los elegidos servían para la tarea y había que cambiarlos de vez en cuando. Incluso a menudo.

    »Las primeras veces que los oteadores se alzaban hasta la ventanilla, no tenían fuerzas para hablar. Llevaban quizás cuatro o cinco días a oscuras, asfixiados por el hedor, aplastados por sus compañeros, y de pronto se elevaban y veían la luz del sol, o de la luna, o un perro, o un río. Balbucían algunas palabras y luego se ahogaban en sollozos, o caían en un mutismo seco. Sus compañeros solían mostrarse comprensivos y les daban un tiempo para reponerse e intentarlo de nuevo. Algunos, con el aplomo que da la experiencia, iban adquiriendo cierto control sobre sí mismos. Otros no podían resistir la tensión y se negaban a seguir haciendo de oteadores pues, según decían, para soportar el horror es mejor no ver nada, y hacer como si sólo hubiera un mundo, el de los condenados a muerte.

    »También sucedía que ciertos vigías decepcionaban a los condenados porque sus relatos eran demasiado minuciosos, exactos y científicos. «Veo una estación de ferrocarril con dos puertas laterales y una central con trampilla de madera y herrajes de latón, seguramente atornillados; hay en el andén un hombre de uniforme de unos cincuenta y dos años de edad, con gafas de alambre y una pipa apagada. A la derecha hay un hangar de doce por quince…», decían estos malos vigías, y sus compañeros aceptaban la información pero los sustituían de inmediato por otros no tan rigurosos.

    »No decepcionaban menos los distraídos, aquellos que daban una visión dispersa, inconexa, improvisada, y sin orden ni concierto del panorama: ahora una nube en forma de Afrodita o una bandada de pájaros, luego una pareja de burgueses que parecen amarse, ¿o son dos soldados discutiendo?; también irritaban quienes lo interpretaban todo desde sus impresiones personales, como que a ellos les parecía demasiado verde una planta o muy sucio un leñador… Ni la ciencia ni la inocencia, ni la verdad objetiva ni la expresión subjetiva les eran de ninguna ayuda a los condenados.

    »Los oteadores más apreciados eran aquellos que referían con acierto la existencia de un mundo verdadero, libre de la tortura y del horror, un mundo luminoso pero atado al mundo de los condenados por signos indescifrables. «Algunas mujeres de este pueblo se han reunido a la estación, en el abrevadero público, y están allí apiñadas mirando nuestros vagones con disimulo. Veo que una de ellas, con un crío en los brazos, le señala nuestro vagón, justamente, así que voy a sacar la mano por la mirilla», decía, por ejemplo, uno de los oteadores más apreciado por los presos. Sus compañeros podían pensar entonces que aquella mujer con el niño vería la mano, o algunos dedos de la mano, agitándose desde la mirilla, y que quizás así la mujer se convencería de que había gente muriendo en los vagones. Gente con manos, indudablemente. Y guardaría memoria de ello y algún día lo contaría a sus nietos: «Yo vi a los judíos pasar por la estación del pueblo y uno de ellos me agitó la mano, como saludando, desde uno de los vagones». Así parecía redimirse una parte del dolor aunque sólo fuera de un modo muy ideal.

    »En los buenos relatos, los presos tenían la certeza de que algo circulaba de los unos a los otros, de los condenados a los libres, del mundo de la muerte al mundo de la vida. Un signo indescifrable, como el rayo que desciende del cielo ilumina la noche un instante, ponía en relación dos universos que se desconocían mutuamente. Y a los presos les era indiferente que de verdad el oteador hubiera sacado la mano o que la mujer la hubiera visto, pues lo esencial para ellos era sentirse partícipes del mundo de los vivos y pertenecientes al mismo, aunque sólo fuera por unos segundos.

    »El oteador de los vagones cargados de condenados era el único que tenía, no ya fe, sino constancia de la existencia de otro mundo en el que las leyes permitían vivir a la luz del sol. La vida de los condenados hacinados en el vagón era espantosa, pero si el mundo de los vivos era verosímil, entonces la vida del vagón se convertía en una ficción resultante del juego de otras leyes que condenaban a vivir en el horror, sin culpa alguna ni haber sido acusados de nada. Se mantenía ese modo la esperanza de que el horror tuviera un final.

    »Mientras el oteador era capaz de mantener la veracidad del relato, mientras lograba convencer a sus oyentes acerca de la realidad del mundo luminoso, entonces el mundo del horror permanecía como la otra ficción. La realidad del mundo luminoso y la realidad del mundo de la muerte se sostenían la una a la otra como ficciones mutuas, y nadie podía demostrar el triunfo de la una sobre la otra.

    »Sólo cuando las leyes del mundo de la muerte y las del mundo de la vida coinciden, sólo entonces la tarea del oteador carece de sentido y es inútil porque nadie le necesita. Pero cuando eso sucede, como en nuestros días posiblemente suceda, no sabemos si la indiferencia hacia oteadores, cronistas y vigías es el resultado de la victoria del mundo luminoso (es decir, del permanente desvelamiento de lo viviente) o el triunfo del escepticismo y la resignación de los condenados.

