Categoría: Viajes

  • La primavera

    Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

    Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

    Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

    Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

    Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

    *

    Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

    *

    Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

    *

    Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

    *

    Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

    *

    Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

    El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

    *

    «Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

    La cursiva es mía.

    *

    Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

     

     

     

    [La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
    «El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
    https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
    El séptimo sello. Tarde de verano
    https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
    No quiero que este día acabe
    https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]

  • Vuelta a casa

    El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

    *

    Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

    *

    Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

    *

    «Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

    *

    A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

    *

    No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

    Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

    La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

    *

    Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

    Feliz año.

  • Los puentes

    Por lo que respecta a mi conocimiento del mundo, intentaré expresarme con una alegoría. Un hombre se despierta una mañana, va a la cocina, se llena un vaso de zumo y sale al jardín. Sentado en una silla de madera, oyendo a los pájaros, comprende que aún no ha despertado: sigue de pie en la cocina, dando cabezadas, esperando a que hierva el agua en la cafetera, soñando un jardín. ¿La cafetera? Hace años que no usa la cafetera. Entonces sí, se despierta sentado al borde de su cama, la boca pastosa, con la habitación aún a oscuras. Busca a tientas su ropa en el suelo. O no; quizá no está sentado en su cama a oscuras.

    Algo así. Cada día un paso más lejos del engaño pero no más cerca de la verdad.

    *

    Toda proposición lingüística intenta fijar para la inteligencia una forma del mundo. Al hablar se afirma que cierta parte del mundo es de cierta manera: un papel tirado en la calle, ese árbol del patio, el otoño, las personas, las despedidas. Se afirma, como si se supiese.

    Yo escribo, es decir, implico que sé. Pero pronto veo que no sé. Y vuelvo a hablar y no sé. Y la verdad es que no sé. Sin saber, me quedo mirando cada mañana el mundo en mi ignorancia. Todos los días me entrega mi ignorancia un mundo nuevo.

    *

    Escribo junto a la puerta de la terraza, abierta. Oigo un trino que no he oído nunca, alegre. ¡Pitchí-pitchí! Entre las hojas veo la sombra nerviosa de un pajarillo y me quedo muy quieto para no espantarlo. A lo lejos, le contesta un trino igual. ¡Pitchí-pitchí! Silencio. «Por favor, sigue cantando», pienso. ¡Pitchí-pitchí! Ya no está.

    Se me ocurre que ha venido a escribirse él mismo en medio de este post.

    *

    Algo que tengo de niño —o de presocrático—: no acabo de comprender que el mundo cambie. Que se alarguen las sombras, que se vaya la luz de la mañana, que nazcan y mueran las personas, que suba la marea.

    *

    El mundo existe porque los dioses lo piensan, largamente. Un pensamiento cuyo encadenarse hace girar los efectos y las causas. Pero los dioses poderosos, saturados de la ebriedad del ser, propenden a la quietud. Especialmente en el cambio de las estaciones, su razón se calma y el mundo se enlentece. Si se parara, desaparecería.

    Los mandolios son un pueblo escuálido y acuciado que cree en la magia imitativa. Al comienzo del otoño y morir del verano su trabajo es tender puentes. Trenzan cuerdas, embarrilan vino, se embarcan, cimientan, siembran, escriben los índices de los libros, engendran, injertan. Todo es plan, puente, viaje, porvenir. Alrededor de la cintura se visten una cadena de metal con un eslabón blanco. Creen que esa perseverante repetición ritual suturará el abismo en la continuidad del mundo.

    Hasta los cielos ascienden las oraciones bisbiseadas de los mandolios, el rumor de sus tejemanejes y el humo de su incienso. Los dioses vuelven curiosamente su mirada hacia estos seres ínfimos y su extraño atareamiento y sus continuidades minúsculas, y el engranaje tremendo de la razón divina poco a poco hace retemblar el universo. De ese modo tan inocente, por los mandolios, el mundo sigue.

  • El bosque de Hoz

    En el pueblo de Hoz, entre la costa y el gran bosque oscuro, a veces sucede que alguien se apena, se extravía. En un almanaque atrasado, un hombre lee la propaganda de un muestrario de colores: amarillo de Nápoles, púrpura real, carmesí de alizarina, tierra de Siena, azul de ultramar. Estos nombres, piensa, vienen de un mundo mejor, relumbran bajo cielos desconocidos. Hojea las ilustraciones del almanaque. Se va a acabar el verano. El hombre en mitad de su vida siente de pronto como si una cosa muy grande se hubiese perdido.

