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Citas
Ocurre a veces que uno entra en una habitación vacía y nota, intensamente, que algo acaba de pasar, no se sabe qué; algo que acaba de haber y que se desvanece ante los ojos en el aire invisible, ahí donde no hay nada.
Por Azúa, fui a ver una exposición de las fotografías de Henri Lartigue. Muchas parecen la repetición incansable de un propósito: retener el instante, fijar el salto, levantar acta de un soplo, parar la vida al vuelo. No conforme, Lartigue rellenaba cuadernos, hojas sueltas y álbumes donde prendía imágenes y anotaba los días también con palabras.
Muchos años después, en las fotos de Lartigue yo he encontrado olas que rompen al sol de la mañana, jóvenes detenidas y hermosas, amigos, novias, juegos y juguetes. Una bella vida que fue. No la vida, esta que es. Y sin embargo, la sensación feliz de su inminencia, la gracia de la vida que acaba de irse. Algo que quizá, se me ocurre, sea lo máximo a que pueda aspirarse con los medios del arte.
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Yo también soy muy dado a guardar imágenes y tomar notas. Un día anoté, por cierto, esto:
Por entonces Antonioni también solía usar una Polaroid. Recuerdo que en el curso de una localización de exteriores en Uzbekistán donde queríamos rodar un film —que finalmente no hicimos— regaló a tres ancianos musulmanes las fotos que les había tomado. El más viejo, nada más verlas se las devolvió con estas palabras: «¿Qué hay de bueno en parar el tiempo?»
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Esta agudísima frase de Banksy: «Todos los artistas están dispuestos a sufrir por su trabajo; pero ¿por qué tan pocos están dispuestos a aprender a dibujar?».
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Cuando encontré su tumba en el cementerio de Montparnasse, al leer su nombre en la lápida junto al de Simone, me puse a llorar. No de pena, desde luego, aunque tanto echo de menos a ambos cada vez que vuelvo a París y recuerdo nuestras cenas en la calle del Odeon, las charlas interminables y las risas. ¿Cómo podría lamentarme por ellos, cuando tanto les admiré y tanto enriquecieron generosamente mi juventud? No, supongo que lloré de gratitud y sobre todo de asombro. El asombro porque los que aún estamos ya no estamos del todo y de que aún siguen estando los que ya no están.
Fernando Savater en El País, recordando a Cioran.
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No hay un Borges menor. En una breve reseña, entonces dice: «… una tristeza de atardecer en la llanura, de ríos barrosos, de recuerdos inútiles y precisos». Es verdad; qué gran tristeza.
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La semana pasada, a la entrada del Puente de Toledo: «Es mi madre, ya; pero a veces me entran unas ganas de darle un collejón…». Se lo iba diciendo una mujer a otra.
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El otro día estuve hojeando cuadernos antiguos. Escribí titulares de periódico, pormenores del día, sueños, cifras, dibujos, fechas, versos, todo mezclado sin criterio. Algunos apuntes, tan olvidados, me sorprenden como si los hubiese escrito otro. Pasé una tarde muy agradable de visita en casa de una amiga enferma, que me dio mandarinas; aquella misma noche, al ir a apagar la lámpara de mi mesilla, mi mano me rozó la cara y me devolvió, en la oscuridad, el olor dulce de las mandarinas.
Un taxista recoge a una señora en Diego de León. La señora se sube al taxi y pide que la lleve a tal calle; que cuando lleguen a Cuatro Caminos ya le indicará ella. Llegados allí, el taxista se vuelve para preguntar, pero la señora ha muerto.
«El mundo me trata injustamente o yo no entiendo lo que quiere decirme», anoto (¡con ironía!). Anoto que mi novia trae la piel morena de las vacaciones y lleva un vestido dorado y verde. Una adivinanza (en Marruecos): estás dentro de una cosa pero no puedes entrar en ella. Una anciana, en una droguería, me explica que la vida tiene un límite.
Son cosas de mi vida. Mi vida, y sin embargo intrigante y bella, mi pequeña vida.
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A punto de terminar este post, Elvira me envía una cita de Sábato, que acaba de morir en Argentina:
Y sin embargo el hombre carece hoy, como nunca quizá, de un ámbito mítico-poético que ampare la existencia. No me estoy refiriendo a «ideas», sino más bien a un cuenco para llenar de vida; una trama donde ir sembrando la existencia, manifestándola.
Una trama, decía yo.
