• Experiencia

    La experiencia es la gran maestra. Pero toma solo algunos alumnos, según parece.

  • Lemas

    Si este blog lo encabezase un epígrafe a modo de divisa, hace tiempo que yo hubiera puesto aquella frase de John Berger, «Merece la pena correr el riesgo de ser tomado por ingenuo». Y este párrafo de Chesterton:

    No hay coraje alguno en atacar a las cosas caducas o anticuadas, no más que en atacar a tu propia abuela. El hombre de veras valiente es el que desafía a las tiranías jóvenes como la mañana y a las supersticiones frescas como las primeras flores.

    Últimamente, habría añadido esta, luminosa, de C. S. Lewis: «Toda la realidad es iconoclasta».

    Y por fin esta otra, de Juan de Mairena: «Después de la verdad —decía mi maestro— nada hay tan bello como la ficción».

     

    [John Berger, El País/Babelia, 23/09/2000.
    G. K. Chesterton, What’s Wrong with the World.
    C. S. Lewis, Una pena en observación.
    Antonio Machado, Juan de Mairena.]

  • Descubrimiento

    El otro día estuve en medio del campo de Castilla. Desde que tengo recuerdo he ido y he venido a través de Castilla (para ir de mi tierra a casi cualquier sitio hay que subir al otro lado de las montañas y cruzar Castilla), pero creo que por primera vez en mi vida he andado a solas, no por una carretera ni por una vía de tren, sino con el trigo a los dos lados hasta el horizonte.

    Fue el último día de sol de primavera. No había un alma en la distancia y no se oía otra cosa que el viento fresco que sonaba en los oídos, al final de la tarde. Sentí que era un sitio profundo donde uno podía sentirse alegre y libre. Me recordó al mar, tan lejos.

  • Antiestigia

    De un tiempo acá, tengo la sensación de que una ninfa me hubiese sumergido en el agua y me hubiese vuelto vulnerable por todas partes, excepto quizá el talón.

  • Motivos para creer

    Los escritores políticos más despreciables son los de la prosa lírica. Muchos carecen de instrucción y claridad de criterio, pero la naturaleza les ha dotado del talento de aglomerar adjetivos y nombres en una acreción donde resplandecen amaneceres, dolor, canciones, multitudes, estrellas, pétalos, sudor y humo: una bola de símbolo sin traducción lógica que detona en el cerebro animal del lector y le conmueve con un poder superior al de cualquier razonamiento menesteroso.

    Es el mismo modo de operar de un publicitario o un músico; solo que estamos adiestrados para dudar de la veracidad práctica de esas artes abstractas, mientras que los artículos de prensa pasan por razonamientos, ya que se nos presentan ahí mediante palabras escritas.

    Lo que me preocupaba últimamente era que, un paso más allá, la conversación política parecía migrar desde la palabra a la imaginería audiovisual. Con Una verdad incómoda, de Al Gore, empecé a tener la sensación de que la discusión —política, no ideológica o ética— se estaba yendo del terreno del logos al del mito: es decir, una contraposición de fábulas en vez de pensamientos. Entonces, en nuestra última campaña electoral vi cómo el partido del gobierno se mudaba con frescura de la propaganda a la publicidad y contrataba directamente a la Sra. Rushmore para que vendiese al presidente como un producto. El resultado era estupefaciente: «motivos para creer», «somos más», «no es lo mismo», «soñar con los pies en la tierra», «vivimos juntos, decidimos juntos», etcétera, fueron los eslóganes de campaña. Una bola de emociones sin denotación lógica dirigidas a producir, aglomeradas, una borrosa impresión paralógica. La oposición contestó con vídeos y el gobierno contraatacó con más vídeos, de modo que pudimos asistir al despliegue de una pedagogía política semejante a los capiteles de las iglesias románicas: toscas figuras de rasgos grotescamente hipertrofiados para representarle las pasiones elementales a una muchedumbre sin palabras.

