Categoría: Ficciones y prosas

  • Blogobot

    He andado por ahí los últimos diez días, de vacaciones. Algunas de esas cosas que he visto o que he hecho acabarán saliendo aquí. El bloguero es un autómata de un proyecto de digitalización a quien se le ha asignado para volcarla en la red una parcela de realidad analógica.

    Así que en los días que vendrán hablaré de un número indeterminado de olas, de un viejecillo con un pañuelo en la cabeza, una roca marina en forma de camello, una ciudad polvorienta y luminosa, pájaros, bares de barrio. Mi lote de realidad, como el que vuelca un capacho lleno de uvas, en la vendimia.

  • Avellana: su cuaderno de viaje III

    En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
    Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del río, del pináculo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.

     

    El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qué, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos días, nadie le abre.

     

    El arbayán se llama así por la región de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de pájaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si está despejado.

     

    En otra región crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ahíta, embebida de toda su agua.

     

    El camino hasta el pozo del Noc se interna en la montaña a través de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, también en tinieblas. En el centro está el pozo.

    Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podrías tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.

     

    Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje II]

  • Faltas personales

    1/ Bastaría con que el mundo propendiese un pelín más a la abstracción y yo no sería un inadaptado.

    2/ Nunca he querido ser más que nadie. Yo solo quería ser más que yo.

    3/ El mundo es inteligible. Pero lo digo como quien proclama una fe.

    4/ Estoy aquí, en mitad de mi vida, como un hombre aturdido en medio de un gesto porque de pronto ha olvidado su intención.

    5/ Señor, no nos dejes caer / en la soledad.

  • Una historia antigua

    Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.

    Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».

    Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.

    Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.

    [El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:

    Romance del conde Arnaldos

    ¡Quién hubiese tal ventura     sobre las aguas del mar
    como hubo el conde Arnaldos     la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano     la caza iba a cazar,
    vio venir una galera     que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,     la ejercia de un cendal,
    marinero que la manda     diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,     los vientos hace amainar,
    los peces que andan ‘nel hondo     arriba los hace andar,
    las aves que andan volando     ‘nel mástil las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,     bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,     dígasme ora ese cantar.
    Respondióle el marinero,     tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción     sino a quien conmigo va.

     

    Esta y otras versiones conservadas:
    http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]

  • La escuela de Beslán

    Albert Camus deseaba la justicia; a la vez, era consciente de los crímenes cometidos en su nombre. Así que expresó de este modo la quintaesencia de las elecciones morales: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Desde ahí se empieza.

    No hay ninguna razón abstracta que pueda obligar a un hombre a matar a unos niños en una escuela secuestrada, y una vez que ese hombre lo ha hecho, entonces no hay ninguna disculpa abstracta que lo libere de la carga del más espantoso de los crímenes que se pueden cometer contra la más indefensa de las víctimas. En los días que vendrán oiremos cómo unos y otros contextualizan los hechos, cómo se buscan causas, cómo se intenta explicar, cómo se reparten responsabilidades y culpas. Pero nada de eso podrá aligerar el peso del horror de la culpa que cae sobre cualquiera de esos hombres que se han cubierto de bombas y han secuestrado una escuela llena de niños.

    Porque en el fondo, todas esas explicaciones nada tienen que ver. O sí, pero son escolios, marginalia. El culpable es un hombre. No sirve la obediencia debida. No le sirve al torturador que obedece a sus superiores jerárquicos ni tampoco al que obecede el mandato de su patria, o el de Dios, o el de sus muertos que reclaman venganza. El mal en estado puro no puede llamar en su disculpa a ningún mal anterior.

    Ninguna colectividad diluye el tamaño de la culpa sobre los hombros de un hombre que ha decidido entrar a propósito en una escuela cubierto de bombas. Si no entendemos eso y a partir de ahí organizamos el universo moral, estamos perdidos.

    La moral puede llegar a ser una asignatura compleja, pero en el último de los casos nos queda Camus: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Nada puede obligar a un hombre a atacar a su madre. Ni a matar a unos niños. Desde ahí se empieza.

  • Julia y las luces

    La señora Julia tiene una habitación para las luces. Está forrada desde el suelo hasta el techo con baldas de madera oscura sobre las que se alinean las luces en frasquitos de cristal, dispuestas por lugares o por épocas. Una mañana en la playa después de la guerra. Biarriz, una tarde de junio. Muchas en el campo, en verano; resplandores tras la ventana de la escuela; farolas; la luna.

