El problema no es —piensa el brujo— si la magia existe, o no. El problema es que la tecnología funciona mejor que la magia, he ahí la cuestión.
Categoría: Viajes
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El camino
De la ciudad se sale por la puerta del este, a una zona de terrenos baldíos. Pasada una loma que oculta la vista de la muralla, la carretera empieza a discurrir entre campos de cereal y barbechos, y sigue así durante bastante espacio hasta dar con las estribaciones de la sierra, que no es muy alta. Esta se cruza por un paso angosto; más allá, el clima se vuelve seco y frío, y las ciudades son pocas, aunque pobladas. Después empiezan las grandes masas de bosques, leguas de bosques sin señal de habitación humana hasta su frontera natural, que es el río Labulay, a cuyas márgenes se han establecido pequeños poblados de pescadores.
En esta zona, el río se puede pasar a través de un solo puente, ante el que han erigido una alta puerta de mampostería donde se paga el pontaje. En la otra ribera comienza una inacabable llanura de pastos ralos que llega a donde alcanza la vista; pero más allá, y todavía después del horizonte y aún más allá hay lugares remotos, como se difumina la mañana en la distancia, y se suceden enseñas extrañas, animales infamiliares, voces extranjeras y costumbres desconocidas; se atraviesan empalizadas, se vadean corrientes, se salvan quebradas, se pagan diezmos y portazgos; se siguen los caminos, los rostros, los pozos, las vestimentas, los dioses locales y las caravanas.
Por último está el mar, la costa solitaria con un embarcadero donde algunos barcos cruzan el Estrecho sobre el mar azul y desembarcan en la otra orilla, escarpada y pedregosa y sin rastro de hierba, tras la que se alza, en el centro de un campo llano, una puerta que da entrada al Paraíso, y que se abre a un ancho país donde la gente, poca, vive en medio de prados espesos, bosquecillos deleitosos, colinas suaves y lagos que espejean. La vida es feliz, los atarcederes numerosos y templados dejan paso a las estrellas nocturnas, y en el aire tibio se oye siempre una música. Nada más se puede pedir. Pasadas unas colinas herbosas repletas de pájaros, unos cuantos arbustos de madera rojiza crecen tan apretados que forman una especie de seto natural, y más allá de este seto hay una puerta.
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Avellana: su cuaderno de viaje IV
Avellana saldrá una noche de casa después de cenar, contra su costumbre. Para aclararse la cabeza con el aire fresco. Andando, llegará a donde se cruzan cuatro calles y es obligado escoger; pero él duda. No quiere renunciar a ninguna de ellas; entonces toma las cuatro a la vez.
De aquí en adelante andará por cuatro caminos distintos; vale decir, vivirá cuatro vidas. En una de ellas no me trae libretas anotadas para que yo las mire; en otra se encontrá una piedra azul en unas bardas al borde del camino; en otra es un cascarrabias sedentario y fantasioso; en otra es un pájaro.
Avellana saldrá de casa una noche y tomará cuatro caminos, y de cada uno, otros cuatro, y otros más, todos los que tema abandonar. Siempre alejándose de este punto, el de partida.
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Avellana: su cuaderno de viaje III
En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del río, del pináculo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qué, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos días, nadie le abre.
El arbayán se llama así por la región de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de pájaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si está despejado.
En otra región crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ahíta, embebida de toda su agua.
El camino hasta el pozo del Noc se interna en la montaña a través de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, también en tinieblas. En el centro está el pozo.
Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podrías tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.
Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.
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Julia y las luces
La señora Julia tiene una habitación para las luces. Está forrada desde el suelo hasta el techo con baldas de madera oscura sobre las que se alinean las luces en frasquitos de cristal, dispuestas por lugares o por épocas. Una mañana en la playa después de la guerra. Biarriz, una tarde de junio. Muchas en el campo, en verano; resplandores tras la ventana de la escuela; farolas; la luna.
La habitación es un antiguo vestidor; las luces tiemblan en la penumbra como llamas de agua. La señora Julia ha perdido mucha vista con los años. Entra en la habitación andando despacio y cada vez debe acercarse más los frascos a la cara.
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Avellana: su cuaderno de viaje II
La pasión nacional en Hanu es un deporte que se juega en las grandes playas, sobre la arena lisa y húmeda que descubre la marea baja. Es una mezcla de representación y de batalla táctica, y, en esencia, lo que importa —lo que dirime las partidas y el público sigue con fascinación— son los dibujos que trazan sobre la arena los pies y los bastones agudos de los jugadores. Se juega los fines de semana, y a las partidas concurren cientos de curiosos.
