Categoría: Ficciones y prosas

  • La otra vida

    En Luciena, pueblo de pescadores, los niños vienen al mundo llenos de recuerdos. El recién nacido abre los ojos con una especie de estupor triste, como despierto de un sueño abrigado. Quién sabe de qué mansiones y jardines de su vida anterior acaba de descender a este pobre lugar ignoto.

    La región es fría y seca la mayor parte del año, una costa quebrada de playas pedregosas peinadas incesantemente por un viento salobre. La vegetación es rala y baja; el tiempo, desapacible y tornadizo, lo que hace muy peligroso el oficio de la pesca.

    El niño crece jugando entre las barcas. Silba canciones de pescadores, persigue a los gatos, dibuja su nombre en una hoja. Se queda mirando a las mujeres que arreglan las redes y les oye contar la historia del pájaro de oro. Aprende que le gustan el té amargo y los cangrejos. Tiene dos camisas, una azul marino y otra blanca. Los recuerdos de su vida anterior se alejan, desdibujados: delante de él se presenta el verano, un perro blanco, el vino, una cometa, su propio hijo con los ojos muy abiertos, el camino de grava que lleva a su casa. Todas estas imágenes se van impresionando en su cabeza, hasta que un día, no mucho antes de morir, ya le queda sola esta vida de aquí, la que vive ahora, la única que le importa.

  • Nochevieja de 2016

    Este es el paisaje del fin de año, de cada fin de año. Aquí estoy. La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

    *

    Claudia tiene once años. Dibujamos un mapa que es un juego; inventamos personas; ordenamos colores. Le explico lo que es una tipografía, y le gusta.

    Quién sabe. Mi sobrina viaja hacia el futuro: en un mundo que se extingue, quizá uno de estos actos minúsculos que hemos sembrado esta mañana germine con los años en una planta que ahora yo no alcanzo a imaginar, para otro mundo nuevo.

    Claudia tiene los hombros delgaditos, como un pajarillo; por eso no debe enterarse de nada, para que no le abrume el tamaño de nuestra esperanza.

    *

    Depende del país en el que estés les das un nombre u otro a las cosas. Pero habrá de haber un lugar en donde las señalas con el suyo verdadero. Y al nombrarlas, las cosas asienten; te devuelven un gesto.

    La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

    Ese país es un estado del alma.

    Feliz año.

  • Noviembre

    Debajo de cada árbol del parque hay un círculo amarillo formado por las hojas que ha dejado caer. En la distancia, parecen su propio reflejo de oro sobre la hierba.

    ***

    Quizá la vida de una persona que muere alcance su significado; pero ese significado se dice en un idioma que se ha perdido con ella.

    ***

    Hay cierta alegría, me parece a mí, en el modo de morir las hojas de mi arce: un esplendor; un descuido en la caída; una figura bella. Como si fuese un juego que termina en primavera.

    ***

    Hemos visto que la muerte no acaba con las diferencias políticas, naturalmente. ¡Vaya birria de religioncita sería la política si se acabase ante la muerte!

    ***

    De niño, algunas dudas empezaron a agrietar mi seguridad en el mundo. Hasta llegar a este extremo, ahora, en el que toda incertidumbre sobre el mundo es una esperanza.

    ***

    Noviembre, la vida, cualquier ausencia: hermosos como el silencio en el que acaba de haber una música.

  • Ajedrez (variaciones)

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

    Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

    Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

    Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

    Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

    Un ajedrez con una pieza envenenada.

    Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

    Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

    Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

    Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

    Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

    Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

    Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

  • El otoño

    Ahora tengo rosas. Durante años, de vez en cuando aparecía alguna rosa sola; este verano han brotado muchas, por primera vez.

    De ellas solo una ha olido, y era una gloria. Los pocos días que duró, yo salía a la terraza, olía con los ojos cerrados, me daba la vuelta para entrar y ya lo había perdido. Así doscientas veces.

    ***

    Hay que explicarles a los niños que no todo tiene un nombre.

    ***

    (El año pasado, un día que había dejado abierta la puerta de la terraza, el viento deshojó la solitaria rosa madura y la esparció, y al volver del trabajo me encontré la casa sembrada de pétalos granates).

    ***

    Al principio, traer el otoño parece sencillo. Basta asustar a unos gorriones, traducir unos versos de Rilke, comer manzanas, echarle miel al queso, y empieza a venirse él solo: la línea de la pleamar sube por los postes del embarcadero; crecen las sombras de los niños sobre la tierra; amarillean los ápices de las hojas.
    Sin embargo, en la playa hay un inocente sentado, agarrado a sus rodillas, mirando las olas con tal felicidad, oyendo el viento y los pájaros, que detiene el engranaje del universo. El verano se queda, aunque ya distinto, con el aire del que sonríe pero en el fondo está preocupado.

    Llegados aquí, si se quiere traer el otoño hay que emplearse a fondo, echar el resto.

    ***

    Aún era verano. Pensé: «Este día será pronto un recuerdo».

    Como en el poema de Manrique, el mar al que van a dar los días es el recuerdo, que es su morir, su más allá, su cielo.

    ***

    Me encontré este poema:

    Dios mío, que nunca acaben
    el mar y la arena,
    el murmullo del agua,
    el brillo del cielo
    la oración del hombre.

    Se llama Marcha a Cesarea; lo escribió Hannah Szenes con 21 años.