    Uno de aquellos días apareció el Yes, We Can, el vídeo de Black Eyed Peas en apoyo de Obama. Incidentalmente, tuvo la virtud de dejar en cueros al show-business local, que, para su mala fortuna, por entonces andaba justo en lo mismo. Pero lo esencial es que me pareció una pieza de un talento y una belleza conmovedores. Y ahí me he quedado colgado, dándole vueltas, con el expediente todavía abierto. Hoy lo he vuelto a ver.

    Ahora bien: de las muchas cosas que ese vídeo me da para pensar, la política no es una de ellas. Yo caigo rendido ante la gracia del montaje y la luz de esos rostros y esa música, y también ante la idea de civilización y esperanza que lo anima; y sin embargo, preferiría un mundo en que ese vídeo fuese ineficaz como herramienta política, un mundo donde la gente se avergonzara al distinguir que intentaban liarla con las mañas del arte. Porque un mundo donde la política se discuta en el terreno irracional del arte no es necesariamente un mundo mejor: puede ser el ecosistema idóneo para un mal pintor austriaco, pongamos.

    *

    Como en mi post anterior, también esta vez sabía de una manera mucho más eficaz, más rápida y mucho más artística de contar lo mismo que he contado. Se trataba de enviar a una página partida en dos, así:

    Dos vídeos de youtube lado a lado en la misma página

    Con un vídeo a la izquierda y otro a la derecha, y ya. Desistí por varias razones, aunque en el fondo, el caso es que a mí mismo me repelía colocar a la misma altura, pared con pared, a un negro demócrata norteamericano y a un adolescente vestido de nazi. Por lo demás, mientras buscaba copias por Youtube de la extraordinaria secuencia de Cabaret, me encontré con que el espacio de los comentarios estaba infestado de elogios nazis, y así se me fueron del todo las ganas de juegos. Que una falsa canción patriótica alemana compuesta por dos judíos norteamericanos con el fin de ilustrar el ascenso del mal devenga en una exaltación de orgullo nazi es una prueba desoladora del poder transfigurador de la música y la épica y, en general, de las mistificaciones de la emoción y el arte metidas en política.

  • Non sum

    Me encontré sin querer esta página de Amazon que vende la traducción al inglés de Las preguntas de la filosofía (que no he leído), de Fernando Savater. Escrita en un idioma extranjero, perdida de su contexto, la primera frase del libro:

    «Recuerdo muy claramente la primera vez que de verdad comprendí que tarde o temprano tendría que morirme».

    resplandecía como el principio de una gran novela. Así que seguí leyendo y leyendo hasta donde Amazon me dejó leer gratis. A mí me parece que Savater es un extraordinario narrador de ideas, esto es, un gran escritor. Mientras recorría esas páginas de muestra volví a sentir —no me suele pasar a menudo, ahora que me he hecho mayor— que la literatura, esto es, la forma en que se dispone lo que se está diciendo, puede servir por sí misma para generar conocimiento, lo cual me parece asombroso.

    Por lo demás, el final del primer parráfo hizo sonar una campana: la revelación de la muerte a un niño de diez años es, sobre todo, el descubrimiento de su carácter personal. Y en eso pensaba, justamente, cuando escribí hace un par de semanas el párrafo del anacoluto (parece que Savater es un poco más precoz que yo). Se me ocurrió aquella inconsecuencia de la gramática como el correlato visible de una aporía fundamental: la imposibilidad lógica de encajar la muerte en la vida de uno —valga el pleonasmo— vivida en primera persona. Es decir, en la mismísima vida.

    La vida de otros es un relato que concluye en su muerte. «Él fue y un día dejó de ser»: en esos términos, la razón puede responder sin problemas, aunque sin mayor convicción. En cambio, la vida de uno es propiamente la vida. Experimentada, no oída ni vista. Y es esa vida, la vida por antonomasia, aquella que nos sirve para imaginar las de los otros, la que termina en una dislocación lógica por donde no se puede seguir.