    Duerme poco y sin reposo; calla; apenas come. Para él ya nada es igual, sin saber por qué. En el pueblo, sin embargo, han visto más veces el caso y saben cómo arreglarlo. «Mira, ve a ver a la antigua muerte del bosque. Ella te dirá».

    La muerte va por la tierra llevándose el aliento de todo lo que vive, grande y pequeño, carne o planta. Pero en el curso de los años también ella se deja el vigor. A partir de los cien empieza a equivocarse, se demora, renquea. Con siglo y medio decide retirarse. Vendrá otra más joven, más afilada.

    La muerte se retira a una cabaña en un claro del bosque de Hoz. Allí pasa los años dedicada a sus cosas, igual que cualquier labriego de la zona. Cada vez más anciana, trae agua del regato, atiende a los cerdos, cose su ropa, se sube trabajosamente al tejado para recolocar las tejas, que hacen goteras. Una tarde está sentada a la puerta de casa tallando un zueco. Bajo los árboles del borde del claro ve a un hombre de pie, detenido, la cara pálida de espanto.

    Empieza a caer el sol; es un día tranquilo del final del verano. Cantan los pájaros. Al cabo de un rato, el hombre se decide a cruzar el claro y presentarse a la muerte, con enorme respeto.

    Después de un poco de charla cortés, ella le pregunta por el motivo de su visita y el hombre le abre su conciencia.

    La muerte ha visto mucho en sus años de tarea. Ha cruzado mares, ha tomado vidas sin número, ha oído lenguas. La muerte sabe mirar en el interior de las personas y de las cosas. Se queda callada y pensativa durante un rato, sacando virutas de la madera, hasta que empieza a hablar. Le dice al hombre lo que necesita oír. Él abre mucho los ojos, inclina la barbilla sobre el pecho, levanta la vista a los árboles, le da las gracias profusamente a la muerte, agradecido de corazón y, con la mirada puesta en el suelo y el pensamiento en su propia vida, se vuelve hacia el pueblo.

    A partir de ahí seguirá con su vida, cuyo hilo ha recobrado. Si se encuentra a otro en una situación parecida, no podrá ayudarlo, porque el consejo de la muerte lo atañía estrictamente a él. Solo puede indicarle el camino y encarecerle que recurra a ella.

    Ella sigue vieja y frágil en su casa del bosque, apenas un murmullo entre los árboles. Lejos de Hoz, un día, a la muerte que sucedió a esta muerte le llega a su vez la hora del retiro y emprende el largo viaje cuyo final es el sendero que sube al claro de la cabaña. Su último trabajo será llevarse el aliento de su antecesora, que la ha visto salir de entre los árboles y la está contemplando con resignada tranquilidad, como siempre lo ha hecho todo.

  • La garza

    La auténtica felicidad es la inminencia de la felicidad.

    *

    Un hombre que va leyendo un libro ve una garza en la orilla del río. Se acerca sin hacer ruido y, cuando está bastante cerca, grita: «¡Luna!», y la garza levanta el vuelo.

    *

    Por aquellos años vivíamos en medio del arte. Diálogos de cine, todo amor con su canción de fondo, ninguna mascota sin nombre de novela. En los bares fumábamos y hacíamos críticas. Yo creía que las obras eran herramientas, reflejo y análisis de la vida. Pero eran un lugar de la vida: allí donde nos reuníamos, la habitación donde nos gustaba meternos a vivir.

    *

    Otro hombre ve una garza en el río. Grita «¡interjección!» y la garza levanta el vuelo.

    *

    Conozco gente de talante intelectual, gente bienintencionada, que actúa como si hiciese falta conocer el código de la circulación para que a uno le atropelle un coche.

    *

    He apuntado: «Me reencuentro con una vieja metáfora». Pero no he anotado la metáfora; seguramente porque era lo de menos, y lo importante, la sonoridad de la frase. Siempre he tenido debilidad por la pura fantasía lingüística. Una vez, de niño, me enteré de que en las noches australes brillaba una constelación que se llamaba la Cruz del Sur. ¡La Cruz del Sur! Repetí cien mil veces ese nombre, y todavía se me ensancha el corazón.

    *

    Nunca la he visto, la Cruz del Sur. Nunca he llegado tan al sur; y me doy cuenta de que no me urge.

    No es que la realidad no alcance el poder del ensueño. Ni tampoco al revés. Es que son dos cosas distintas, como un mismo nombre que llevan dos personas.