     

    [Los versos de Szenes los he sacado de aquí (en inglés):
    http://www.haaretz.com/israel-news/culture/poem-of-the-week/1.643772]

    [Quién fue Hannah Szenes (en inglés):
    https://en.wikipedia.org/wiki/Hannah_Szenes]

  • Nochevieja

    Creo que empiezo a entender más sencillamente lo que intentaba decir. Que en verdad la esperanza es irracional; pero la desesperación también.

    *

    Otra vez estoy en este espigón, a finales de año, sentado frente al mar. Como si fuese una costumbre.

    Es la hora de comer y hay algo de sol y un viento muy frío. Veo pájaros marinos, nubes de lluvia, la silueta desvanecida de los montes, pequeñas obras humanas, un álamo invernal, unas pocas hojas secas sobre la arena gruesa, pozas que dejó la pleamar, rocas y piedras cubiertas de verdín. El viento sacude el agua de tal modo que todo el mar por delante es blanco de espuma.

    *

    Un día de diciembre se aparece la Virgen en una estación de trenes de largo recorrido y enuncia el principio de Pascal: que la presión ejercida sobre un líquido se transmite a todos los puntos del líquido y con igual intensidad.

    «¿Y?». Pasado el primer estupor, vendría la desilusión, el nihilismo, la amargura, el sarcasmo.

    Que se aparezca la Virgen es muy poco; querrían que viniese diciendo algo grande.

    *

    Qué más da entonces lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

    *

    Me gustaría saber componer un libro de poemitas muy cortos, fulgurantes, solo para poner en él cosas escogidas, incluso si no las hubiera visto nunca. Puñados de nieve, olas de espuma frías, musgo, escarcha, las huellas de un pajarito blanquinegro, gotas de agua. Un libro recién hecho, fresco como la luz del día. Lo escribiría tan bien que se sobrepondría a su propia inocencia y lo daría de regalo con esas cosas dentro.

     

    Feliz año

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales hace tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera, con respecto a la cual esta de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y pasa a servir de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad terrestre. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se convierten en una luz cristalina, según los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace mucho que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • Un verano en el norte

    A la hora del atardecer, veo a un hombre inmensamente solo en una playa sin fin, de pie en la orilla. Allá en la distancia, alguna pareja, gente con niños. Él, solo; tan solo que lo fotografío. ¿Y tú, Juan, no estás igual? ¡Ah, no! —me digo—: yo estoy haciendo la fotografía.

    *

    Pienso en una literatura que sólo tiene dos temas: o el amor, o el ser. De pronto se me ocurre que los dos son el mismo. Se me ocurre naturalmente, como la ruda sospecha de una fiera: lo venteo, no alcanzo a verlo. ¡Si fuese más lúcido, si hubiese leído más! Pero tengo que conformarme con rondar entre la niebla.

    *

    Los periódicos españoles que cuentan la ruina del país son ellos mismos ruina: fútiles, enfáticos, repletos de gramática bárbara y frases chapuceras, chillando cada uno en favor de su amo. Si informasen de que España florece, igualmente comprenderíamos que yace en la ruina.

    *

    Mi madre se interrumpe en mitad de una frase porque se da cuenta de que está a punto de repetir algo que su propia madre le repetía a ella. Se queda callada, abstraída; supongo que viendo a mi abuela en el recuerdo. «Todos somos iguales —dice al fin—. Es como un libro que ya te has leído».

    *

    En el edificio de enfrente, a la sombra, el viento agita una toalla de playa roja y blanca que han colgado a secar. Lleva dibujado un perrito blanco con pintas negras que mira de lado. Debajo pone: «SO CUTE». El edificio de ladrillo, el viento frío, la habitación en penumbra al volver de la playa, las toallas baratas y las sábanas frescas: esas cosas serán parte del paraíso de algún hombre que ahora es un niño.

  • Lo bello

    En el entresueño de la fiebre, la mañana de Navidad, imagino un viajero que visita un país y luego pasa al país vecino, y después a otro, y a otro, y no encuentra nada que no le desagrade, pieles de mal color, naturalezas desmirriadas, costumbres ruines, comida maloliente, un husmo general de depravación y segunda mano. Por último el viajero desembarca en un país que le alivia, cuyos habitantes parecen hermosos y se entregan a tareas bellas.

    El contento le dura poco, sin embargo: cuando entiende que no hay razón detrás de esta gracia, es decir, que la hermosura le es a esta gente tan impremeditada, tan fortuita, como el dinero a un jovencillo de buena familia. En este país son bellos sin porqué, son vacuos.

    Entonces me despabilo algo —la luz del sol entra por las cortinas la mañana de Navidad— y me pongo a pensar que uno en realidad no busca la belleza, sino su fuente, y de ahí que la belleza lo deje a uno siempre insatisfecho. La posesión de algo bello lo pone a uno junto a lo bello. Pero no es eso; lo que uno quiere es estar en la belleza, conocer la raíz de su diferencia, vivir en lo correcto, ser lo bueno.

    Me incorporo, apunto lo que he pensado, y al cabo de unos días las palabras conservan algo de sentido, ya sin fiebre.

    [El camino]

  • Una cuestión de carácter

    Empiece lo que empiece (la teoría literaria, el bricolaje, la curiosidad por los números primos, un viaje en metro al extrarradio) todas mis meditaciones acaban siendo metafísicas, lo cual es como decir que acaban siendo nada. Se ve que para algunas personas el carácter es un laberinto.