El hombre contemporáneo ya no tiene fe; en su lugar, tiene confianza. Sin embargo, debería notar que el salto de la fe a la confianza es, etimológicamente, chiquitísimo.
Categoría: Ficciones y prosas
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Tareas domésticas
En todos los rincones del piso ha escrito plegarias. Cortitas, con un lápiz. En el rincón donde friega los platos, en donde tiende la ropa, donde crece la planta en una maceta, donde se corta las uñas, sobre el agujero por el que se colaban las hormigas, junto a la almohada, en el ordenador y en el router. Así la planta no pierde las hojas, no se caen los calcetines al patio, se sueña bien, la comida está rica y la conexión funciona. Ella cree que es por eso. Me las ha ido enseñando según recorríamos la casa, y ahora está escribiendo una que va a plegar con cuidado para meterla debajo del salvamanteles de modo que la comida me sepa bien.
Le miro las mejillas mientras escribe, concentrada, con la cara inclinada sobre la mesa.
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El lago
Un rey melancólico mandó construir un lago que fuese figura de la vida, en un capricho de su melancolía. Aparejó aquí y allá algunas pequeñas islas de felicidad o de placer en correspondencia con su idea del mundo por entonces; pero en lo demás dispuso orillas elegantes y tristes, hondas aguas frías cruzadas por barcas lentas, arcos esbeltos y bosques tupidos que se contemplaban desde lejos. No había ni patos ni cascadas.
El rey supervisaba las obras desde la orilla, sentado en un escabel. Urgía a los ingenieros, imprecaba a los aprendices, hacía gestos con la cara y mandaba rehacer minuciosamente esto o lo otro que no acababa de parecerse a su voluntad; hasta que al cabo del tiempo otros asuntos del reino lo obligaron a apartarse de allí y seguir el proyecto desde palacio.
Alrededor del lago se fueron construyendo arroyos sonoros, pabelloncitos de hierro y cristal, praderas llanas y embarcaderos donde decir adiós, aunque entre tanto las directrices del rey se hacían cada vez más imprecisas y su atención más lejana. Se metió en batallas y las ganó; comerció, tomó esposa, acreció el reino y su familia. Fundó un hospital de caridad, dragó los puertos, reparó los caminos y armó una flota; a todo lo cual la obra ociosa del lago fue yendo al olvido, preterida por otras urgencias, esto es, por el curso de la vida, ya que el rey se había vuelto del humor de una persona normal.
Pasaron los años y la fortuna giró de nuevo. Una mañana el rey mandó que lo dejaran estar solo. Enmudecido, no sabiendo adónde ir, anduvo hacia el antiguo lago. Ató su caballo al bolardo de un muelle, subió a una batea cubierta de hojas y se fue empujando él mismo la pértiga por los canales verdisecos, como si navegara una ruina salida de su propia memoria, una tristeza hecha a partes de lo desmoronado y de lo que nunca había sido.
Desembarcó en una orilla y se sentó a mirar. Era una islita minúscula, plantada con cipreses. En el centro se levantaban unas paredes de ladrillo rojo por las que crecía la madreselva. Vio una plomada colgando de un bramante y en el suelo las jambas podridas de una puerta. Vio un zurrón abandonado entre la hierba, que casi le hizo llorar. Estaba solo. En el cielo volaban unos pájaros. El rey miró hacia el agua del lago y pensó que antes que un rey era un hombre y que todos los hombres construyen con aire. Una frase que había leído hacía tiempo, varias veces, en este mundo donde todo se repite y se olvida, y se repite.
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Consejos para viajar en metro
Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos e inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.
El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual transporta al viajero en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.
Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.
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Dos historias
Es un hombre que corre, deja atrás el último barrio de la ciudad, la alameda melancólica, los paseantes, los perros, los bosquecillos, las bicicletas, la piedra conmemorativa; que cruza bajo los puentes de la autopista y sigue corriendo por el campo abierto, ahora más ancho.
El hombre necesita la mitad de sus fuerzas para regresar, pero sigue corriendo pasada la mitad de la carrera, sus espaldas perdiéndose en la distancia; pues este es un hombre que se marcha, y a mí no me es dado seguirlo, esta voz no puede seguirlo, allá a lo lejos.