    *

    Un personaje emplea su vida en aprender cómo hay que vivir. Cuando lo averigua, querría que todo comenzase otra vez desde el principio.

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    En Milagán, cada vez que muere un sabio se enciende una estrella en el cielo. Sus noches están alumbradas por los muertos.

    *

    Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto. Un destello de verde umbrío por el rabillo del ojo y una ráfaga de aire reviven repentinamente un jardín de otra parte de Europa, de otro tiempo, delante de mí. Un sol vertical sobre un panorama de azoteas rojas, un callejón con ropa tendida y olor a mediodía, una tarde mitigada que arrastra de lejos las voces de los niños, una valla de madera agrisada por los días, una luna que blanquea los tejados; y es, de pronto, como si estuviese en aquellos sitios.

    Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto y muchas veces camino por ella.

    *

    Un verano no termina porque se gaste, sino porque se cumple.

  • Antes los días eran más largos

    Cuando yo nací los días eran más largos; podrían durar el doble o el triple que ahora, no sabría decir con exactitud.

    Por aquellos años, el agua del mar era verde clara y no estaba tan fría. Los animales te hablaban con una voz razonable, como el que ha vivido mucho en esta vida. Los extraños eran amistosos; los automóviles se conducían solos. Por toda la ciudad crecían jardines: el rincón donde una mujer había plantado una mata de fresas, el alcorque con un solo girasol, el cementerio bajo los tilos, enormes quintas de indianos pobladas de melancolía. Se cultivaba una rosa cuyo olor inspiraba recuerdos ficticios, pero vivaces como una herida.

    La música acompañaba al engranaje del mundo. Al girar las estaciones, sonaba una música; al soplar el viento, sonaba una música; había música en la deriva de los barcos, en las estrellas, en los pájaros, en el sucederse de la noche y el día; música en los ríos y música en la lluvia que los hacía correr y en las mareas, y tú podías atender a una u otra o escucharlas todas a la vez, como una armonía.

    Por aquella época construyeron el arco de piedra que cruza el fiordo. A la lancha tranvía le llevaba una mañana recorrer los canales desde el muelle del arco al Colegio de Astrónomos y volver. La gente le tiraba monedas y flores por divertirse.

    Nunca llovía por la mañana, lo que suponía una gran conveniencia.

    Hay que decir que los peligros eran inmensos, aunque se avisaban con anticipación y redundancia. Los doctores fumaban como antorchas. La corriente eléctrica fallaba a menudo, la moneda era débil y las máquinas no tenían pensamientos.

    Era un mundo romántico. Lo que nunca había llegado a ser se confundía en la bruma con lo que había sido.

    Detrás de la ciudad se abría el campo. Saliendo por la puerta del Este, la carretera se alejaba entre cereales rubios y colinas azules en la distancia, y más allá, bajo una nueva música jamás oída, desaparecía en el desierto ilimitado, principio de un universo ignoto que aún no había llegado a las páginas de los libros, en aquellos días por escribir, tan largos, mucho más largos de lo que son ahora.

     

    [Antiguamente las cosas no eran como ahora:
    https://avellana.neunoi.com/2016/08/antiguamente-las-cosas-no-eran-como-ahora.html
    El camino:
    https://avellana.neunoi.com/2005/03/el-camino.html]

  • Fresas bajo la nieve

    Trajimos las primeras fresas del año y aquellos días volvió a nevar. Comimos las fresas bajo la nieve.

    Cierro los ojos y me imagino una miríada de estrellas girando como estorninos arracimadas en un cielo azul remoto, y un hombre que las mira.

    Los domingos a mediodía mi edificio está en silencio. Un domingo empecé a oír algo como un tañido levísimo de campana dentro de casa. No conseguía averiguar de dónde venía. Lo encontré por fin en la cocina. A. estaba desgranando despacio una granada en un bol de loza. Eso era, cada grano que caía en el bol blanco. Ese tañido puro. En el silencio.

     

    Esto es tirar líneas de un punto a otro; escoger dos hechos y unirlos con la mirada.

     

    Toda la literatura consiste en tirar líneas. Consiste en ver y en no ver.

    ***

    Una noche, llegando a casa, me llamaron para decirme que se había muerto una conocida. Al rato se cortó la electricidad en todo el barrio y me quedé a oscuras, a la luz de las velas. Pensé en naderías; sentí muchas ganas de estar vivo: lo anoté en este cuaderno.

