Categoría: Diarios

  • Cruce

    Juan volvía del trabajo en el tren de cercanías, de pie junto a la puerta del vagón. En una estación subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba hablándoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adoptó la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.

    Todos los pasajeros dentro del vagón miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.

    Cuando era niño, un chaval mayor cogió a Juan, en el barrio, y se empeñó en enseñarle a boxear. Decía que tenía cualidades. Le enseñaba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le enseñaba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callejón sin salida, junto a una tapia cubierta de verdín, y allí practicaban hasta que se iba la luz. Juan quería ser amable, pero se aburría muchísimo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurrió subirse a la tapia y se cayó desde lo alto. Llovía y se resbaló. Se pasó mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sintió mejor, se levantó y se fue para casa, y consiguió pasar sin decirle nada a su tía.

    El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresión de ser hombres mayores. Parecía un inocentón, un niño grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna razón a Juan le repugnó.

    Se apeó en la siguiente estación, sin volverse a mirar, alejándose camino de su casa. Luego, mientras hacía la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su niñez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvió a sentir que su vida era una colección de traiciones. Se encogió de hombros, a solas.

  • Blogobot

    He andado por ahí los últimos diez días, de vacaciones. Algunas de esas cosas que he visto o que he hecho acabarán saliendo aquí. El bloguero es un autómata de un proyecto de digitalización a quien se le ha asignado para volcarla en la red una parcela de realidad analógica.

    Así que en los días que vendrán hablaré de un número indeterminado de olas, de un viejecillo con un pañuelo en la cabeza, una roca marina en forma de camello, una ciudad polvorienta y luminosa, pájaros, bares de barrio. Mi lote de realidad, como el que vuelca un capacho lleno de uvas, en la vendimia.

  • De vuelta en casa

    Vosotros, los que visitáis esta página: la mejor noticia de los días de diario.

  • Carta de Praga

    Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.

    Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.

    Claro, algún día iremos juntos, seguro.

  • En Europa

    Mi amiga y yo hace mucho que no nos vemos, porque ella vive en una pequeña ciudad de Centroeuropa y yo vivo en Madrid. Sin embargo, nos mantenemos al tanto de nuestras vidas a través del correo; así sé que uno de estos días está por dar a luz a su primer hijo, si no acaba de hacerlo o lo está haciendo ahora. He tenido que esforzar de veras la memoria para recuperar de entre los viejos libros estas palabras que ya le copié otra vez. Esto sucedió en un tiempo lejano, cuando ella acababa de cumplir los veintiuno y una tarde me enseñó a hacer con una amapola la figura de una bailarina:

    Antes de florecer, el cáliz verde de la amapola es duro como la cáscara de una almendra. Un día esta cáscara se abre. Tres trozos verdes caen al suelo. No es un hacha lo que la abre, simplemente una bola retorcida de pétalos finos como membranas y arrugados como trapos. A medida que se van desarrugando, el color de los trapos cambia del rosa neonatal al escarlata más chillón que se puede encontrar en los campos. Es como si la fuerza que abre el cáliz fuera la necesidad de este rojo de hacerse visible y de ser visto.

    Lo escribió John Berger al comienzo del cuento que en español da título al libro, Una vez en Europa.

    Las palabras y los actos encierran varios sentidos verdaderos, aunque a veces nos lleva tiempo verlos completos.

    Ahora las palabras de Berger resplandecen con una luz inusitada, como nuestras vidas.

    Esta es tu casa. Bienvenido.

  • Carta de agosto

    He comido ensalada de garbanzos y pimientos verdes, como te vi hacerla un día.

    A veces imagino que estoy sumergido en una playa de poco fondo y de arena clara, como un vaso transparente. Hay plantas submarinas.

    La gente se echa a andar por la calzada.

    Ayer, a las cuatro o las cinco de la tarde, la luz destellaba. En la puerta del supermercado, a la sombra, una mendiga se había quedado dormida con su niño dormido también, sobre el regazo. El viento caliente le agitaba el pelo y hacía rodar el vaso de plástico por el escalón de la entrada, dibujando círculos. La calle estaba en silencio.

    Duermo con la ventana abierta. Anoche pasé frío. Vienen a la cama todos los ruidos de la noche de la ciudad, pero voy entrando en el sueño y oigo fantasmas de ciudades imaginarias, o de otro tiempo.

    Me paso el día solo.

    Había un hombre delgado, planchado, con camisa de cuadritos azules y el aire de un tonto de pueblo. Esperaba ante el semáforo con pulcritud. Llevaba un pajarito verde y blanco posado en la nuca, sobre el cuello de la camisa.

    He fregado las baldosas blancas, así que ahora puedo andar descalzo.

    Te mando recuerdos.

  • Saber y cuándo II

    Rebuscando entre las cosas de Avellana mientras él estaba de viaje, en el fondo de un arcón me encontré un tablero de ouija decorado a mano y un vasito de cristal, tapados por una alfombra antigua.

