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  • Agosto

    Abajo, en la calle, está llegando la noche. A esta luz no puede distinguirse un hilo blanco de un hilo negro, como dice el Corán. Hace calor, y al verano aún no se le nota que va herido. Por la ventana abierta llegan voces de muchachas. Hablan con los chavales, hacen que disputan, vocean, se ríen. Por una esquina pasa despacio un hombre con un perro.

    No se enciende ninguna luz porque nunca hace falta, una noche de verano, si tus amigos están dejando de ser niños, en un barrio de cualquier ciudad, mientras en las casas se hace la cena y se llenan con ruido de vajillas los patios de luces. Como siempre.

    ¿Quién dice que el tiempo pasa?

  • Pregunta

    El cianuro, ¿engorda?

  • Ahora que no estás,

    tu sombra queda, olorosa y frágil, enredada tiernamente entre mis cosas.

  • Un juego

    En casa, Estrella, de año y medio, está jugando sola en el comedor. Se empina, alcanza el mando a distancia de la televisión, se lo lleva al oído como si fuese un teléfono móvil y se pone a hablar con toda seriedad: «¿Naná, naná na a burun, papa babao?».

    Pablo, a quince kilómetros de allí, está solo en su mesa de la oficina, estudiando unos documentos. Levanta la cabeza, alcanza el mando a distancia del aire acondicionado y contesta: «¡Hola, bonita! ¿Te lo pasas bien?».

  • «Soy el oso de los caños de la casa,

    subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.

    Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas.

  • Punto de vista II

    En el tren de cercanías va dormida una joven china. No con el sueño incómodo de estos casos, sino con un abandono inocente, como la que está en su cama.

    Es una mujer china, ya digo, dormida en un tren. Una figura cualquiera. En alguna parte saben su nombre, piensan en ella mientras no está, la esperan. Quizá para alguien ese rostro único se confunde con el rostro del mundo. O quizá no.

    No puedo saber si ella tiene esas cosas. De mí sí puedo. Me miro ahora a mí mismo —miro las manos que sostienen el periódico abatido sobre mis rodillas— y me lo pregunto. Y sí, tengo esas cosas.

    La ventana del tren atraviesa Madrid. Vuelvo a mirar a la mujer dormida. ¿Y ella?

  • Lo inefable

    La primera hoja caída, en lo alto del verano. La primera luz que se fatiga al final de la tarde. La primera mañana de sol suave. El primer recuerdo de otros veranos.

  • «Ciencia astral

    Su mundo, casi de nada y nada,
    de fantasmales supercuerdas
    en el espacio decadimensional,
    extrañeza, color, espín y encanto —
    pero cuando tiene dolor de muelas,
    el cosmólogo,
    cuando se disipa en polvo de nieve
    en St. Moritz,
    come ensalada de patatas
    o se acuesta con una señora
    que no cree en bosones,
    cuando muere
    se evaporan los cuentos matemáticos,
    las ecuaciones se derriten
    y él vuelve de su má allá
    a este mundo
    de dolor, nieve, placer,
    ensalada de patatas y muerte.

    Hans Magnus Enzensberger,
    Los elixires de la ciencia (Anagrama, p. 106).
    Traducción de José Luis Reina Palazón

  • El juicio

    El acusado se est� explicando. Es un hombre vigoroso que ahora mismo se deshace en llanto: describe las noches sin dormir, las llamadas inapelables de las voces. Ha hecho cosas terribles. La sala calla, sobrecogida y absorta. El presidente del tribunal, muy concentrado, garabatea en un papel.
    El acusado clama con los ojos elevados hacia la luz cenital; habla de lo santo, de los estigmas de sangre, de la purificaci�n y el anhelo. Entonces el juez, desencajado, descubre que de entre sus garabatos err�ticos surgen los contornos brumosos de un rostro de mujer p�jaro de grandes ojos vanos, una cruz marina y los redondeles esbozados de cuatro monedas.
    El juez se levanta despacio, se dirige al acusado, que lo mira serenamente acercarse, y por �ltimo los dos se abrazan de pie, en medio de la sala.
    Al d�a siguiente, a nadie le sorprende la absoluci�n tumultuosa.

  • Inteligencia

    Tan listo, tan listo, que le expropiaron la cabeza. A veces la inteligencia no da la felicidad.