Categoría: Poemas

  • En mayo

    La cereza está en el árbol, la retama en el monte, el azul en el cielo, la amapola al borde del camino.

    Yo aquí. Cada cosa ha llegado a su sitio.

     

    En mayo, la hora que va del día a la noche. La luz que permanece en el cielo, como se encharca una ribera al retirarse el agua.

     

    En mayo, los descampados. Esas flores pequeñas de color azul más-alla-del-azul.

     

    En mayo, el mirlo dice: «Estoy vivo bajo el cielo de primavera. Estoy vivo bajo el cielo de primavera». Y yo, al oírlo, sé que estoy vivo bajo el cielo de primavera.

     

    Copos, alas, espuma, vilanos,
    hebras, briznas, burbujas, rocío,
    trizas, plumas, estambres, neblina,
    sámaras, días, pétalos, espigas.

     

    En mayo, el año pasado, escribí barredura. No sé cómo la palabra me volvió a la cabeza, al cabo de tanto tiempo. La usaba mi abuela: «Échalo a la barredura», decía, por ejemplo. La consulté en el diccionario y ahí estaba, perfectamente ortodoxa. Solo es vieja; ya no se usa.

    Las palabras se mueren y pasan, como las personas. Sería bonito enterrar el cuerpo con sus palabras al lado, las que prefería usar, como hacían los antiguos con el ajuar del muerto. Para que no las eche a faltar más allá, en el otro mundo.

  • Mayo

    Granos, cáscaras, vilanos, pelusas pegajosas y leves, sámaras volanderas, estos días hay semillas de árboles por los rincones, en los charcos, bajo las suelas. Y sin embargo, de entre toda esa barredura se acabará alzando el tamaño de un árbol.

    *

    Todas las tardes levanto la vista y navego
    en la luz de mayo
    allá arriba, en el mar de los pájaros

    *

    Cada día, bajo la luz rojiza, veo que la tarde madura como un fruto. Y, como un fruto, no sé en qué momento llega a su color perfecto. Un poco más oscuro, un poco más rojo. Así hasta la noche.

     

    El cerezo lleva ahí veinte años, más o menos. Este año ha dado seis cerezas. Perfectas, dulces, rojas y redondas, como el corazón frutal de un ángel pequeño.

     

    Ahora que caigo, ese cerezo y este blog deben de tener los mismos años. ¡Si yo hiciese un día un post como una cereza!

     

    Me entero de que hay algo llamado red de niebla. Quizá sirva para atrapar almas que se separan del cuerpo durante el sueño.

    ***

    Una desconocida le pide que la arrope porque tiene frío.

    Me encuentro esto en un periódico:

    En vez de los desconocidos que antes veía a todas horas en su casa, en las últimas semanas lo que Carmen se encuentra a menudo son «chiquillos o una mujer que por las noches me dice que la arrope porque tiene frío. Pero ya no les tengo miedo, sé que son alucinaciones que tengo por la enfermedad».

    Eso le ocurre a esta mujer por las noches, en su casa.

    Es imposible imaginar la extensión de la experiencia humana. Debería haber un altarcillo en cada casa dedicado a la vida de los otros.

     

    [Red de niebla:
    https://es.wikipedia.org/wiki/Red_de_niebla]
    [«La neuróloga que quiere sacar del olvido la demencia más desconocida». El Mundo, 15 de abril de 2024
    https://www.elmundo.es/…/a454f8b45a7.html]

  • El precio

    Matinales neblinas, tardes rojas,
    doradas; noches fulgurantes,
    y la llama, la nieve;
    canto del cuco, aullar de perros,
    silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
    el traqueteo del tren, del carro, niños,
    amapolas, acianos, y desnudos
    árboles de invierno entre la niebla;
    los ojos y las manos de los hombres, el amor y la dulzura
    de los muslos, de un cabello de plata, o de color caoba;
    historias y relatos, pinturas, y una talla.
    Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
    Quizás no sea tan caro.

    José Jiménez Lozano, Elegías menores (Pre-textos).
    [«Diciembre»]

  • Edad II

    El tiempo
    que roe los metales y la carne
    que confunde las ciudades y los días
    y que un día acabará por arrastrarlo todo,
    sabe también ser piadoso.
    Y así descubro, al cabo de los años
    que la vida prescribe.

    [Edad I]

  • Edad

    Palabras, canciones
    placeres de los días
    esposas
    madrugadas
    costas desconocidas
    la hermosa razón:
    cosechas de la edad adulta
    que el tiempo me trae cada mañana.

    El tiempo,
    que se lleva mi vida con dos manos.

  • Al final del verano

    Y bien mirado, son hermosos los días que quedan desde el declinar del verano
    hasta que lleguen las grandes mareas y la lluvia
    cierre nuestros armarios y esconda la luz y los colores claros
    y escriba las playas con su alfabeto ajeno
    y nos devuelva a la costumbre y la madera, y a las quejas noctámbulas.
    El verano corre hacia el invierno como un río:
    este frescor salvífico, este sol que da tregua, el viento entre los árboles,
    la pureza del agua son señales, pero entretanto
    la luz sigue enredándose en el pelo por las tardes
    el calor sonríe en los brazos desnudos
    los rostros sonríen y hemos recordado a los amigos.
    Bien mirado, no están mal estos días prestados,
    estos días robados a la melancolía,
    dulces, tibios, sin el vigor inclemente de la alegría llena,
    iluminados por una gota de conocimiento
    de lo que aguarda,
    el final,
    a la vuelta de estos días.

  • Mitad de agosto

    Días de luz,
    os dejaría marchar
    si supiese
    que íbais a volver cuando os lo pida.

  • Una tarde de julio

    Se acaba julio y con él se acaba el tiempo del poema. Leí un día que el hombre primitivo no vivía verdaderamente en sus días, sino que los pasaba en una especie de devenir, como en un sueño; y la vida, la vida verdadera, ocurría solo en determinados lugares y momentos del año, cuando el hombre participaba del acontecer del mito. Julio es mi mes de estar del todo vivo, el mes en que nací, cuando regresa el ahora.

    Con el poema quería referir una sensación más fuerte en julio. Una sensación, o sea, un hecho de la experiencia interior, una cosa que me pasa. Así que no es una teoría, aunque se deja describir aproximadamente mediante una noción filosófica que ni es mía ni es nueva: digamos, algo así como que el ser es una interfaz, esto es, una superficie de contacto, entre la sensibilidad y las cosas. Como —en otro orden— la belleza, para entendernos.

    Pero se termina el mes y se acaba el tiempo del poema donde tenía que decir aquello que he sentido. Aquí se queda, hasta otro año:

    A este hombre que ve caer la tarde de julio
    se le llena el alma como un espejo
    de luz verde,
    rumor de hojas,
    un cielo vecindario,
    voces de niños a lo lejos,
    viento lento,
    rescoldos de cristal de luz finida.

    Solos sobre el mundo
    la tarde y él,
    el uno por el otro,
    uno.

  • Yo

    Cuando era niño, olía
    como está oliendo ahora.

    Yo soy más verdad
    que el tiempo que me pasa.

  • Una voz en la noche recitando versos por la radio

    Una voz en la noche recitando versos por la radio.
    El rostro hundido en un cuello de muchacha.
    El sabor salado de las letras de un párrafo.
    Una tarde de verano en Alemania.

    De mi infancia, un domingo de sol y campanas,
    y en el cielo una brisa de palomas


    Vosotras, mis cosas,
    ¿vendréis a mí ese día, cuando os llame,
    como un rey que ha caído en la batalla?


    ¿O no,
    y tendré que pasar, entonces, solo?