- [Félix de Azúa, sobre Lartigue y Kértész:
http://www.elboomeran.com/blog-post/1/10565/felix-de-
azua/como-los-meteoros-de-michel-tournier/] - [La exposición de Lartigue:
http://hoyesarte.com/exposiciones/2/9332-caixaforum-madrid-
exhibe-la-obra-fotografica-de-jacques-henri-lartigue.html] - [Poemas del río Wang: Las Polaroid de Tarkowsky. Por cierto, un post extraordinario. Mirad las imágenes de Tarkowsky:
http://riowang.blogspot.com/2010/06/tarkovskys-polaroids.html)] - [La frase de Banksy, en Wall and Piece (Century), p. 10]
- [Fernando Savater: «Un hombre asombrado… y asombroso» en El País, 30/03/2011:
http://www.elpais.com/articulo/cultura/hombre/asombrado/
asombroso/elpepicul/20110330elpepicul_1/Tes] - [La cita de Borges, de «Carl Sandburg», en Textos cautivos (Alianza)]
- [El espejo]
- [La cita de Ernesto Sábato, de España en los diarios de mi vejez (Seix Barral), p.178]
- [Félix de Azúa, sobre Lartigue y Kértész:
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El mundo en primavera
Como ocurre a veces, una racha de buen tiempo se adelantó a la primavera. Después volvieron el frío y los días oscuros, y hubiera parecido que toda resurrección se malograba. Pero en el lecho de tierra y bajo el tronco leñoso la vida renovada, a escondidas, seguía su curso, porque tal es el ser de las cosas.
Volverán a lucir días felices, y no porque esperes ningún raro favor de la fortuna, sino porque ése es el ser de las cosas. También la felicidad forma parte de la máquina del mundo.
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El mapa
Junto a las murallas de Troya, Héctor se despide de su mujer y de su hijo, un niño que aún no habla. Héctor va a besarlo, pero él se asusta de su padre, terriblemente vestido para la batalla. Es un detalle delicado, tierno y raro en medio del estruendo de bronce de la Ilíada. Recuerdo bien cómo lo señalé en mi memoria. Pensé que era algo mío; luego crecí y supe que muchos otros habían pensado lo mismo.
En mi mapa del mundo, como un portulano medieval, al llegar a la Ilíada hay una marca muy grande, y en el canto VI se ve el dibujo de un casco empenachado, un escudo, una mujer y un niño. Mi mapa del mundo unas veces coincide con el de otros, a veces no. Hay desiertos en blanco donde se esperaría una reunión de monumentos y, en cambio, una esquina cualquiera de un arrabal del mundo se hipertrofia.
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Está la azotea despintada donde ondea al viento la ropa tendida; esos planos de Manhattan donde Woody Allen mira cómo Mariel Hemingway se peina, en el portal de su casa; una columna en la última página de El Norte de Castilla, hace muchos años; un tiesto pequeño con un cerezo dentro; El Hacedor, de Borges; el coche rojo que se compró mi padre; un embarcadero de madera en una playa; un cuadro de Hammershoi; la entera ciudad de Venecia; una mañana en un piso del Rastro; una poza de agua que ha dejado la bajamar entre dos rocas; Brahms; los primeros compases de una canción; sobres de azúcar dentro de un bolso viejo; la calavera de un animalillo bajo la tierra de un jardín, al pie de los árboles. En el mapa hay pintados dragones y monstruos.
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El mapa, por lo que veo, está hecho de tiempo y sitios, no de sitios solos. El camino entra y sale del espacio y la memoria.
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Yo soy un sentimental agradecido. Fiel, con terquedad, a lo que una vez fue. Es duro admitir impasiblemente que lo que ha sido ya no es, pues concede que tampoco existe lo que está siendo ahora.
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Como el hombre salvaje, el niño vive en un presente perpetuo que se repite en ciclos. Lo que se aprende al envejecer es la Historia. Lo que parecía perdurable resulta ser sólo un largo hábito. Las tramas, las situaciones, una familia, las personas que tienen un rostro y una voz salen del escenario y van a disolverse en el recuerdo. Si acaso, retornan en la oscuridad del sueño.
Bajo la ducha, me acordé a medias de algo muy lejano, en otra ciudad y otro tiempo. Pensaba: a veces no sé si mi vida la he soñado o la he vivido.
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Un día escribí que una ciudad es un hábito. Pero todo es un hábito, si uno espera lo bastante. Hasta la física.
