Categoría: Diarios

  • El verano y la arena

    Hoy es el último día de agosto. Hace fresco; los días pasados ha llovido. El eterno verano parece un sueño.

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    Imagina que el verano permanece y somos nosotros los que nos hemos ido. Como un escenario que se queda vacío hasta el próximo año: las olas resonado huecas contra la playa desierta; una raja de sandía brillando en la penumbra sobre una mesa; las nubes por el cielo, la brisa que agita la tarde silenciosa; las chicharras en la noche oscura sonando solas.

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    Hace poco he sabido que hacia finales de agosto o principios de septiembre los hindúes celebran a Ganesha, dios de la sabiduría y los comienzos.

    Al dios lo representan mediante un idolillo de barro sin cocer con cuerpo de hombre y cabeza de elefante cachazudo al que ofrendan comida y flores. Al cabo de una semana, así acaban las fiestas: toman la figura, la llevan hasta el mar, un estanque o un pozo y la echan al fondo; o la familia la mete en un cuenco de agua para que el barro se deshaga.

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    En mi pequeña mitología, cada verano de mi niñez es una experiencia fundacional. Un verano, la soledad. Otro, el sentido de la aventura. La desgracia, ciertos libros, las antiguas canciones desconocidas, el comienzo del amor.

    Los veranos de la infancia construyen; los de la edad se lo llevan.

    Después de comer, un niño echa la tarde en levantar un castillo de arena en la orilla tenazmente, generosamente, hasta que la marea lo sobrepasa. El niño se va; el agua cubre la arena, la deshace, alisa y pule. El sol se adulza. La orilla queda rasa, limpia, perfecta, con la añadidura de la obra que ha sido. ¿Quién saldrá a decir que una vida así no haya sido hermosa?

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    La noche que caen las estrellas yo pedí un deseo. Era un deseo noble, era bueno. Y por un momento, bajo la inmensa noche estrellada, sentí que todo lo que veía era bello, también dentro de mí.

  • Cangrejos y flores

    Al cerrar el parasol, llovieron pétalos. «No os preocupéis, sólo son flores», dijo el camarero. Durante una semana, a principios de julio, las acacias japonesas florecieron en Madrid y lo cubrieron. En mi cama, sobre las sábanas abiertas, me encontré una flor pequeñita de color vainilla. Los pies volvían a casa andando sobre flores. Así empezó julio. Acabó en el mar, con peces y cangrejos.

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    A esos cangrejos verdes cobrizos que andan entre las rocas, de niño los llamábamos mulatas. El otro día había uno subiéndose por mi toalla. Las algas se llamaban caloca; el retel, redeño; el cebo, gusana. Cuando acompañábamos a mi abuelo a pescar, pasábamos antes por el muelle, donde unos hombres que echaban el día sentados al borde del agua te vendían un puñado de lombrices que sacaban de unas latas con arena mojada y envolvían en una hoja de periódico.

    Por lo que recuerdo, la pesca consiste en no hacer nada pero hacerlo bien, misteriosamente. Cuando nos aburríamos de mirar a mi abuelo, él nos mandaba por los charcos de la bajamar a pescar quisquillas o a buscar caloca. La caloca húmeda, fresca, servía para conservar la gusana mucho mejor que el periódico.

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    El cangrejo de Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida: «El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado».

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    En mi primer viaje por Italia le compré a un vendedor callejero una ocarina de barro. Yo iba por Italia tocando la melodía de Amarcord y a ratos era feliz. La ocarina se cayó y se rompió antes de acabar el viaje, como si otra cosa se rompiese con ella. Aún conservo los trozos. Pero no como la señal de algo malo, sino de algo por hacer.

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    No se me ocurre mayor libertad que domar el propio corazón.

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    Siento amor por las cosas de mi vida que veo alrededor de mí, como compañeros que han sobrevivido juntos a una guerra. Leí una vez que el patio trasero de muchos centros de investigación japoneses hay altarcillos donde se reza por las almas de los animales muertos, y que es costumbre que jinetes, pescadores o granjeros levanten túmulos y monumentos por los animales de que se han servido. Así es como la cultura japonesa, de raíz animista, intenta responder a la contradictoria necesidad del mundo.

    A veces las cosas han de romperse. El universo nos mueve; nada nos pertenece. Pero mi vivencia de la vida es un templo en el patio trasero donde se extiende inmensamente la libertad.

  • Nochevieja de 2016

    Este es el paisaje del fin de año, de cada fin de año. Aquí estoy. La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

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    Claudia tiene once años. Dibujamos un mapa que es un juego; inventamos personas; ordenamos colores. Le explico lo que es una tipografía, y le gusta.

    Quién sabe. Mi sobrina viaja hacia el futuro: en un mundo que se extingue, quizá uno de estos actos minúsculos que hemos sembrado esta mañana germine con los años en una planta que ahora yo no alcanzo a imaginar, para otro mundo nuevo.