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Olor
Las mujeres tienen olor en el cuello, detrás y a un lado, justo bajo la nuca. Eso es maravilloso. Y también huelen en las sienes, no sé a qué, pero nada hay mejor que meter la nariz en la sien y respirar ahí. Es un perfume mejor que la música.
Si se guardara en un frasco de cristal y uno lo abriera, ay, Dios, cuando uno esta a solas en casa, qué hermosura, y qué tristeza.
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Una ocurrencia
Como la vejez todavía está lejos, lo mismo que el recuerdo de mi niñez, esto se queda por ahora en hipótesis: los viejos y los niños —principio y final— ven claras las cosas esenciales de la vida, que son cuatro o cinco; en esa sencillez elemental está la verdad, y todo lo demás —lo de enmedio—, es retórica.
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Unicornio
Los amores comparten cosas extrañas. Entre ellas, esta mujer y yo tenemos en común un unicornio. Hace años que no nos vemos y de pronto me envía un mensaje al teléfono hablándome del unicornio. Se ha acordado de mí; dice que en su ciudad es una mañana de lluvia.
Yo, por mi parte, he venido a parar a un barrio del confín y estoy solo, en un bar oscuro con unos hombres brutales, tan cansado. Aunque no es algo que yo vea; a fin de cuentas he metido muchas más horas en bares perdidos que en las bibliotecas o en el teatro.
Hace sol en Madrid, fuera del bar. Me he comido lo que me han dado. Entonces llega el unicornio irreal, y en la caverna es imposible no verlo como un resplandor fantástico en mitad de la noche. Que es como aparece el unicornio.
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Las dudas obligatorias
Un hombre va en tren y va cantando, pero su canto no afecta a la marcha del tren. Dicen los antropólogos que los pueblos primitivos desconocían la relación de causa entre el acto sexual y el embarazo; que esa relación es un descubrimiento cultural. Claro, para reproducirse no hace falta saber: la vida ocurre y nosotros cantamos. Ningún animal sabe. Con el tiempo hemos llegado al espíritu. Consciencia, conocimiento, nous: «lo que no es naturaleza». Y sin embargo, tengo que preguntarme si no es un prejuicio creer que el espíritu resulte capaz de decidir en la marcha del mundo. Si no es otra ilusión entre las ilusiones de las épocas.
Cuando el tren acelera, el hombre se alegra y alza la voz; cuando el tren se detiene él susurra. Y si el espíritu es un hombre que va en un tren y va cantando.
[Sobre el ciclo decisional neuroetológico de la sanguijuela: http://club.telepolis.com/ohcop/cdn.html]
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Dioses II
Me imagino un valle inaccesible en una isla remota, allí donde docenas de especies de plantas y animales no han sido descubiertas por la ciencia. También hay una tribu que ha perdido el contacto con la humanidad hace siglos. El valle está cubierto de nubes perpetuas. Estos hombres desconocen lo que hay al otro lado de las montañas que los cercan y desconocen el cielo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la aviación norteamericana comienza a sobrevolar el valle. Los bombarderos y los aviones de carga pasan muy alto, por encima de las nubes, camino de una base en la costa. Desde el suelo se oyen pesadamente los motores, de día o de noche.
Ahora imagino que uno de los habitantes del valle cree que se trata del retumbar de los dioses, más allá del techo del mundo. ¿Cómo podría comunicarse con los dioses? Si él pudiera, ¿qué le contarían? Le hablarían de un mundo fantástico. El hombre sigue con la mirada el recorrido del estruendo del avión, intentando salvar las nubes con el pensamiento. Alrededor de él hay palos, magia, tejidos, piedras, cuerdas, mitos. Nada que le sirva para comunicarse con los aviadores.
En realidad, puede. Bastaría con que se construyese un aparato de radio y pronto la tripulación de un B-29 recibiría los ruidos extraños. Tarde o temprano tendría respuesta.
Nosotros sabemos que no puede. Pero si pudiera contruirse una radio, es decir, si pudiera fundir metales, generar electricidad, descubrir las ondas de radio, inventar la teoría de un mundo gobernado por unas leyes fantasmagóricas, entonces, ¿qué podrían contarle los dioses?
[Cargo cult: http://en.wikipedia.org/wiki/Cargo_cult
La tercera ley de Clarke: http://en.wikipedia.org/wiki/Clarke’s_three_laws]