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Según se alarga la vida, según se acumulan las peripecias, las personas, los sitios y las tramas, el cuento de la vida se fractura. Sin unidad de acción, ni de escenario, ni de tiempo, perdida la unidad de intención, si es que la hubo, la vida se va volviendo una cosa más y más inarticulada, y por tanto, crecientemente incomprensible.
Lo cual no comporta la infelicidad. Creo que se trata de vivir por partes. Recuerdo que una amiga me describió un ejercicio actoral, en un curso de iniciación al teatro: caminar a ciegas por el escenario, fiándose de la mano del profesor en el hombro. A algo así me refiero. A vivir sin saber. La mano en el hombro es la vaga experiencia.
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El camino entra y sale del espacio y la memoria: puede que en la vida real uno vuelva a un sitio y no haya nada semejante al dibujo del mapa. Todo ha cambiado, excepto yo. Pero en lo que toca al sentimiento de la vida, esto es, en lo que toca a su valor, será mejor que uno se ate, como Ulises, a su voz interna, sin atender a las otras; la que dice: «Lo que una vez fue, será para siempre».
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Terminan los días de esplendor de la Ciudad de Poniente
Desde las atalayas dieron la voz de que llegaba la tormenta de entresiglos, pero en la ciudad nadie recordaba la canción para desviarla. Los sabios fueron a los sótanos de la biblioteca y sacaron las oraciones crujientes de un cofre taraceado, pero vieron que no sabían leerlas. Levantaron las losas de la Catedral y desenterraron los huesos blancos que antiguamente habrían hablado, pero ignoraban el arte de disponerlos con sentido y animarlos. Por último, buscaron por toda la ciudad a una doncella de la familia del rey que llevase una marca sobre el labio.
La encontraron en un palacio antiguo, entre las casas altas de la ciudadela. Era una niña pelirroja. Ella misma les abrió la puerta y se los quedó mirando con tristeza. No, esa canción no la sé. Soy una niña, visto a mis muñecas con vestidos de tela violeta y oro; sueño con mi primo mayor, del que estoy enamorada. Tengo un gato blanco y negro y un árbol en el patio. Lo siento.
Los sabios de la Ciudad de Poniente bajaron entonces al adarve de la muralla y se sentaron a contemplar la venida de la gran tormenta que, a lo lejos, desbarataba los tejados de las villas y en la mar negra hundía los barcos.
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Un post encontrado
Hay aquí una playa muy larga que se queda aislada en invierno, cuando las lanchas no tocan en el embarcadero. Ha sido un día crudo de lluvia y frío, pero al atardecer el sol blanquizco asoma por debajo del cielo de plomo y alumbra el mar y la arena. Durante meses esto está solo. En la pared del bar del embarcadero leo: «La escritura es nuestra manera de estar juntos». Y la fecha: 5 de diciembre de 2010.
Está estarcida con pintura blanca sobre las tablas negras. La frase remeda unos versos de Pessoa que conozco bien: «Ser poeta… es mi manera de estar solo». Quienquiera que se haya acercado por estas soledades a escribirla es aún más raro que yo, que he llegado hasta aquí para leerla.
Yo hubiera debido escribirla, quizá; pero yo no he sido; yo no soy así, tan, digamos, escenográfico. Y sin haberlo escrito, ni pensado yo, comprendo que es exactamente lo que debería decir este post liminar, hecho en la semana que va de Navidad a Año Nuevo, entre lo viejo y lo nuevo.
Feliz año.
[Y como es usual en las felicitaciones, aquí se acompaña la foto.]
[Página sobre Pessoa donde viene «Yo nunca guardé rebaños», de Alberto Caeiro. ]
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[¿Y lo prometido? Iba escribiendo con disciplina para cumplir mi promesa cuando me encontré en la playa un post mejor, así que tuve que cambiar de idea. Pero lo prometido está por aquí, más o menos escrito, y es deuda, y no la olvido.]
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Continuará
Desde hace tiempo procuro publicar al menos un post por mes, de modo que en el calendario no quede un mes vacío. Es un hábito y un símbolo. Sin embargo, este noviembre han venido a estorbarme varias cosas. Si publicase más a menudo, no importaría; pero yendo así, como por el alambre, un resbalón es la distancia de ser a nada.
Una vez por mes, aunque el blog lo tengo mucho más presente que eso. Muchas de cosas que se me cruzan, en el día o por la cabeza, se me ocurre traerlas aquí. Las anoto o incluso las escribo. A veces acaban en el blog y, comúnmente, no. Me las imagino como piezas —esbozos— esparcidas por la mesa de un relojero o de un tallador. Las pinturas callejeras, la ciudad de Poniente, una película brasileña, un tema alemán, el origami, las metáforas, una línea, los planes inacabados y los niños: de alguna de esas cosas hubiera podido hablar. Aunque ya no este mes, seguiré y las contaré todas.
