Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar.
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Historias de fantasmas
Como es sabido, la luz de una estrella tarda miles de años en llegar hasta nosotros. Cuando la vemos, quizá la estrella ya ha muerto, y así, nuestras esperanzas y el cielo están hermosamente alumbrados por fantasmas.
Una persona se vuelve fantasma por dos motivos: o por tozudez o por amor.
Un país lejano está poblado por millones de fantasmas. A sus habitantes se los llevó de pronto la epidemia; muertos en horas, en días, en mitad de sus asuntos. El único hombre vivo se arrastra por las calles, solitario. Los fantasmas no lo ven ni lo oyen, yendo y viniendo a sus tareas. Errabundo, se sienta en las escaleras del Parlamento, o al borde del estanque de la plaza, o en medio de la acera, solo, viendo rodar las hojas.
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Los bibliotecarios
Los hisios, horda de nómadas, desconocen el mar y la escritura. Cuando entraron a caballo desde la estepa, hallaron un reino vacío, desolado seguramente por la plaga. No se veía un solo ser humano. Las palomas anidaban en las hornacinas; el ganado suelto pacía por los campos. Nada conmovió al khan —ni las plazas porticadas, ni las estatuas de alabastro, ni los canales navegables— como la biblioteca de palacio con su bóveda azul de estrellas de oro y las filas infinitas de libros coloridos. Comprendió de inmediato la sacralidad de aquel extraño lugar numinoso y lo dejó al cuidado de los sacerdotes, que tampoco sabían leer, pero rebosaban de intuición de lo sagrado.
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Un día de julio
Una familia se ha reunido para comer en una mesa larga bajo la sombra del emparrado del patio, en una casa de campo. Al otro lado del sendero polvoriento que lleva a la casa empieza el bosque. Cae la tarde; la sobremesa se alarga. Hay risas, se abre más vino. Las conversaciones se entrecruzan con historias de hace años, de niños que hoy han traído a comer a sus propios hijos.
Una brisa se levanta, cada vez más fuerte. Agita los cantuesos, remueve los rosales. Las voces se callan. Entonces un viento fragoroso recorre las copas de los árboles, que responden como un oleaje, estremecidas. Vuelan las servilletas, se alzan los manteles, se revuelve el pelo espeso de los niños. El mundo queda suspendido en lo alto de un momento de alegría. Hay en el aire una bellísima luz herida, la mejor luz del verano, que los adultos recordarán para siempre como un ocaso y los niños como un alba.
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Cada línea debe comenzar con una esperanza
Cada línea de un texto debe comenzar con una esperanza. Como un hilo de luz, la promesa se alargará desde el principio, brillando entre la hojarasca del párrafo, serpenteando, con los ojos del lector corriendo detrás, arriba y abajo sobre el terreno, hasta llegar a una hondonada hospitalaria a la sombra de unos árboles antiguos. ¿Y qué hay allí, en el final? Al final del mejor texto del mundo hay una redención. Una absolución. Una epifanía.
Hablamos del mejor texto del mundo; por lo común no hace falta ponerse tan denso. Se trata del principio activo de la lectura, que en la vida cotidiana se diluye. Yo me conformo con una parte por millón, como en las diluciones homeopáticas.
Pero, eso sí, cada línea debe llevar siempre una promesa. De hecho, en un buen texto de un día de diario, al final de la esperanza solo suele haber más esperanza. Una poza llena de un agua luminosa que destella bajo los árboles y el viento riza.
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Palabras y luna
Un señor taciturno cogió la costumbre de meter papelitos entre la tierra de sus plantas. En cada uno iba una sola palabra escrita a mano. Por supuesto, a las plantas les daba igual. Las plantas viven en un universo de vibraciones, longitudes de onda, fotones, síntesis de azúcares, en el que palabra no es una categoría con sentido. Una planta es un ente materialista que, a lo sumo, podría tener noticia del papel al descomponerse la celulosa.