Terminado el juego, a la luz menguante de la tarde, algunos aficionados estudian el desarrollo de la partida caminando sobre la arena desordenada, siguiendo con la vista el surco de una maniobra envolvente que conduce a unas pisadas bruscas rodeadas de terrones, el rastro de un amontonamiento apresurado, unas huellas de pasos que componen hexágonos tácticos. Leen una escritura sobre la arena que narra una historia de tretas, apuestas, derrotas inauditas y victorias ingeniosas.
La marea alta limpiará enseguida con su mano de agua toda esa memoria de lances y caminos que se entrecruzan, y dejará lisa la playa como una tablilla impoluta de cera dispuesta a ser usada como si fuese la primera vez.
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El destino en Milagán
El río Aynn desemboca en el mar a través de las tierras llanas de Yakipur, lo que hace que la corriente, ancha y lenta, se divida en multitud de brazos que acaban formando el delta del Aynn. En este laberinto de agua se encuentra la ciudad de Milagán, que tiene el último embarcadero del río, aunque en él solo atracan lanchas, barcas y chalanas grandes de fondo plano.
Milagán es una antigua ciudad de casas de madera. Del mismo muelle sale una calle que la cruza por la mitad hasta el barrio que llaman de los Curtidores, una nervadura de callejas cada vez más estrechas ocupadas sobre todo por algunos talleres, pequeños comercios y prostitutas. En uno de esos callejones atiende la señora Mandelbrot, la adivina, echadora de cartas y quiromántica, al final de una escalera tortuosa a la que se llega después de doblar el último recodo de una serie de pasillos que se apilan y bifurcan en medio de crujidos de vigas y solados polvorientos.
La señora Mandelbrot recibe al viajero de frente, sentada a solas en el centro de una habitación; le toma la mano con delicadeza y se inclina sobre ella para seguir con la vista sobre la maraña de las líneas de la palma el itinerario que lo ha traído hasta aquí, y entonces le relata un destino fantasioso solo por darle gusto, porque lo que ella ha visto en lo hondo del cerebro del viajero es una explosión de flores lógicas que se ramifican y se abren por delante de él según la forma de un fractal eterno.
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Marina
Nada más triste que esas ciudades de las que ha huido el mar. Te enseñan un cantil derruido y te dicen: «Mira, eso era el muelle». O «en ese hierro amarraban los barcos». O te señalan la línea antigua de la orilla, que ahora es un rastro calizo. A veces se ven costillares de barcos sobre el polvo; otras veces los esqueletos son más melancólicos, como paseos embaldosados, barandillas o faroles despintados.
Qué decirles. Sólo puedes desviar la vista hacia el suelo y agitar pesadamente la cabeza. Pobre ciudad, destinada al olvido.
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La creatividad y el desorden
En la costa de Bezumbre, región de espíritu inquieto, se les ocurrió someter a crítica el tópico del faro luminoso, y en su lugar erigieron un faro de voz. De este modo, el faro, colocado sobre un islote pedregoso en la boca de la rada de Pretel, avisaba por su bien a los navegantes con su estentórea voz girada: «¡Eh, aquí, cuidado, eh! ¡Aquí hay bajíos! ¡Aquí escarpadas rocas! ¡Eh, eh!». Como el clima de la zona abunda en nieblas espesas, la idea prosperó, y el faro aún perdura.
Región siempre inquieta, al fin y al cabo, un buen día el faro de Bezumbre sometió a crítica esa inercia monótona de malgastar tan buena voz en gritar voces, y comenzó a cantar. Boleros, habaneras, coplas, tangos arrastrados, fados aprendidos de los marineros. Cualquier navegante que costee por allí oirá su hermosa voz de tenor entre la niebla dándole vueltas a pasiones de hombre.
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La hierbadiosa o mería
Los marineros y la gente del puerto de esta ciudad aseguran que quien sabe encaminar sus preguntas acaba encontrando algún vendedor de hierbadiosa, o mería, con la que se hace una infusión muy deseable. No resulta especialmente aromática, y a la vista tiene un aspecto aguanoso y del todo común. Quien la toma nota pronto un calor repentino e intenso en los pies, el rostro y las manos, y a continuación una sacudida brutal de placer en su sexo que dura más o menos tiempo según la virtud de la yerba, pero que en todo caso supera al del coito. Dicen además que la sensación es algo distinta, aunque no se aclara de qué modo. El hombre o la mujer que la toma queda descoyuntado por el placer, y de nada recibe más gusto entonces que de permanecer largo rato en el mismo sitio, reposando.
A partir de los relatos, no es fácil formarse una idea acerca de su precio. Quienes reconocen haberla probado, mientras lo cuentan, recuerdan para sí y sonríen, como aquel que está iniciado en un secreto.