    »Debe prestarse atención al hecho de que ningún vigía consideró nunca su tarea como una opción personal y libre, movido por su genialidad. Sabían que su tarea no les pertenecía, sino que era el fruto de un pacto colectivo. El conjunto entero de presos, en el vagón, era la fuerza que soportaba al vigía, y el grupo entero era el que aceptaba o rechazaba sus observaciones. Las visiones y relatos no eran, por lo tanto, el fruto de su carácter o la expresión de su espíritu, sino una relación efímera e instantánea, un acuerdo compartido por unos cuantos, por muchos o por todos, sobre la verdad de lo que aparece en cada momento.

    »Añadamos, para concluir, un último punto de gran relevancia en nuestros días. A pesar de que las relaciones entre los condenados y los oteadores llegaron a ser muy densas e incluso en algún vagón casi institucionales, ni uno solo de los oteadores olvidó a cuál de los dos mundos pertenecía, aunque conociera dos mundos igualmente reales y verosímiles. En ninguna de las memorias y diarios que he podido leer aparece jamás un oteador que exigiera ser mantenido por la comunidad de presos».

     

    Bibliografía:

    L. Poliakov, Auschwitz, Julliard, 1964
    W. L. Shirer, The rise and Fall of the Third Reich, Pan Books, 1964.
    S. Laks, Mélodies d’Auschwitz, Cerf, 1991.
    A. Speer, Memorias, El Acantilado, 2001.

    Félix de Azúa, Diccionario de las artes (Anagrama), pp. 63-68. 

  • Un golpe en la puerta

    De mi primera época de lector de ciencia ficción recuerdo un célebre cuento ultracorto de Fredric Brown que decía así:

    Después de la última guerra atómica, la Tierra estaba muerta; nada crecía, nada vivía.
    El último hombre estaba solo, sentado en una habitación. Alguien llamó a la puerta.

    Años después, me encontré este otro, de Thomas Bailey Aldrich, Sola y su alma:

    Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

    Se supone que el de Brown es de 1951; el de Aldrich, de 1912. Resulta obvio que por debajo de estas dos historias hay una tercera que yo desconozco. Sigo sin tener prisa; esperaré a que algún día llame a mi puerta.

    [Aunque entretanto yo tengo mi hipótesis: sospecho que el primer cuento nunca ha existido y que lo han escrito el azar y los años, aunque se pueda hallar el texto inglés en Internet: http://www.gwillick.com/Spacelight/brown.html
    y yo leyera varias veces, en su día, la traducción castellana (de hecho, la he escrito ahora de memoria, porque por Internet —o entre mis libros— no se encuentra). Sin embargo, bajo esa forma es rarísimo. La abundante es otra versión más breve y mucho más sosa, y también, empiezo a creer, más verdadera.

    Por otro lado, mucho me temo que tampoco el segundo cuento exista. Ominosamente, aparece en la famosa Antología de la literatura fantástica de Borges, Casares y Ocampo, con lo que hay que temerse lo peor. O lo mejor, según se aprecien las bromas literarias.]

  • «Había en ese patio

    un hombre muy viejo: me saludó, pero yo me apercibí demasiado tarde. La música recomenzó y yo me decía: «Con tal que vuelva a mirarme!». Era un peregrino, no era de aquí. Me pareció que me tenía simpatía. Se acabó la música. Yo estaba como en éxtasis. El hombre se dio vuelta, me dirigió una mirada y salió. En su mirada había algo especial para mí. Todavía no sé qué quiso decirme. Algo importante, esencial. Nos miró a a mí y a mi destino, con una especie de consentimiento y de regocijo, pero con un dejo de compasión, casi de piedad, y se fue, y todavía me pregunto lo que todo eso quiere decir».

    Henri Michaux, Un bárbaro en Asia (Orbis). Traducción de Jorge Luis Borges.

  • Sucessus textor amat

    Al hilo del post anterior, hablaba con Ike en los comentarios acerca de que quizá sea esta la primera vez que el común de la gente va a dejar detrás de sí recuerdo escrito de su existencia. No una persona señalada —un escriba, un grabador, un pensador, un monje—, sino la gente misma. Si la Historia comienza con la aparición de la escritura, entonces podría decirse que de algún modo es ahora, con Internet, cuando los individuos empezamos a entrar en la Historia (y si eso suena emocionante, aclaro que se trata de un efecto indeseado).

    Todo ello es verdad de modo genérico, ya que, en cambio, ha habido infinidad de casos particulares en los que individuos del común han dejado escritas huellas de su paso por el mundo. Mientras escribía a Ike me vino a la cabeza una inscripción que me hicieron traducir hace mucho tiempo en una clase de latín vulgar. Se trata de un grafiti en una pared de la ciudad de Pompeya, que dice:

    Sucessus textor amat coponiaes ancilla,
    nomine Hiredem, quae quidem illum
    non curat, sed ille rogat, illa comiseretur.