    Unos días después le hicieron un pequeño homenaje. Para ilustrarlo, usaron una foto suya de hace algunos años, sacada de la solapa de un libro. ¡Si se lo hubiesen dicho entonces, mientras se la tomaban!

    Qué foto quedará de mí, pensé. Qué imagen cualquiera de mi vida se fijará para siempre, de qué día entre tantos.

    Me gustaría escoger esa foto. O mejor: «¿Puedo hacer una etopeya? ¿Puedo retratarme por mis gustos? ¿No os parecen un retrato fiel de lo que fui?». «Sí, muy bien, adelante». Fantasear. Silbar canciones. La arena. Las etimologías. Tener esperanzas. Esa cancioncilla que se llama Sweet Lorraine. Las enumeraciones.

    ***

    Los nusios no conocen la Muerte. Igual que nosotros, pongamos por caso, no conocemos un ser que se llame el Nacimiento, ellos desconocen la Muerte. Dirán su muerte, la muerte de aquel, esa muerte de ahí. Para ellos, la muerte no es una divinidad, sino un daimon: una muerte única, pegada a la persona, intransferible.

    Se aparece como un bibliotecario barbudo, como una canción, como una vendedora de espejos, como un ajedrecista, como un presentimiento. Una mujer pelirroja con una aljaba llena de flechas; una barca de madera entre la niebla; una comadreja; una nube con una forma insólita; una pantera sangrienta. La muerte de un nusio no habla al corazón de todos, como nos pasa a nosotros; no los interpela; no los hermana. Esa gente extraña, los nusios, que muere tan sola como ha vivido sola.

    ***

    Se sabe que el mejor lugar para esconder una manzana es un cesto de manzanas. ¿Y si el Paraíso estuviese a la vista de todos, disimulado entre los pliegues de este mismo mundo, y bastase con seguir un itinerario de puntos en el orden correcto (una progresión de acordes, un hecho de la infancia, el nombre de una estrella, la música de un pájaro, una laguna…), un punto tras otro tras otro, línea tras línea, para dibujar una figura que revelará el rostro de la infinitud?

  • Invierno

    Este muro está tibio; le ha dado el sol durante todo el día. Una isla de tibieza en un mundo de invierno.

    Las piedras entibiadas por el sol. El pan del sábado por la mañana. La sien de una persona, cuando la tocas con los labios. El hueco del gato sobre la manta. La madera de un embarcadero cuando la pisas descalzo.

    *

    Alunado: (adj.) Dicho de un animal: supuestamente enfermo por haber estado expuesto a la luz de la luna (DLE).

    *

    Una estrella: la roja Antares.

    *

    Es sábado, una vivísima mañana gris de invierno. Mi dormitorio se llena de luz lechosa, resplandeciente, de un blanco puro sin sombras. El agradecimiento brota semejante al agua, sin ninguna razón, sin dirigirse a nadie, como un canturreo. Agradezco lo que tengo.

    *

    Por medio de esta mujer se pueden soñar los sueños de otros. Una noche sueña un paisaje de lomas verdes salpicadas de bosquecillos; o su sueño es un barrio enrevesado con casas de muchas puertas; su sueño es una plaza bulliciosa de muros rojos; su sueño es una biblioteca de estancias altas y cristaleras aéreas; su sueño es un trasatlántico de rumbo despacioso, y así noche y noche. Cuando la soñadora se duerme, cualquiera que duerma puede ir a su sueño y cruzar a través de él hasta el sueño de otro. Ella los conecta.

    La soñadora no lo sabe. Se despierta confusa, cansada pero satisfecha, con una borrosa sensación de larga vida y variadas maravillas.

    *

    El primer mes del año es muy importante. El mundo está cerrado en su cáscara seca. Fuera corre un viento amargo; hace frío. Pero un día se apartan las nubes —con un hueco basta— y se abre el azul. Un sol limpio y sin color cae sobre la nieve y sobre las gotas, las adulza, se derriten suavemente, se infiltran en la tierra con blandura hasta que la cáscara reseca se empapa y se conmueve y en el mundo nace el comienzo de una duda, una lejana luz, la posibilidad de una vida nueva o una esperanza; rizomas verdes que al principio son diminutos pero que debajo en la oscura tierra crecen y crecen y se fortalecen sin pausa hasta que un día los veamos emerger como una sorpresa, pues lo que va a ocurrir en mayo empieza ahora. Y las personas atentas y con una sensibilidad especial notan cierto día de enero ese levísimo cambio de gravedad, el giro en el corazón del mundo. El primer mes del año es tan importante por eso.

