Categoría: Diarios

  • En Europa

    Mi amiga y yo hace mucho que no nos vemos, porque ella vive en una pequeña ciudad de Centroeuropa y yo vivo en Madrid. Sin embargo, nos mantenemos al tanto de nuestras vidas a través del correo; así sé que uno de estos días está por dar a luz a su primer hijo, si no acaba de hacerlo o lo está haciendo ahora. He tenido que esforzar de veras la memoria para recuperar de entre los viejos libros estas palabras que ya le copié otra vez. Esto sucedió en un tiempo lejano, cuando ella acababa de cumplir los veintiuno y una tarde me enseñó a hacer con una amapola la figura de una bailarina:

    Antes de florecer, el cáliz verde de la amapola es duro como la cáscara de una almendra. Un día esta cáscara se abre. Tres trozos verdes caen al suelo. No es un hacha lo que la abre, simplemente una bola retorcida de pétalos finos como membranas y arrugados como trapos. A medida que se van desarrugando, el color de los trapos cambia del rosa neonatal al escarlata más chillón que se puede encontrar en los campos. Es como si la fuerza que abre el cáliz fuera la necesidad de este rojo de hacerse visible y de ser visto.

    Lo escribió John Berger al comienzo del cuento que en español da título al libro, Una vez en Europa.

    Las palabras y los actos encierran varios sentidos verdaderos, aunque a veces nos lleva tiempo verlos completos.

    Ahora las palabras de Berger resplandecen con una luz inusitada, como nuestras vidas.

    Esta es tu casa. Bienvenido.

  • Carta de agosto

    He comido ensalada de garbanzos y pimientos verdes, como te vi hacerla un día.

    A veces imagino que estoy sumergido en una playa de poco fondo y de arena clara, como un vaso transparente. Hay plantas submarinas.

    La gente se echa a andar por la calzada.

    Ayer, a las cuatro o las cinco de la tarde, la luz destellaba. En la puerta del supermercado, a la sombra, una mendiga se había quedado dormida con su niño dormido también, sobre el regazo. El viento caliente le agitaba el pelo y hacía rodar el vaso de plástico por el escalón de la entrada, dibujando círculos. La calle estaba en silencio.

    Duermo con la ventana abierta. Anoche pasé frío. Vienen a la cama todos los ruidos de la noche de la ciudad, pero voy entrando en el sueño y oigo fantasmas de ciudades imaginarias, o de otro tiempo.

    Me paso el día solo.

    Había un hombre delgado, planchado, con camisa de cuadritos azules y el aire de un tonto de pueblo. Esperaba ante el semáforo con pulcritud. Llevaba un pajarito verde y blanco posado en la nuca, sobre el cuello de la camisa.

    He fregado las baldosas blancas, así que ahora puedo andar descalzo.

    Te mando recuerdos.

  • Saber y cuándo II

    Rebuscando entre las cosas de Avellana mientras él estaba de viaje, en el fondo de un arcón me encontré un tablero de ouija decorado a mano y un vasito de cristal, tapados por una alfombra antigua.

    Funcionaba. Meticuloso como un metrónomo, el vaso me fue reportando sobre el tablero los resultados consecutivos de las bolas que se lanzaron en la ruleta de la mesa 9 del casino de Montecarlo la noche del 13 al 14 de febrero de 1927, desde su apertura hasta la hora de cierre: 7, 18, 21, 0, 36, 8, 11, 13, 33, 1, 14, 31, 20, 20, 10, 23, 3, 12…; algo menos de cien bolas.

    Aquella noche dormí inquieto por causa del asombro. Los días siguientes comprobé que el tablero era capaz de proporcionarme el registro exacto de docenas de partidas de fechas distintas; sin embargo, mi entusiasmo se disipó según fui entendiendo que nunca me adelantaría la de un día por venir.

    La desilusión que siguió tenía que ver conmigo mismo, sobre todo; con la decepción de descubrir ese elemento espurio, el afán de manipulación de la realidad, en lugar del interés abstracto por el conocimiento.

    Por último me dediqué a charlar con el espíritu de otros temas; pero fuera de su campo de especialización, su conversación era tan errática y morosa como la de todos los ouijas, o, por lo demás, la de bastantes encuentros casuales con personas vivas. Al verme decaído, él me propuso pasar a las cotizaciones del mercado del algodón y lino, con las que también sabía desenvolverse, pero conociéndolo a estas alturas, me temí lo peor.

    Ahora he cambiado de opinión sobre el caso, en cierto modo; me tienta creer que quizá, a fin de cuentas, todo conocimiento se refiera al porvenir, y que quizá, en última instancia, todo saber verdadero sea una destreza.

    Cuando faltaban aún un par de días para que volviese Avellana lo devolví todo al fondo del arcón. Tras cerrar la tapa caí en la cuenta de que el tablero debe de ser uno de esos trastos suyos que Avellana llama artefactos metafóricos. Se lo preguntaría, pero no me apetece decirle que he estado enredando entre sus cosas.

    [Saber y cuándo I]

  • Dirección y sentido

    Esta mañana el tren se demoró mientras me llevaba hacia el trabajo y acabé dando paseos por la plataforma, inquieto; por la tarde, a la vuelta, sucedió lo mismo, pero entonces aproveché para leer a gusto. En un momento dado, cerré el libro, saqué una libreta y lo anoté: «Tengo prisa por llegar a donde no quiero ir y no me importa el retraso para llegar a donde deseo».

    Hace un momento lo he releído y me ha dado la impresión de que no soy el único que vive con esas paradojas.