    *

    Al final me he acordado de otra cosa. Siempre me estoy acordando de otras cosas que se ramifican y entroncan con mis cosas, hasta el punto de que yo creo que escribo borrando, y no escribiendo. Digo que me he acordado de un epitafio latino que me crucé hace muchísimo, cuando estudiaba latín vulgar, y que me impresionó tanto que nunca no lo he olvidado.  «Quod fueram, non sum»: Lo que fui, ya no soy, le habían hecho decir los romanos al muerto, en su lápida. Algo imposible. Al final, podía haber borrado el post entero y haber copiado esas cuatro palabras que explican mucho mejor que yo todo lo que he dicho.

     

    [El primer párrafo de Las preguntas de la filosofía, en su versión original en español:

    Recuerdo muy bien la primera vez que comprendí de veras que antes o después tenía que morirme. Debía andar por los diez años, nueve quizá, eran casi las once de una noche cualquiera y estaba ya acostado. Mis dos hermanos, que dormían conmigo en el mismo cuarto, roncaban apaciblemente. En la habitación contigua mis padres charlaban sin estridencias mientras se desvestían y mi madre había puesto la radio que dejaría sonar hasta tarde, para prevenir mis espantos nocturnos. De pronto me senté a oscuras en la cama: ¡yo también iba a morirme!, ¡era lo que me tocaba, lo que irremediablemente me correspondía!, ¡no había escapatoria! No sólo tendría que soportar la muerte de mis dos abuelas y de mi querido abuelo, así como la de mis padres, sino que yo, yo mismo, no iba a tener más remedio que morirme. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan peligrosa, tan incomprensible, pero sobre todo qué cosa tan irremediablemente personal.]

  • Una danza

    De este cuento de aquí abajo, Stardust, han hecho una película. La simpatía definitiva por una persona o una cosa puede empezar por el detalle más nimio. Esta película, por ejemplo, me estaba pareciendo una historia divertida y bien contada, cuando dos personajes se marcaron un baile, en la cubierta de un barco, a la luz de las antorchas, mientras en un gramófono sonaba esta música que es un viejo capricho mío, y así me encariñé:

    Antonín Dvořák, Danzas eslavas, n.º 6.

  • Escribo en Mices

    Blogger tiene un sistema para conservar borradores, pero yo no lo uso. Por eso, una vez que lo usé (¡en 2005!), el apunte se me ha olvidado, ahí guardado, durante estos años. Apenas recuerdo muy borrosamente lo que cuento en él. Va tal cual; lo he retocado lo justo para hacerlo legible. Es una curiosidad:

    Estoy intentando escribir un post en las peores condiciones, con un teclado extranjero, en una trastienda sudorosa, procurando abstraerme del ruido de las las máquinas de aire acondicionado, de espaldas a una ventana cuya luz perturba la pantalla de ordenador, muy de prisa porque solo tengo unos minutos. Entonces me doy cuenta de que un hombre ha venido a sentarse justo detrás de mí, en el alféizar de la ventana. Eso me pone más inquieto. No porque él pueda leerme (no entendería nada de lo que escribo), pero así todo.

    Miro con disimulo y es un chino, un oriental con una camisa granate. Está sentado con la espalda apoyada en el cristal. Tiene en brazos un niño dormido y mira al frente con imperturbabilidad. Yo vuelvo a mi trabajo, tratando de no notar su presencia en mi nuca.

    Y el hombre se pone a cantar. En voz bajita, suavemente. Insistentemente. Me detengo, dejo de escribir. De ese modo me entra la calma. Y la escena, bien mirada, se vuelve maravillosa. Detrás del hombre hay un patio con un jardín. Los clientes del cíber estamos a nuestras cosas. El hombre está cantando.

  • Stardust

    Uno lee: «Voy a decirte tres cosas verdaderas. Dos de ellas te las diré ahora, y la última es para cuando más la necesites. Tendrás que juzgar por ti mismo cuándo será eso», y recuerda de pronto cómo eran los cuentos.

    [Stardust, Neil Gaiman.]