Después el jardinero tristón empezó a regar las plantas con agua alunada. Una terca superstición rural cree que si se deja un recipiente con agua bajo la luna llena, el agua se empapa de la luna, o mejor dicho, de las propiedades de la luz de la luna. Y hete aquí que, por la razón que sea, resultó que esta agua de luna era capaz de deshacer la palabra. El contenido semántico de la palabra se iba disolviendo y entonces las raíces lo absorbían, porque con la luna y el agua las plantas sí mantienen afinidad y conexión. Punzantes, jubilosas, desordenadas, encantadoras, cianóticas, extrañamente ajenas, las plantas crecían guiadas por la palabra escrita como por un tutor invisible.
Ahora bien, una vez conseguida esta proeza mágica, hay que preguntarse por su sentido. ¿Para qué, si cada planta ya tiene su forma?
No tiene sentido. Pero hay un hombre cachazudo en el jardín nocturno bajo la luz de plata; un aguamanil de cristal bañado en rayos de luna; el canto del grillo en las noches de verano; el olor de la tierra; la exquisita escritura cursiva que aprendió en la escuela; las horas de soledad. El hombre en su día tuvo un largo noviazgo que no salió bien. Tampoco le queda mucho de vida laboral, por otro lado. Con cada uno de los papelitos que entierra, este hombre metódico se come una palabra que cae al fondo de su corazón, se disuelve en agua de luna y lo cambia, lo nutre, lo hace crecer de un modo que no estaba previsto y que seguramente es mejor.
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Roma
No hay un lugar sagrado o bello en este mundo que ahora mismo no se encuentre cubierto por una multitud de cabezas apretadas de turistas, como pulgones sobre los brotes de una planta. Somos muchos; y, como la plaga, capaces de echar abajo cualquier belleza. Pero un día vendrá la enfermedad y nos borrará por millones; luego vendrán la ruina, el miedo, el fin de los viajes y el comercio, la pobreza, las guerras por los restos. Las vastas terminales quedarán vacías; las avenidas, desiertas, como cauces secos. Parecerá un mundo de gigantes. En las espaciosas mañanas del futuro, sin ruido, en plazas concebidas para un millón de almas, el aire hará rodar papeles y hojas, y aquí y allá picotearán los pájaros. Por las grietas del hormigón asomarán las ramas verdecidas; se hundirá el ladrillo y la hierba crecerá en los túmulos; sobre nuestra civilización se alzarán jardines; nuestras ruinas nos harán hermosos.
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El tren
En este barrio en blanco y negro de casas despintadas, encajonado entre las vías y el muelle del carbón, has vivido hasta ahora, en este avaro recorte del mundo, hasta el día que, por fin, te subes a un tren y te marchas. La vía sigue a lo largo de la costa —playas amplias, un resplandor de sol, la promesa del mar abierto allá a lo lejos—; pero enseguida vira hacia el interior, cruza unos túneles, sube las montañas. Al otro lado, en la llanura, se suceden los paisajes novedosos. Durante el viaje —a ratos monótono— trabas conversación con otros pasajeros. Una noche te despierta el silencio. El tren está quieto. Vuelves a dormirte; te despiertas; el tren lleva parado demasiado tiempo. Despunta el amanecer pálido tras la ventanilla. El lugar es desvaído, llano, seco. Cuando te despejas del espesor del sueño, comprendes que no has viajado en el espacio sino en el tiempo. La ciudad que dejaste ha quedado atrás; no es posible volver. No hay vía, no hay túnel que te devuelva a ella. Aquella ciudad de los recuerdos —la espuma de las olas, la lluvia fina, el vaho en los cristales, la sopa caldosa, una niña de blanco, el malecón donde se aherrumbran los vagones— se ha perdido para siempre. Esto que tienes delante, este lugar desconocido donde ha venido a acabar la vía, es lo que hay. Así que coges tu equipaje y te bajas del tren. Por detrás de un repecho se ven unas casas. Echas a andar.
