Categoría: Diarios

  • Una pausa

    Tiro a la basura papeles y libros. Son cosas que me han acompañado durante mucho tiempo.

    Me siento a tomar un café y me los quedo mirando, esparcidos por el suelo. Se me viene a la cabeza aquel verso de Tolkien: «¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo».

    [«And whither then? I cannot say». http://www.cs.rice.edu/~ssiyer/minstrels/poems/4.html:

     

    The Road goes ever on and on
    Down from the door where it began.
    Now far ahead the Road has gone,
    And I must follow, if I can,
    Pursuing it with eager feet,
    Until it joins some larger way
    Where many paths and errands meet.
    And whither then? I cannot say.

    El camino sigue y sigue
    desde la puerta.
    El camino ha ido muy lejos,
    y si es posible he de seguirlo
    recorriéndolo con pie decidido
    hasta llegar a un camino más ancho
    donde se encuentran senderos y cursos.
    ¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

     

    La traducción al español es de Luis Domènech. Como dice el autor de la página de donde lo he copiado, «while Tolkien needs no introduction, I feel that his poetry deserves a wider audience than Middle Earth fan(atic)s» («aunque Tolkien no necesita presentación, siento que su poesía se merece una audiencia más amplia que la de los fan<ático>s de la Tierra Media»). Absolutamente de acuerdo.]

  • El verano

    Hablo por teléfono con una amiga que está en Granada, de visita. Se ha acercado a ver la casa junto al Darro donde vivió algunos años. Le pregunto qué tal se lo está pasando, qué tiempo hace, cómo ha encontrado la ciudad. Me dice: «Huele a higos, como al final de todos los veranos».

  • Agosto

    En agosto, incluso el corazón más triste y pobre puede dejar que la tarde de verano se derroche en el cielo. Va manando la luz despacio, sin mengua, hasta que se hace oscuro. Por las ventanas abiertas entran las voces del barrio, mitigadas.

  • Unicornio

    Los amores comparten cosas extrañas. Entre ellas, esta mujer y yo tenemos en común un unicornio. Hace años que no nos vemos y de pronto me envía un mensaje al teléfono hablándome del unicornio. Se ha acordado de mí; dice que en su ciudad es una mañana de lluvia.

    Yo, por mi parte, he venido a parar a un barrio del confín y estoy solo, en un bar oscuro con unos hombres brutales, tan cansado. Aunque no es algo que yo vea; a fin de cuentas he metido muchas más horas en bares perdidos que en las bibliotecas o en el teatro.

    Hace sol en Madrid, fuera del bar. Me he comido lo que me han dado. Entonces llega el unicornio irreal, y en la caverna es imposible no verlo como un resplandor fantástico en mitad de la noche. Que es como aparece el unicornio.

  • La fidelidad de la memoria

    Es verdad que la memoria descarta los matices, y al final lo que fue en la vida acaba siendo otra cosa en el recuerdo. La memoria diluye los detalles de los amores, por ejemplo, y tiende a resumirlos en un par de líneas que no se corresponden con el recorrido anfractuoso de cualquier relación.

    Sin embargo, la memoria no es un corrosivo indiferente. Por seguir con el mismo ejemplo, de una novia he acabado recordando solamente las cosas malas, mientras que de otra al cabo de los años solo me quedan las cosas buenas. Un mismo modo de operar concluye en una diferencia enorme.

    Así que no sé qué pensar, me digo esta mañana: si el recuerdo es un cuento mentiroso o bien una verdad muy resumida.

  • Marcas

    A la entrada de la bahía, en mi ciudad, ha habido siempre una gran roca balizada con un vano en el centro, como el ojo de un puente, que la hacía parecer un arco emergido en medio de las aguas. La Horadada. Era rara y salía en las leyendas. Uno de los temporales terribles de la semana pasada la desmoronó por la mitad, y ahora es una sola roca coronada por el fanal de la baliza. Lo que ha sido durante miles de años, un día laborable ya no es. A la ciudad, ese animal tan lento, le cuesta comprenderlo.

