Categoría: Diarios

  • La fidelidad de la memoria

    Es verdad que la memoria descarta los matices, y al final lo que fue en la vida acaba siendo otra cosa en el recuerdo. La memoria diluye los detalles de los amores, por ejemplo, y tiende a resumirlos en un par de líneas que no se corresponden con el recorrido anfractuoso de cualquier relación.

    Sin embargo, la memoria no es un corrosivo indiferente. Por seguir con el mismo ejemplo, de una novia he acabado recordando solamente las cosas malas, mientras que de otra al cabo de los años solo me quedan las cosas buenas. Un mismo modo de operar concluye en una diferencia enorme.

    Así que no sé qué pensar, me digo esta mañana: si el recuerdo es un cuento mentiroso o bien una verdad muy resumida.

  • Marcas

    A la entrada de la bahía, en mi ciudad, ha habido siempre una gran roca balizada con un vano en el centro, como el ojo de un puente, que la hacía parecer un arco emergido en medio de las aguas. La Horadada. Era rara y salía en las leyendas. Uno de los temporales terribles de la semana pasada la desmoronó por la mitad, y ahora es una sola roca coronada por el fanal de la baliza. Lo que ha sido durante miles de años, un día laborable ya no es. A la ciudad, ese animal tan lento, le cuesta comprenderlo.

    El paso de unas épocas a otras no vendrá nunca indicado por una raya en el tiempo. Yo me lo imagino más bien semejante al terminador, esa línea astronómica que separa la noche del día. Es nítida desde muy lejos, circunda el globo de la Tierra; a ras de suelo, en cambio, lo que sucede es una media luz o una penumbra, y una imperceptible transición al otro lado. Del paso de las épocas la persona simple, la que anda los caminos, a lo sumo verá marcas, testigos, señales.

    Curioseando, he llegado a un buscador de torrents, Yotoshi, y le he preguntado por una canción. La página, antes de seguir adelante, me ha pedido con formalidad una prueba de mi condición de humano: «Por favor, verifique que usted sea un ser humano escribiendo los caracteres mostrados en la caja abajo».

    Soy un ser humano. Es verdad; hubiera podido no serlo. Cambiemos las antiguas listas: hombre, animal, planta o máquina, ¿qué eres?

     

    [Una captura de la página de Yotoshi:]

    [Sección Spanien de una página estupenda con postales antiguas (y otra iconografía) de faros, donde sale La Horadada como era hace mucho: http://home.arcor.de/klaus.huelse/HTML/ESPK/ES.HTM]

  • Navidades

    El mar de invierno amenaza y cruje como si fuese a desgoznar las rocas y la playa. La ciudad donde crecí —la distancia y la costumbre— se me ha ido volviendo un lugar extraño. Pero me bajo hasta la orilla y ahí está el mar, bufando espuma. Y las olas tienen ese preciso verdegrís, reconocible, ese color exacto como la voz de un padre.

  • Regret

    Todo se ha de marchar, irremediablemente. Y sin embargo, este pesar de que sucede por mi culpa.

  • Circos

    Otra vez está en Madrid el Circo del Sol. Ha pasado aquí el otoño. Yo fui a verlos por primera vez hace cuatro o cinco años, con una amiga, una mujer algo mayor que yo a la que vale la pena conocer. Al salir de la función, anduvimos sin decir palabra durante un rato, felices y asombrados de aquella belleza tan leve. Al final ella habló y acabó con el silencio muy bien. Dijo solamente: «Juan, ¿nos vamos con el circo?». Yo me reí a gusto, porque sabía lo que quería decirme.

    Seguimos callados un buen espacio, hasta que esta vez hablé yo, y le dije: «Pero si tú y yo nos hemos ido detrás de todos los circos que han pasado». Entonces se rió ella también; no le quedó más remedio que reírse de veras.

  • Un post a lápiz

    Unos folios sobre una mesa de cristal vacía y un lapicero Faber-Castell de punta afilada. El grafito rasca sobre el papel blanquísimo estas letras a las que se oye crujir una por una como los pasos de una persona en un campo de nieve.
    Yo había empaquetado el ordenador en último lugar y en el último momento. El hombre de la mudanza me avisó desde su móvil y yo me senté a esperar junto a las cajas. Estallaron las cinco bombas por Madrid y el hombre de la mudanza me llamó de nuevo diciéndome que la ciudad entera era un puro atasco, justo a su lado, que nada, que para mañana.
    Así que aquí estoy, recordando cómo escribía yo hace tanto tiempo, a lápiz, en medio de ese silencio innatural de las habitaciones desnudas.

    No todas las casas en las que he vivido tenían nombre. Esta se llama la Casa de los Pájaros, pero solo la semana pasada he descubierto que mientras yo estaba en el trabajo, por las mañanas, unos pajaritos blancos y negros venían a bañarse en una bandeja de latón llena de agua de riego que hay en la terraza. Sí había visto y oído muchas veces a las urracas, que se paseaban con bastante confianza. Y a las palomas y los gorriones, como es natural.

    La Casa de los Pájaros. Hice fotos de lo que se veía desde la terraza. A ver si un día las traigo.

  • Cruce

    Juan volvía del trabajo en el tren de cercanías, de pie junto a la puerta del vagón. En una estación subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba hablándoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adoptó la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.

    Todos los pasajeros dentro del vagón miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.

    Cuando era niño, un chaval mayor cogió a Juan, en el barrio, y se empeñó en enseñarle a boxear. Decía que tenía cualidades. Le enseñaba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le enseñaba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callejón sin salida, junto a una tapia cubierta de verdín, y allí practicaban hasta que se iba la luz. Juan quería ser amable, pero se aburría muchísimo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurrió subirse a la tapia y se cayó desde lo alto. Llovía y se resbaló. Se pasó mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sintió mejor, se levantó y se fue para casa, y consiguió pasar sin decirle nada a su tía.

    El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresión de ser hombres mayores. Parecía un inocentón, un niño grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna razón a Juan le repugnó.

    Se apeó en la siguiente estación, sin volverse a mirar, alejándose camino de su casa. Luego, mientras hacía la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su niñez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvió a sentir que su vida era una colección de traiciones. Se encogió de hombros, a solas.

  • Blogobot

    He andado por ahí los últimos diez días, de vacaciones. Algunas de esas cosas que he visto o que he hecho acabarán saliendo aquí. El bloguero es un autómata de un proyecto de digitalización a quien se le ha asignado para volcarla en la red una parcela de realidad analógica.

    Así que en los días que vendrán hablaré de un número indeterminado de olas, de un viejecillo con un pañuelo en la cabeza, una roca marina en forma de camello, una ciudad polvorienta y luminosa, pájaros, bares de barrio. Mi lote de realidad, como el que vuelca un capacho lleno de uvas, en la vendimia.

  • De vuelta en casa

    Vosotros, los que visitáis esta página: la mejor noticia de los días de diario.

  • Carta de Praga

    Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.

    Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.

    Claro, algún día iremos juntos, seguro.