    «El tejedor Suceso ama a Hiredes, la criada de la tabernera, que no le hace caso; pero él le ruega, y ella se apiada».
    Es una historia muy antigua y, por lo que sabemos, termina bien. Lleva dos mil años en aquel muro, pero podrían haberla escrito esta mañana.

    Juan Avellana estuvo aquí»]

  • All of me

    En una esquina de un trasbordo muy largo entre dos paradas del metro de Madrid se ponía un hombre con un saxo que tocaba All of me con una perseverancia maníaca: al menos, yo nunca lo vi tocar otra cosa. La música reberberaba tan fuerte en aquel recodo de techo bajo que podías cruzar los quince metros de corredor cantándola a voz en grito sin que nadie se diese cuenta:

    All of me
    Why not take all of me

    Debe de ser la canción triste más alegre del mundo. Quince metros de luz todos los días en un pasillo bajo tierra:

    You took the part
    That once was my heart
    So why not take all of me

    El hombre hace tiempo que ha desaparecido. Si mi vida fuese una comedia con final feliz, un día volvería a encontrármelo tocando Muskrat Rumble; entonces yo cogería un banjo y me sentaría a tocar a su lado para siempre.

  • Definiciones

    El diccionario de la Real Academia —como casi toda obra humana colectiva, por otra parte— es capaz de estupideces y maravillas. Esta entrada me parece deliciosa:

    amarillo: (…)
    10. m. Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla.

    Cualquiera sabe lo que es una feminela. Si no, se mira en el diccionario:

    feminela.1. f. Mil. Pedazo de zalea que cubre el zoquete de la lanada.

    Ha quedado todo claro, espero.

    Y una pena es la ausencia de redamar, este verbo: ‘corresponder al amor con el amor’ (Casares, p. 712). Invertárselo quizá hubiera sido una práctica inescrupulosa, pero ¡existiendo!, qué les cuesta ponerlo. (Sí, reamar viene…, pero no es lo mismo).

  • «Gratitud

    Gracias aroma
    azul,
    fogata
    encelo.

    Gracias pelo
    caballo
    mandarino.

    Gracias pudor
    turquesa
    embrujo
    vela,
    llamarada
    quietud
    azar
    delirio.

    Gracias a los racimos
    a la tarde,
    a la sed
    al fervor
    a las arrugas,
    al silencio
    a los senos
    a la noche,
    a la danza
    a la lumbre
    a la espesura.

    Muchas gracias al humo
    A los microbios,
    al despertar
    al cuerno
    a la belleza,
    a la esponja
    a la duda
    a la semilla,
    a la sangre
    a los toros
    a la siesta.

    Gracias por la ebriedad,
    por vagancia,
    por el aire
    la piel
    las alamedas,
    por el absurdo de hoy
    y de mañana,
    desazón
    avidez
    calma
    alegría,
    nostalgia
    desamor
    ceniza
    llanto.

    Gracias a lo que nace,
    a lo que muere,
    a las uñas
    las alas
    las hormigas,
    los reflejos
    el viento
    la rompiente,
    el olvido
    los granos
    la locura.

    Muchas gracias gusano.
    Gracias huevo.
    Gracias fango,
    sonido.
    Gracias piedra.
    Muchas gracias por todo.
    Muchas gracias.

    Oliverio Girondo,
    Agradecido.

     

    Oliverio Girondo, en Persuasión de los días.
    [Gracias a http://www.poeticas.com.ar/Directorio/
    Poetas_miembros/Oliverio_Girondo.html
    , donde hay más poemas, y no solo de Girondo.]

  • Fantasmas

    En las noches inquietas, cuando doy vueltas en la oscuridad sin alcanzar el sueño, siempre se me viene a la cabeza aquel verso de Goytisolo: «y el viento en el postigo recita tus mentiras». No me extraña; los fantasmas de mi casa son mis promesas incumplidas.

    [José Agustín Goytisolo: de «Non Non», en Palabras para Julia (Lumen).]

  • «Poema

    Tal vez en el principio
    el tiempo y lo visible,
    inseparables hacedores de la distancia,
    llegaron juntos
    borrachos
    golpeando la puerta
    justo antes de amanecer.
    Con las primeras luces pasó su embriaguez,
    y tras contemplar el día,
    hablaron
    de la lejanía, del pasado, de lo invisible.
    Hablaron de los horizontes
    que rodean todo
    lo que todavía no ha desaparecido.

    John Berger, en Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible (Árdora). Traducción: Pilar Vázquez.

  • Diciembre

    Esfera de cristal diciembre,
    hasta un susurro
    la empaña.

    José Jiménez Lozano, Elegías menores (Pre-Textos).