Categoría: Ficciones y prosas

  • Niebla, Fantasma, Ítaca,

    Resaca, Lorena, Pigargo, Gabiola, Habana, Coqueta, La Zorra, Carmina, Roñoso, Ramales, Noroest, Raquero, Nubero: barcas y barcos amarrados al muelle un día gris de Nochebuena.

  • Flaquea la fe del narrador

    En esta fotografía están juntos, de pie, en un prado del norte de España, empinado y muy verde, delante de una ermita o una pequeña iglesia románica. Los dos son jóvenes. La luz del sol sale intensa y fresca, de modo que debe de ser por la mañana temprano, en invierno. Él está señalando con la barbilla hacia un punto que queda fuera de la foto. Deja ver un cuello poderoso y blanco, aunque por lo demás es de esqueleto frágil, y alto. Ella también es alta, pero de aire más terrestre. Gravita más. A la luz de la mañana parece aún más pálida que el hombre. Lleva el pelo, entre castaño y rubio, atado en una cola de caballo, y viste una camiseta malva y unos vaqueros. Tiene un rostro inocente y severo y es hermosa. Mientras él apunta con su gesto, ella está a su lado, inclinándose hacia el suelo como para recoger algo, pero sin soltar la cintura del hombre.

    Por su actitud se nota que hay más gente cerca, además del que tomó la foto. Deben de estar celebrando alguna ocurrencia. Ya he dicho que son jóvenes.

    Estoy al tanto de lo que les sucedió a los dos después de aquel momento, más allá de la foto; cómo continúa su historia y dónde se encuentra cada uno ahora. Pero prefiero no contarla, dejar sin animación esta imagen fija. Porque un relato traza una línea entre una situación de partida y una de llegada; y los ojos del que lo escucha siguen con la mirada la trayectoria entre los dos puntos y sacan sus conclusiones: «Ajá. De ahí a ahí, pasando por ahí. Así ha sido». Y en cambio hoy he meditado que quizá el presente es accidental e informe y que nosotros le buscamos las causas para no trastornarnos. Que ocurren cosas, imparcialmente, como si un viento de galerna dispersara las vidas y las llevase a cualquier parte. Que nada conecta lo que estos dos son hoy con lo que aquel día fueron.

    Volvamos a la foto. Mirémosla de nuevo. Quizá, si hay un sentido, se halla dentro.

  • Post

    Por el borde de una llanura blanca pasa un camino. Al borde del camino hay un coche parado y con las puertas abiertas; un hombre tapado con gorro y con guantes saca del maletero una caja de cartón por la que asoman algunos trastos y una gran bolsa de plástico. Luego el hombre da la espalda al coche y echa a andar cruzando la nieve. Al cabo de un rato, se detiene, posa la caja y saca de ella una estaca de madera. La clava en el suelo, le ata un cordel de bramante y de nuevo echa andar, soltando cuerda. Al cabo de 25 o 30 metros se para a clavar otra estaca, y después repite otras dos veces la operación hasta que ha definido un gran rectángulo sobre el plano del paisaje. Hecho esto, el hombre abre la bolsa, que está llena de una especie de letras grandes de plástico negro —como de algún juego de niños—, y se dedica a dispersarlas metódicamente, como si sembrara. Con el ejercicio está empezando a sudar, y de su boca sale un vaho espeso. Le viene a la cabeza la etimología de la palabra bustrófedon, un modo de escritura que los griegos llamaron así porque les recordaba los surcos que dibuja una yunta de bueyes al arar un campo. Cuando por fin ha terminado, se detiene un rato, de pie en la esquina inferior derecha, a contemplar su obra, un cuadrado blanquinegro y pisoteado en medio de la vasta planicie blanca. Desde el cielo parece un párrafo. Finalmente, saca de la caja una pelota brillante y negra y la encaja sobre la nieve, en su punto exacto.

  • Lo que falta

    He escrito aquí sobre el verano, sobre las plantas y sobre la gente que viaja en los trenes. He hablado de muchachas, de las propiedades de la materia, de relieves mesopotámicos y de playas. He mezclado recuerdos, patos, invenciones, neutrinos, avisos, discos duros, magia, zoológicos, tribunales y mareas. He reflexionado de muchos modos sobre la escritura.

    El amor está detrás de cada una de esas letras.