Es Nochevieja. Se oye llegar el año nuevo. Subamos; iremos donde vaya.
Feliz año. ¡Buen viaje!
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Luces de noviembre II
Los crepúsculos de otoño pasan por encima, un día, y otro, y otro día, como las olas llegan a la orilla. Al pie de los árboles, las hojas caídas forman un redondel de luz dorada que los ilumina desde abajo. Florece el crisantemo. Brillan los colores como el fuego en una cueva. Amarillos, ocres, rojos encendidos, granates, azafranes, cárdenos, violetas. La naturaleza desciende a su sueño de invierno, parecido a una muerte pasajera. Cada cosa muere con su propio color, como si pudiese escogerlo.
En las bodas siempre hay algún fantasma, porque entre que la boda se convoca y que finalmente se realiza, pues algunas personas fallecen y tienen que asistir de ese modo. En las épocas de desgracias se llegaba a colocar una mesa de fantasmas al fondo de la habitación, más allá de la mesa de los amigos y la de los niños.
Es costumbre que los padres les den a sus hijos un papelito secreto doblado en cuatro con una escritura misteriosa que no pueden leer hasta la edad adulta. Al cabo de los años, cuando por fin lo desdoblan, ven que el papel trae la letra de las canciones tristes que sus padres cantaban.
Hubiera sido mejor un hechizo, la fórmula de un ungüento, en qué rincón del jardín había que excavar exactamente; pero está prohibido por las leyes, a fin de evitar que uno saque una ventaja injusta sobre el hijo de otros. En cambio, la ley considera lícito el consuelo.
El pájaro del tiempo se ha posado sobre un párrafo. Hay que quedarse quieto, callado, pensando.
En caso de tristeza, romper el cristal. Y a través del cristal, en el vagón del metro, se ve lo que parece un pequeño instrumento de música de metal y plástico pintado de rojo. Debo aguantarme la curiosidad de romper el cristal porque, la verdad, no estoy triste.
Por la tarde, la luz amarilla empapa el árbol que hay detrás de mi casa. Pienso: «Ojalá pudiese beber esa luz». Pero las personas no podemos absorber directamente la luz; tenemos que hacerlo a traves de un poema.
A veces me entra nostalgia del presente, por decirlo así. Es una repentina fragilidad temerosa, como el vértigo en sueños, y el dolor de estar mirando desde un punto donde no existirá nada de esto. Y la grandísima ternura por el instante, por este aire, las hojas, esta luz en la ventana, todas estas cosas.
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La magia inversa
La antropología recoge con abundancia ejemplos de culturas que practican esa magia que llaman homeopática, basada en la noción de que lo semejante produce lo semejante. Acciones que buscan un efecto análogo en la naturaleza, en el destino, en otra gente: atravesar la figura del ciervo con una flecha antes de salir de caza; empapar una rama para provocar la lluvia; encender una hoguera para que el sol alumbre; copular sobre los campos; regar el suelo con leche o vino.
Pero de entre todos los pueblos de la tierra, solo con los fresios la magia imitativa funciona a la inversa. Las acciones del mundo los cambian a ellos. La marea los eleva o los apoca; el viento entre la hierba les agita los recuerdos; se irritan y se arrullan por la época del celo de los tigres. Los niños nacen siempre en primavera.
Si en la casa entran moscas, se vuelven discutidores y tercos; si de mañana se vacía el cubo de la basura, el dueño de la casa se estriñe. Cuando sus sábanas estén tendidas en la cuerda, parlanchines, te abrirán su corazón con alegría.
Tras cinco años de obras, la nueva escuela se inaugura como hotel balneario, que reabre como criadero de peces, como estupa budista, como taller de vidrio, quién sabe, según la influencia a distancia de la lluvia en las montañas, la luna, las hormigas negras.
Cuando los mirlos cantan, ellos cantan; cuando brillan las luciérnagas, ellos brillan. En la estación de las grandes migraciones, hay que atarlos a los árboles del bosque, junto a la orilla.