    Claudia tiene los hombros delgaditos, como un pajarillo; por eso no debe enterarse de nada, para que no le abrume el tamaño de nuestra esperanza.

    *

    Depende del país en el que estés les das un nombre u otro a las cosas. Pero habrá de haber un lugar en donde las señalas con el suyo verdadero. Y al nombrarlas, las cosas asienten; te devuelven un gesto.

    La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

    Ese país es un estado del alma.

    Feliz año.

  • El otoño

    Ahora tengo rosas. Durante años, de vez en cuando aparecía alguna rosa sola; este verano han brotado muchas, por primera vez.

    De ellas solo una ha olido, y era una gloria. Los pocos días que duró, yo salía a la terraza, olía con los ojos cerrados, me daba la vuelta para entrar y ya lo había perdido. Así doscientas veces.

    ***

    Hay que explicarles a los niños que no todo tiene un nombre.

    ***

    (El año pasado, un día que había dejado abierta la puerta de la terraza, el viento deshojó la solitaria rosa madura y la esparció, y al volver del trabajo me encontré la casa sembrada de pétalos granates).

    ***

    Al principio, traer el otoño parece sencillo. Basta asustar a unos gorriones, traducir unos versos de Rilke, comer manzanas, echarle miel al queso, y empieza a venirse él solo: la línea de la pleamar sube por los postes del embarcadero; crecen las sombras de los niños sobre la tierra; amarillean los ápices de las hojas.
    Sin embargo, en la playa hay un inocente sentado, agarrado a sus rodillas, mirando las olas con tal felicidad, oyendo el viento y los pájaros, que detiene el engranaje del universo. El verano se queda, aunque ya distinto, con el aire del que sonríe pero en el fondo está preocupado.

    Llegados aquí, si se quiere traer el otoño hay que emplearse a fondo, echar el resto.

    ***

    Aún era verano. Pensé: «Este día será pronto un recuerdo».

    Como en el poema de Manrique, el mar al que van a dar los días es el recuerdo, que es su morir, su más allá, su cielo.

    ***

    Me encontré este poema:

    Dios mío, que nunca acaben
    el mar y la arena,
    el murmullo del agua,
    el brillo del cielo
    la oración del hombre.

    Se llama Marcha a Cesarea; lo escribió Hannah Szenes con 21 años.

     

    [Los versos de Szenes los he sacado de aquí (en inglés):
    http://www.haaretz.com/israel-news/culture/poem-of-the-week/1.643772]

    [Quién fue Hannah Szenes (en inglés):
    https://en.wikipedia.org/wiki/Hannah_Szenes]

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

    *

    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

    *

    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • Un verano en el norte

    A la hora del atardecer, veo a un hombre inmensamente solo en una playa sin fin, de pie en la orilla. Allá en la distancia, alguna pareja, gente con niños. Él, solo; tan solo que lo fotografío. ¿Y tú, Juan, no estás igual? ¡Ah, no! —me digo—: yo estoy haciendo la fotografía.

    *

    Pienso en una literatura que sólo tiene dos temas: o el amor, o el ser. De pronto se me ocurre que los dos son el mismo. Se me ocurre naturalmente, como la ruda sospecha de una fiera: lo venteo, no alcanzo a verlo. ¡Si fuese más lúcido, si hubiese leído más! Pero tengo que conformarme con rondar entre la niebla.

    *

    Los periódicos españoles que cuentan la ruina del país son ellos mismos ruina: fútiles, enfáticos, repletos de gramática bárbara y frases chapuceras, chillando cada uno en favor de su amo. Si informasen de que España florece, igualmente comprenderíamos que yace en la ruina.

    *

    Mi madre se interrumpe en mitad de una frase porque se da cuenta de que está a punto de repetir algo que su propia madre le repetía a ella. Se queda callada, abstraída; supongo que viendo a mi abuela en el recuerdo. «Todos somos iguales —dice al fin—. Es como un libro que ya te has leído».

    *

    En el edificio de enfrente, a la sombra, el viento agita una toalla de playa roja y blanca que han colgado a secar. Lleva dibujado un perrito blanco con pintas negras que mira de lado. Debajo pone: «SO CUTE». El edificio de ladrillo, el viento frío, la habitación en penumbra al volver de la playa, las toallas baratas y las sábanas frescas: esas cosas serán parte del paraíso de algún hombre que ahora es un niño.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • De viaje

    Mañana me voy de viaje. Veré un mar desconocido y lugares que eran nombres. Tengo curiosidad; quizá me encuentre algo que aprender o quizá solo otra apariencia de las mismas cosas comunes.

    También veré esta casa desde lejos, los libros suspendidos en mitad de un párrafo, una llamada por devolver, los papeles con anotaciones, la persiana que debo reparar, una conversación a medias.

    Ojalá me traiga algo nuevo, y que perdure.