  • Una explicación (por qué «un blog literario»)

    A veces me han preguntado si lo que cuento en esta página es verdad o no. Como respuesta, he colocado ahí lo de literario, para evitar la pregunta, ya que todo el mundo sabe que la verdad, en literatura, es una condición de llegada, no de partida. La verdad es un resultado del texto, si es que se da.

    O sea, que lo literario es el método, no el tema. Este no es un blog sobre literatura, sino por medio de la escritura literaria, de igual modo que un fotoblog utiliza la fotografía como medio de expresión.

    Trato de hacer lo que cualquier otro bloguero: contar mis cosas. Y he escogido la escritura literaria porque es mi manera de contar las cosas con más verdad. Porque yo no quiero contar lo que las cosas son en su materialidad observable, sino lo que las cosas me son. Y porque a mí la vida se me presenta de una vez, como un acorde.

    Uno se levanta un sábado por la mañana desorientado y tarde, la habitación a oscuras; levanta la persiana, abre los cristales y le da en la cara una mañana azul de sol de primavera, un día tal como hoy, 10 de abril. Cuando se disponga a escribirlo sobre un texto, ¿cómo lo escribirá sin mentir? La escritura es consecutiva y la experiencia de la realidad no; el hombre que escribe no tiene más remedio que despiezar el momento (el sol, el olor, la luz del día, el viento fresco, los sonidos de la ciudad) e ir alineando esas piececitas con cuidado una detrás de otra, como el que desmonta un motor para limpiarlo.

    La literatura es un modo de hacer polifónico el relato.

    Es corriente pensar que la escritura literaria es una especie de tempura difuminada con que se envuelve una cosa para que quede más bonita. Así te preguntan qué significa, como diciendo: «Anda, Juan, quítale el rebozado, hazme el favor». Yo creo que la literatura no consiste en decir de modo vago unas cosas precisas, sino, al contrario, decir exactamente unas cosas indeterminadas.

    Por eso —y porque disfruto— he escogido hacer un blog literario, porque es mi manera de contar la verdad de mis cosas. Por supuesto, tampoco es obligatorio escribir la verdad; ni la literal, ni la literaria. Es otra elección mía.

    Me gustaría que os gustase mi blog.

    Juan Avellana

  • Primeros de marzo

    Qué días tan raros. Un soplo de aire y caen copos, o pétalos.

  • Fantasmas

    En las noches inquietas, cuando doy vueltas en la oscuridad sin alcanzar el sueño, siempre se me viene a la cabeza aquel verso de Goytisolo: «y el viento en el postigo recita tus mentiras». No me extraña; los fantasmas de mi casa son mis promesas incumplidas.

    [José Agustín Goytisolo: de «Non Non», en Palabras para Julia (Lumen).]

  • Pescador

    Me llama Blaise en un comentario «marin en terre», pero la verdad es que me queda grande. Para empezar, yo me mareo como un perro.

    Aunque no es la primera vez; en mi barrio, con diecisiete o dieciocho años, solían confundirme con un pescador: alguno de mi edad que debía de parecérseme tanto como para que sus conocidos se dirigiesen a mí en plena calle, o para que insistieran en invitarme en los bares. Acabé acostumbrándome, y respondía con mucha soltura. Me hacía gracia. Una vez engañé a unas muchachitas preciosas, pero por nada a cambio; solo porque me dio pena desilusionarlas.

    No sabía quién era el otro o qué aspecto tenía. Tampoco hice mucho por resolver el misterio, porque me imaginaba que acabaría cruzándomelo por el barrio, que no era tan grande. Pero nunca lo vi. O sí; igual nos miramos un día en medio de la calle y fuimos los únicos en no reconocernos.

    A partir de entonces, los dos habremos trabajado de madrugada hasta el alba y pasado mucho tiempo fuera de casa; los dos habremos tenido en algún momento a una novia muy lejos. Por lo demás, él se habrá llevado la incertidumbre, el frío, el olor del gasóleo, el carácter supersticioso y la costumbre del silencio. Yo los libros y la lengua, las dioptrías, los autocares nocturnos, las historias tejidas de palabras y esta otra red. No sé. Me gustaría encontrármelo un día. Le preguntaría si ha valido la pena.

  • Marina II

    Nací junto al mar, y él me prendió entonces con un sedal muy largo. Me fui. Cuando él quiera, cobrará el hilo, y yo desharé todo lo andado.

  • Relaciones

    Leyendo un artículo estupendo de Sergi Pàmies sobre el verano en El País de ayer («Lo que queda de España»), se me ha venido a la memoria aquello que dice el físico Lee Smolin de que en el nivel fundamental las cosas no tienen propiedades intrínsecas, sino que las propiedades son relaciones entre las cosas.

    Mi verano, este verano, consistiría en un dibujo formado por líneas tiradas entre estas cosas: la playa, el tacto de unas piedras, Langre, el color verde, un sudor inagotable, melón, chopitos, un jazmín prestado, un niño que aún no habla, el planeta Marte, los viajes en el metro con la mujer de blanco, mi terraza, la casa de Chillida, la fiebre, madrugadas de bitácoras, dieciséis canciones de Strauss, los filósofos naturalistas, etcétera.

    Cada uno puede hacer su lista, es decir, su dibujo.

    [“Indeed, for me the most important idea behind the developments of twentieth-century physics and cosmology is that things don´t have intrinsic properties at the fundamental level; all properties are about relations between things”:
    https://www.edge.org/documents/ThirdCulture/z-Ch.17.html
    What is the future of cosmology?: http://www.flash.net/~csmith0/future.htm]