  • Una aclaración

    No es, como tantos apresurados piensan, que el Blog Celestial de la Contemplación Perfecta esté abandonado. Ni mucho menos. Se actualiza. Un post nuevo cada 120 años.

  • Si la cosa está yo estoy aquí

    La literatura que a mí me gustaría escribir, en su forma más pura, es esa que practican los niños cuando señalan con el dedo, durante el tiempo en que aún no hablan. ¿Los habéis mirado? Ellos ven la cosa —la que brilla, la que suena, la que está, la cosa alta, la lisa, la naranja— y la señalan. Uno, hecho a los gestos del adulto, se pregunta qué quieren de la cosa, pero no quieren nada. Es solamente que la cosa es, y es de ese modo, ahí. Una literatura de la ostensión. Una celebración de la cosa, y a la vez del niño. Si la cosa está ahí yo estoy aquí.

    Escribir de ese modo sería como dar con un camino de vuelta. Porque yo soy ya un habitante de una dimensión teleológica. Mi mundo es una trama de porqués. No se puede escribir pan luz agua mujer piedra, y ni siquiera he ahí una mujer agua como la luz y la piedra, casi ni una mujer sentada sobre la piedra inclina la cara sobre la luz del agua, sino que al escribir hay que ahondar su porqué.

    Si no, no vale. Si dices «aulaga» a un compañero silencioso, él se volverá y te preguntará por qué lo dices. Por nada, respondes. Pero se supone que lo dices para algo, no como un niño, no para manifestar la aulaga, su olor silvestre o su recuerdo, no para revelarla y celebrarla. La palabra no es una epifanía. Se dice por una razón. Viene al caso.

    Es más, parece que en eso consiste precisamente la literatura, en llegar al sitio de donde a mí me gustaría partir. La mejor literatura es una soberbia construcción que acaba manifestando de la profunda verdad de lo presente.

    Qué rodeo más largo; tanto trabajo para demostrar las cosas, las simples cosas que están ahí y que ya no comprendemos con que nos sean, sencillamente, mostradas.

  • La creatividad y el desorden

    En la costa de Bezumbre, región de espíritu inquieto, se les ocurrió someter a crítica el tópico del faro luminoso, y en su lugar erigieron un faro de voz. De este modo, el faro, colocado sobre un islote pedregoso en la boca de la rada de Pretel, avisaba por su bien a los navegantes con su estentórea voz girada: «¡Eh, aquí, cuidado, eh! ¡Aquí hay bajíos! ¡Aquí escarpadas rocas! ¡Eh, eh!». Como el clima de la zona abunda en nieblas espesas, la idea prosperó, y el faro aún perdura.

    Región siempre inquieta, al fin y al cabo, un buen día el faro de Bezumbre sometió a crítica esa inercia monótona de malgastar tan buena voz en gritar voces, y comenzó a cantar. Boleros, habaneras, coplas, tangos arrastrados, fados aprendidos de los marineros. Cualquier navegante que costee por allí oirá su hermosa voz de tenor entre la niebla dándole vueltas a pasiones de hombre.

  • El don

    Yo sé que lo reconoceré en cuanto lo vea. Tengo esa capacidad. Es el don que se me ha dado, como una estrella en la frente.

  • La hierbadiosa o mería

    Los marineros y la gente del puerto de esta ciudad aseguran que quien sabe encaminar sus preguntas acaba encontrando algún vendedor de hierbadiosa, o mería, con la que se hace una infusión muy deseable. No resulta especialmente aromática, y a la vista tiene un aspecto aguanoso y del todo común. Quien la toma nota pronto un calor repentino e intenso en los pies, el rostro y las manos, y a continuación una sacudida brutal de placer en su sexo que dura más o menos tiempo según la virtud de la yerba, pero que en todo caso supera al del coito. Dicen además que la sensación es algo distinta, aunque no se aclara de qué modo. El hombre o la mujer que la toma queda descoyuntado por el placer, y de nada recibe más gusto entonces que de permanecer largo rato en el mismo sitio, reposando.

    A partir de los relatos, no es fácil formarse una idea acerca de su precio. Quienes reconocen haberla probado, mientras lo cuentan, recuerdan para sí y sonríen, como aquel que está iniciado en un secreto.

  • La vida es un zoo.

    Te va mostrando, uno tras otro, personajes asombrosos. La cosa consiste en permanecer siempre del lado bueno de las rejas.