  • Formas

    Hace tres años y medio comencé este cuaderno —casi— con una cita sacada de Mira por dónde, la autobiografía de Fernando Savater, que me estaba leyendo por aquellos días. Hace poco he vuelto a ver el libro y he notado que entonces dejé una señal amarilla en la página 388. Enseguida he sabido por qué: porque el tema de la inteligibilidad y la forma, el tema del hombre compelido a identificar formas —resulta fácil encontrarlo por todo el blog— es una de mis manías preferidas.
    Savater ha terminado ya la narración de su vida y se deja un epílogo para pensar sobre el resultado. Dice:

    «He padecido constantemente mi vida (lo que implica sufrimiento y deleite), pero rara vez he creído poder decir que la protagonizaba. Es decir, que elegía racionalmente su rumbo. No me resigno a esa evidencia. A lo largo de los capítulos (o fragmentos más o menos articulados) precedentes, el principal criterio para seleccionar lo que se decía y se callaba ha sido intentar contar cuanto podía sustentar una cierta forma en la narración. Para mí, la forma es ante todo coherencia inteligible, no nitidez estética. (…) Busco una forma racional en el centón de episodios vitales que relato y en los miles que recuerdo, como Hamlet se empeña en identificar camellos en el capricho de las nubes que se aglomeran y pasan».

    Ése era el motivo. Pero, aparte, lo que me gusta de este capítulo —el hilo conductor del libro, que no hemos visto hasta ahora— es el contemplación de un hombre en el verdadero trance de pensar sobre lo que más le importa, escribiendo para saber. No un hombre que escribe para construir la figura de su vida y colocársela al lector, sino la pasión de un hombre que escribe —que piensa— para indagarla.
    El que abre un libro así se arriesga a leerlo otra vez entero. Savater sigue hablando de su vida, de la forma de su vida, y a partir de aquí ya no tengo otro motivo que el placer de la lectura, que es como quien oye narrar junto a un fuego:

    «Sólo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. Santayana lo formuló en el primer tomo de sus memorias de un modo inmejorable: «Si el destino no fuera radicalmente amable, no habríamos existido para quejarnos de que sea en parte tan cruel». Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando… ¿mientras la alegría dure? Aquí ya vacilo. Aún disfruto con los libros y los amores, con las carreras de caballos y las refriegas políticas, pero la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana, como el sol vislumbrado desde un pozo cada vez más hondo… Tous mes jours sont des adieux. Busco empecinadamente lo que tuve y nada me contenta de lo que se me ofrece, sobre todo si exige cierta ceremonia social. Me sobresaltó hasta la incomodidad saber que un grupo de amigos pretendían incorporarme a la Real Academia (lo cual hubiera sido tan injusto para esa institución como para mí) y los premios literarios, cuya recompensa económica en modo alguno desdeño, me atraerían más si el cheque llegase por correo, sin ningún tipo de besamanos. Con los años aumenta el orgullo y por tanto disminuye la vanidad: uno se da cuenta de la dosis de humillación benévola que implica recibir honores públicos, no digamos ya buscarlos. En cualquer homenaje siempre me siento como un rehén. Los auténticos beneficios que todavía anhelo sólo me los podrían conceder en privado algunas personas jóvenes que de hecho me rehúyen, no venerables colegas en docta asamblea.
    En resumen: noto como si aumentase la insipidez y tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera… Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.

    Un largo párrafo más allá se termina el libro, muy hermosamente, y de la manera más savateriana. Aunque sería muy feo que yo fuese a chafar el final de esta historia.

  • Orden en casa

    Ya digo, estoy ordenando mi casa. Doy con una caja de cartón donde guardaba algunos recuerdos; la abro y veo que son desperdicios, detritos.

    O no. Si pongo la mirada distintamente sobre cada uno, empiezan a hablar y comprendo que son valiosos. Pero es fácil revertir el punto de vista: y así, con imparcialidad, mis recuerdos son iguales que esos trastos que guardan los ancianos que ha muerto. Dentro de muchos años alguien los contemplará sin conocimiento y pensará «para qué guardaría el hombre estas mierdas».

    Lo que les da sentido a mis cosas es el orden transitorio de mi existencia. Ellas no valen nada de modo absoluto porque no lo valgo yo. Nuestro valor es de uso, como la palabra o la moneda; como los marcos alemanes de la República de Weimar o las metáforas del pueblo hitita.

    Sabido esto, pienso en tirar la caja y quedarme limpio de compasión e ideas vanas. Es un razonamiento correcto; pero yo vuelvo a guardar la caja en su sitio. Saber que no valgo nada es una cosa; vivir de acuerdo con ese conocimiento es otra. Puedo alternar la mirada sobre mis recuerdos, adentro y afuera, pero no tiene sentido vivirse desde afuera. Igual que a quienes quiero, a mí me quiero sin precio, nunca por lo que valgo.

     

    [Decía Unamuno: «Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella» (Del sentimiento trágico de la vida, en Alianza).]

    [Dice el DRAE: «Detrito: 1. m. Resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas». Me parece que esta vez he escogido bien la palabra.]