Categoría: Ficciones y prosas

  • Ajedrez (variaciones)

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

    Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

    Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

    Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

    Un ajedrez con una pieza envenenada.

    Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

    Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

    Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

    Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

    Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

    Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

    Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

    Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

    *

    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

    *

    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales hace tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera, con respecto a la cual esta de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y pasa a servir de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad terrestre. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se convierten en una luz cristalina, según los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace mucho que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • Una cuestión de carácter

    Empiece lo que empiece (la teoría literaria, el bricolaje, la curiosidad por los números primos, un viaje en metro al extrarradio) todas mis meditaciones acaban siendo metafísicas, lo cual es como decir que acaban siendo nada. Se ve que para algunas personas el carácter es un laberinto.

  • Orden en casa

    Ya digo, estoy ordenando mi casa. Doy con una caja de cartón donde guardaba algunos recuerdos; la abro y veo que son desperdicios, detritos.

    O no. Si pongo la mirada distintamente sobre cada uno, empiezan a hablar y comprendo que son valiosos. Pero es fácil revertir el punto de vista: y así, con imparcialidad, mis recuerdos son iguales que esos trastos que guardan los ancianos que ha muerto. Dentro de muchos años alguien los contemplará sin conocimiento y pensará «para qué guardaría el hombre estas mierdas».

    Lo que les da sentido a mis cosas es el orden transitorio de mi existencia. Ellas no valen nada de modo absoluto porque no lo valgo yo. Nuestro valor es de uso, como la palabra o la moneda; como los marcos alemanes de la República de Weimar o las metáforas del pueblo hitita.

    Sabido esto, pienso en tirar la caja y quedarme limpio de compasión e ideas vanas. Es un razonamiento correcto; pero yo vuelvo a guardar la caja en su sitio. Saber que no valgo nada es una cosa; vivir de acuerdo con ese conocimiento es otra. Puedo alternar la mirada sobre mis recuerdos, adentro y afuera, pero no tiene sentido vivirse desde afuera. Igual que a quienes quiero, a mí me quiero sin precio, nunca por lo que valgo.

     

    [Decía Unamuno: «Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella» (Del sentimiento trágico de la vida, en Alianza).]

    [Dice el DRAE: «Detrito: 1. m. Resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas». Me parece que esta vez he escogido bien la palabra.]

  • En la consulta

    El paciente se está atando los botones de la camisa. Levanta la vista hacia el médico y pregunta:

    —¿Y ahora?

    —Ahora haga vida normal.

    El paciente se detiene y responde:

    —No sé

  • Asombro de la vida

    Lo asombroso es cómo la vida, que en lo esencial resulta perfectamente previsible y que sucede tal como nos habían dicho, no deja de maravillarnos cuando llega.

  • Afonismos II

    La lógica debería ser uno de los derechos humanos.

    *

    En los grandes juegos, el momento de comprensión —que a veces no llega— consiste en descubrir cuál es el juego.

    *

    Si no hay ninguna razón práctica para no creer en lo absurdo, entonces no hay ninguna razón que impida creer en lo absurdo.

    *

    Los españoles se dividen entre Prisa y la Cope, que es, digamos, como si los partidarios del cáncer de colon se opusiesen a los del cáncer de páncreas.

    *

    Mensaje:
    Sabed que hay un cielo para las personas que no conducen automóviles.

     

    [Afonismos I]

  • Escritura

    La mayoría de la gente dice que escribir es bueno, que la literatura es buena. Yo, en cambio, siento que algunos textos son mejores que no escribir.