    Funcionaba. Meticuloso como un metrónomo, el vaso me fue reportando sobre el tablero los resultados consecutivos de las bolas que se lanzaron en la ruleta de la mesa 9 del casino de Montecarlo la noche del 13 al 14 de febrero de 1927, desde su apertura hasta la hora de cierre: 7, 18, 21, 0, 36, 8, 11, 13, 33, 1, 14, 31, 20, 20, 10, 23, 3, 12…; algo menos de cien bolas.

    Aquella noche dormí inquieto por causa del asombro. Los días siguientes comprobé que el tablero era capaz de proporcionarme el registro exacto de docenas de partidas de fechas distintas; sin embargo, mi entusiasmo se disipó según fui entendiendo que nunca me adelantaría la de un día por venir.

    La desilusión que siguió tenía que ver conmigo mismo, sobre todo; con la decepción de descubrir ese elemento espurio, el afán de manipulación de la realidad, en lugar del interés abstracto por el conocimiento.

    Por último me dediqué a charlar con el espíritu de otros temas; pero fuera de su campo de especialización, su conversación era tan errática y morosa como la de todos los ouijas, o, por lo demás, la de bastantes encuentros casuales con personas vivas. Al verme decaído, él me propuso pasar a las cotizaciones del mercado del algodón y lino, con las que también sabía desenvolverse, pero conociéndolo a estas alturas, me temí lo peor.

    Ahora he cambiado de opinión sobre el caso, en cierto modo; me tienta creer que quizá, a fin de cuentas, todo conocimiento se refiera al porvenir, y que quizá, en última instancia, todo saber verdadero sea una destreza.

    Cuando faltaban aún un par de días para que volviese Avellana lo devolví todo al fondo del arcón. Tras cerrar la tapa caí en la cuenta de que el tablero debe de ser uno de esos trastos suyos que Avellana llama artefactos metafóricos. Se lo preguntaría, pero no me apetece decirle que he estado enredando entre sus cosas.

    [Saber y cuándo I]

  • Dirección y sentido

    Esta mañana el tren se demoró mientras me llevaba hacia el trabajo y acabé dando paseos por la plataforma, inquieto; por la tarde, a la vuelta, sucedió lo mismo, pero entonces aproveché para leer a gusto. En un momento dado, cerré el libro, saqué una libreta y lo anoté: «Tengo prisa por llegar a donde no quiero ir y no me importa el retraso para llegar a donde deseo».

    Hace un momento lo he releído y me ha dado la impresión de que no soy el único que vive con esas paradojas.

  • Una explicación (por qué «un blog literario»)

    A veces me han preguntado si lo que cuento en esta página es verdad o no. Como respuesta, he colocado ahí lo de literario, para evitar la pregunta, ya que todo el mundo sabe que la verdad, en literatura, es una condición de llegada, no de partida. La verdad es un resultado del texto, si es que se da.

    O sea, que lo literario es el método, no el tema. Este no es un blog sobre literatura, sino por medio de la escritura literaria, de igual modo que un fotoblog utiliza la fotografía como medio de expresión.

    Trato de hacer lo que cualquier otro bloguero: contar mis cosas. Y he escogido la escritura literaria porque es mi manera de contar las cosas con más verdad. Porque yo no quiero contar lo que las cosas son en su materialidad observable, sino lo que las cosas me son. Y porque a mí la vida se me presenta de una vez, como un acorde.

    Uno se levanta un sábado por la mañana desorientado y tarde, la habitación a oscuras; levanta la persiana, abre los cristales y le da en la cara una mañana azul de sol de primavera, un día tal como hoy, 10 de abril. Cuando se disponga a escribirlo sobre un texto, ¿cómo lo escribirá sin mentir? La escritura es consecutiva y la experiencia de la realidad no; el hombre que escribe no tiene más remedio que despiezar el momento (el sol, el olor, la luz del día, el viento fresco, los sonidos de la ciudad) e ir alineando esas piececitas con cuidado una detrás de otra, como el que desmonta un motor para limpiarlo.

    La literatura es un modo de hacer polifónico el relato.

    Es corriente pensar que la escritura literaria es una especie de tempura difuminada con que se envuelve una cosa para que quede más bonita. Así te preguntan qué significa, como diciendo: «Anda, Juan, quítale el rebozado, hazme el favor». Yo creo que la literatura no consiste en decir de modo vago unas cosas precisas, sino, al contrario, decir exactamente unas cosas indeterminadas.

    Por eso —y porque disfruto— he escogido hacer un blog literario, porque es mi manera de contar la verdad de mis cosas. Por supuesto, tampoco es obligatorio escribir la verdad; ni la literal, ni la literaria. Es otra elección mía.

    Me gustaría que os gustase mi blog.

    Juan Avellana

  • Primeros de marzo

    Qué días tan raros. Un soplo de aire y caen copos, o pétalos.