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A Garbancito no piséis
Durante un tiempo viví en una casa, allá en un barrio de Madrid. Un día me fui y ya no volví más, ni a la casa ni por el barrio, y así pasaron estos años. Hasta el otro día, que volví a recoger una carta importante.
Repetí el camino de tantas veces: el metro, el trasbordo, el metro, la cuestecita, el callejón, las escaleras, el patio interior, las otras escaleras; y según se desplegaba el camino, parecía como si el pasado se fuese desplegando al paso dentro de mí.
Ya no vive en esa casa nadie que yo conozca. Recogí la carta, y en la calle me paré a mirar. Es un lugar tranquilo, con cuadros de hierba pelada aquí y allá y algunos árboles. Empezaba a anochecer. La luna estaba alta en el cielo límpido de la tarde, gris, azul y rosa. Todo era como antes pero nada era igual. No lejos, en la misma calle, la voz de una mujer empezó a cantar: «Pachín, pachín, pachón, / mucho cuidado con lo que hacéis…».
Me senté en un banco, un poco más adelante, y apunté estas cosas en una libreta porque no quería que se me olvidaran. Un par de minutos. Y luego me fui.
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Septiembre y las mareas
Recuerdo la primera vez que vi la expresión las grandes mareas equinocciales. Fue en una carta, por los tiempos en que se escribían cartas.
A estas alturas del sur aún no es otoño. Entre el verano y el otoño debería haber un nombre para otra estación, breve, esta de la hermosa declinación. A la flor del cerezo, a la luna de agosto o la nieve, añadir la arena blanca y fría y el sol amarillo.
Aquí no es todavía el otoño de las lluvias, sino, como en un par de versos de Septiembre, un verano maravillado, dulcemente triste que aún se sostiene en pie junto a las rosas. September, digo, una de las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, cuya letra son unos versos de Herman Hesse.
Buscando esas cosas encontré otras. En este foro de buena conversación, Puerto, de M.ª Victoria Atencia:
Escucho las campanas del puente de los barcos:
septiembre es mes de tránsito y una goleta viene
a llamarme a las islas, o el cuarto se desplaza
lentamente. ¿Quién parte
junto a los marineros o quién roza mis muebles?
(…)Y hay poemas de Eugénio de Andrade o Eloy Sánchez Rosillo, y más. Venga, otro:
Tendré que hablar del espíritu del otoño
ahora que septiembre
ha llegado a su fin.
(…)
¿Será la belleza
el espíritu del otoño? Hay un límite
para el hombre, un límite
para soportar el peso del mundo.
De la belleza, de la bárbara
orgullosa belleza, ¿quién sabe defenderse
sin miedo de que le reviente el corazón?(El espíritu del otoño, de De Andrade. Aquí, ya digo, el poema entero). Esta es la página de M.ª Victoria Atencia, escritora asombrosa. Y esta traducción de las Cuatro últimas canciones, no sé si justa, pero bella. Y por último Swartzkopf: September, claro.
Como lo que en las playas dejan las mareas.
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Volver
En el jardín de Ko está la flor del recuerdo. Es una flor sencilla, de pétalos blancos parecidos a los del crisantemo, aunque más grandes. Si se inspira hondo, su olor leve hace brotar de la oscuridad del olvido un recuerdo que inunda todo el presente con la reviviscencia perfecta de algún momento bueno, traído al azar. Vuelven, por supuesto, besos, caricias y hechos sublimes bajo la luz de las estrellas; pero lo más corriente es que vuelva el frescor de una copa, el olor de la tinta de un libro nuevo, el ruido de unos pies descalzos sobre el suelo de casa, el crujido de un pan, un pájaro pintado en una enciplopedia, las olas golpeando mansamente un espigón, la solución de un acertijo, una voz amable que dice «lo hemos traído», un cascabel de plata que da la nota la, el sol en la cara, un desayuno en una terraza en un puerto del sur, un cielo sin nubes poblado de vencejos, una vela blanca que gualdrapea, una gran ciudad vista desde el aire, el tacto de una piedra pulida por el agua; buenos momentos que uno tuvo y ya no.
El jardinero de Ko, si pasa por al lado, de cuando en cuando la huele un instante y sigue con lo suyo, como el que agita con la mano una mata de menta o el que abre y cierra una caja de música.