    La habitación es un antiguo vestidor; las luces tiemblan en la penumbra como llamas de agua. La señora Julia ha perdido mucha vista con los años. Entra en la habitación andando despacio y cada vez debe acercarse más los frascos a la cara.

  • Carta de Praga

    Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.

    Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.

    Claro, algún día iremos juntos, seguro.

  • Carta de agosto

    He comido ensalada de garbanzos y pimientos verdes, como te vi hacerla un día.

    A veces imagino que estoy sumergido en una playa de poco fondo y de arena clara, como un vaso transparente. Hay plantas submarinas.

    La gente se echa a andar por la calzada.

    Ayer, a las cuatro o las cinco de la tarde, la luz destellaba. En la puerta del supermercado, a la sombra, una mendiga se había quedado dormida con su niño dormido también, sobre el regazo. El viento caliente le agitaba el pelo y hacía rodar el vaso de plástico por el escalón de la entrada, dibujando círculos. La calle estaba en silencio.

    Duermo con la ventana abierta. Anoche pasé frío. Vienen a la cama todos los ruidos de la noche de la ciudad, pero voy entrando en el sueño y oigo fantasmas de ciudades imaginarias, o de otro tiempo.

    Me paso el día solo.

    Había un hombre delgado, planchado, con camisa de cuadritos azules y el aire de un tonto de pueblo. Esperaba ante el semáforo con pulcritud. Llevaba un pajarito verde y blanco posado en la nuca, sobre el cuello de la camisa.

    He fregado las baldosas blancas, así que ahora puedo andar descalzo.

    Te mando recuerdos.

  • Interpretaciones

    En el metro, miraba por la ventanilla a los pasajeros del vagón que venía enganchado al mío. Arracimados alrededor de una barra, los brazos en figura de espiral, como un molinete o una giràndula, con los ojos abiertos hacia mi sitio y los rostros opacos, sin expresión, o con un vago gesto de sofoco o cansancio ensimismados.

    Escudriñar esa figura densa de mujeres y hombres para sacar un significado, como lo hacía yo, mirar el té, las nubes, las runas, las ondas del agua o los caparazones de las tortugas, son tareas parecidas, modos vanos de sacar sentido de las formas.

    Y sin embargo ese es, en todo o en parte, el trabajo de la literatura.

    Más tarde, dando vueltas por casa, me preguntaré si no es ese, en general, todo trabajo del pensamiento.

  • Saber y cuándo II

    Rebuscando entre las cosas de Avellana mientras él estaba de viaje, en el fondo de un arcón me encontré un tablero de ouija decorado a mano y un vasito de cristal, tapados por una alfombra antigua.

    Funcionaba. Meticuloso como un metrónomo, el vaso me fue reportando sobre el tablero los resultados consecutivos de las bolas que se lanzaron en la ruleta de la mesa 9 del casino de Montecarlo la noche del 13 al 14 de febrero de 1927, desde su apertura hasta la hora de cierre: 7, 18, 21, 0, 36, 8, 11, 13, 33, 1, 14, 31, 20, 20, 10, 23, 3, 12…; algo menos de cien bolas.

    Aquella noche dormí inquieto por causa del asombro. Los días siguientes comprobé que el tablero era capaz de proporcionarme el registro exacto de docenas de partidas de fechas distintas; sin embargo, mi entusiasmo se disipó según fui entendiendo que nunca me adelantaría la de un día por venir.

    La desilusión que siguió tenía que ver conmigo mismo, sobre todo; con la decepción de descubrir ese elemento espurio, el afán de manipulación de la realidad, en lugar del interés abstracto por el conocimiento.

    Por último me dediqué a charlar con el espíritu de otros temas; pero fuera de su campo de especialización, su conversación era tan errática y morosa como la de todos los ouijas, o, por lo demás, la de bastantes encuentros casuales con personas vivas. Al verme decaído, él me propuso pasar a las cotizaciones del mercado del algodón y lino, con las que también sabía desenvolverse, pero conociéndolo a estas alturas, me temí lo peor.

    Ahora he cambiado de opinión sobre el caso, en cierto modo; me tienta creer que quizá, a fin de cuentas, todo conocimiento se refiera al porvenir, y que quizá, en última instancia, todo saber verdadero sea una destreza.

    Cuando faltaban aún un par de días para que volviese Avellana lo devolví todo al fondo del arcón. Tras cerrar la tapa caí en la cuenta de que el tablero debe de ser uno de esos trastos suyos que Avellana llama artefactos metafóricos. Se lo preguntaría, pero no me apetece decirle que he estado enredando entre sus cosas.

    [Saber y cuándo I]