    El paso de unas épocas a otras no vendrá nunca indicado por una raya en el tiempo. Yo me lo imagino más bien semejante al terminador, esa línea astronómica que separa la noche del día. Es nítida desde muy lejos, circunda el globo de la Tierra; a ras de suelo, en cambio, lo que sucede es una media luz o una penumbra, y una imperceptible transición al otro lado. Del paso de las épocas la persona simple, la que anda los caminos, a lo sumo verá marcas, testigos, señales.

    Curioseando, he llegado a un buscador de torrents, Yotoshi, y le he preguntado por una canción. La página, antes de seguir adelante, me ha pedido con formalidad una prueba de mi condición de humano: «Por favor, verifique que usted sea un ser humano escribiendo los caracteres mostrados en la caja abajo».

    Soy un ser humano. Es verdad; hubiera podido no serlo. Cambiemos las antiguas listas: hombre, animal, planta o máquina, ¿qué eres?

     

    [Una captura de la página de Yotoshi:]

    [Sección Spanien de una página estupenda con postales antiguas (y otra iconografía) de faros, donde sale La Horadada como era hace mucho: http://home.arcor.de/klaus.huelse/HTML/ESPK/ES.HTM]

  • Navidades

    El mar de invierno amenaza y cruje como si fuese a desgoznar las rocas y la playa. La ciudad donde crecí —la distancia y la costumbre— se me ha ido volviendo un lugar extraño. Pero me bajo hasta la orilla y ahí está el mar, bufando espuma. Y las olas tienen ese preciso verdegrís, reconocible, ese color exacto como la voz de un padre.

  • Regret

    Todo se ha de marchar, irremediablemente. Y sin embargo, este pesar de que sucede por mi culpa.

  • Circos

    Otra vez está en Madrid el Circo del Sol. Ha pasado aquí el otoño. Yo fui a verlos por primera vez hace cuatro o cinco años, con una amiga, una mujer algo mayor que yo a la que vale la pena conocer. Al salir de la función, anduvimos sin decir palabra durante un rato, felices y asombrados de aquella belleza tan leve. Al final ella habló y acabó con el silencio muy bien. Dijo solamente: «Juan, ¿nos vamos con el circo?». Yo me reí a gusto, porque sabía lo que quería decirme.

    Seguimos callados un buen espacio, hasta que esta vez hablé yo, y le dije: «Pero si tú y yo nos hemos ido detrás de todos los circos que han pasado». Entonces se rió ella también; no le quedó más remedio que reírse de veras.

  • Un post a lápiz

    Unos folios sobre una mesa de cristal vacía y un lapicero Faber-Castell de punta afilada. El grafito rasca sobre el papel blanquísimo estas letras a las que se oye crujir una por una como los pasos de una persona en un campo de nieve.
    Yo había empaquetado el ordenador en último lugar y en el último momento. El hombre de la mudanza me avisó desde su móvil y yo me senté a esperar junto a las cajas. Estallaron las cinco bombas por Madrid y el hombre de la mudanza me llamó de nuevo diciéndome que la ciudad entera era un puro atasco, justo a su lado, que nada, que para mañana.
    Así que aquí estoy, recordando cómo escribía yo hace tanto tiempo, a lápiz, en medio de ese silencio innatural de las habitaciones desnudas.

    No todas las casas en las que he vivido tenían nombre. Esta se llama la Casa de los Pájaros, pero solo la semana pasada he descubierto que mientras yo estaba en el trabajo, por las mañanas, unos pajaritos blancos y negros venían a bañarse en una bandeja de latón llena de agua de riego que hay en la terraza. Sí había visto y oído muchas veces a las urracas, que se paseaban con bastante confianza. Y a las palomas y los gorriones, como es natural.

    La Casa de los Pájaros. Hice fotos de lo que se veía desde la terraza. A ver si un día las traigo.