  • Noviembre

    En la cama, a oscuras, me vino al pensamiento una idea que había anotado aquella tarde. Luego me adormecí. Según bajaba al sueño, desdibujadamente, comprendí que mi idea era otro hecho más del día, igual que la señora que dejaba pasar los trenes en el andén del metro, el gato gris en la ventana de un entresuelo, la primera luz que asomó por el este. Como si el día hubiese sido un poema hecho de hechos y mi texto uno de sus versos.

    *

    Lago del Verano, lago del Otoño, lago de la Bondad, del Dolor, de la Excelencia; lago de la Felicidad, del Gozo, del Invierno; lago de la Blandura, de la Lujuria, de la Muerte, del Olvido, del Odio, de la Perseverancia, de la Soledad, de los Sueños; lago de la Esperanza, del Tiempo, del Miedo, de la Primavera. Estos son los lagos de la Luna.

    *

    Se puede pensar el mundo, por supuesto, pero ese pensar es otra pieza del mundo. Al mismo nivel de los objetos del mundo. No está por encima del mundo.

    *

    Hechos del mes de noviembre: el arcoíris sobre la isla de Mouro, en la bocana de la bahía gris de Santander. Una mujer embellecida por la esperanza. Las siete hierbas del otoño en Japón: el trébol en arbusto, el susuki, el arruruz, el clavel salvaje, la patrinia, el cáñamo y la campanilla china. Aldebarán.

    Mi madre en su sofá, al alcance del teléfono, tapada con una manta, viendo llover.

    Esta admisión: que la realidad no me necesita.

    *

    Un pensamiento, una mentira, una cita, un sueño, un recuerdo, una enumeración, una estrella.

    *

    Cada estación tiene sus pensamientos. En septiembre yo suelo soñar con las islas, por ejemplo. Noviembre es para el futuro, como diciembre será del recuerdo.

    *

    Un hombre en Cornualles disfruta del superpoder de la bilocación, esto es, encontrarse en dos sitios a la vez; solo que el segundo sitio es siempre un mismo punto 100 millas al noreste de Estaca de Bares, en medio del Cantábrico. Esta inconveniencia le hace descender hasta el nivel ciento treinta y cinco en la clasificación de superpoderes del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.

    (Los niveles inferiores de esa clasificación abundan en curiosidades: hay quien adivina a ciegas los premios de sorteos de lotería que ya se han celebrado, o quien tiene el superpoder de ponerles nombres adecuados a los niños, enamorar a los gatos, entender poemas en lenguas extrañas, cantar, reconocer rostros entre la niebla, conservar la paciencia).

    *

    «… los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo». Borges, en «Una rosa amarilla», en El Hacedor. Treinta años he llevado esta cita en algún bolsillo de la memoria, y empiezo a entenderla ahora.

    *

  • El final

    Ayer llovió por primera vez sobre la playa. Las mañanas son frías; el sol es suave y amarillo. La oscuridad llega temprano. Las estrellas del cielo van perdiendo sus nombres.

    En la calle dicen que se están marchando los pájaros.

    Las mareas han derribado un lienzo de la muralla del puerto. La ciudad está triste, notoriamente callada. Apenas se ven por la calle marinos forasteros. Al caer la noche no se encienden los faroles de los restaurantes ni las guirnaldas de luces bajo los emparrados. Hay una sensación indefinida de nostalgia y pérdida, como si una promesa antigua ya hubiese sido.

    La casa —donde había una mujer— está vacía. En el suelo del dormitorio siguen sus sandalias de playa.

    El jardín parece enfermo; algunas hojas están cogiendo un color de oro o de tierra.

    En fin, el mundo es otro. Algunos abandonan la ciudad con sus enseres y sus hijos, siguiendo a los pájaros. Cada día parte un tren nocturno, que va repleto.

    Con la bajamar, un monstruo marino ha varado en la dársena; el olor de su carne blanquizca se difunde por al aire hasta los arrabales.

    En el mercado había esta mañana un predicador vestido con un ropón de estameña. Hablaba a voces, subido a unas cajas de madera. Decía que esto pasará. Juraba que habrá más frío, que vendrán días oscuros y morirán todas las hojas; pero que un día todo lo volveremos a ver como era antes.

    Ojalá fuese cierto.