• Una danza

    De este cuento de aquí abajo, Stardust, han hecho una película. La simpatía definitiva por una persona o una cosa puede empezar por el detalle más nimio. Esta película, por ejemplo, me estaba pareciendo una historia divertida y bien contada, cuando dos personajes se marcaron un baile, en la cubierta de un barco, a la luz de las antorchas, mientras en un gramófono sonaba esta música que es un viejo capricho mío, y así me encariñé:

    Antonín Dvořák, Danzas eslavas, n.º 6.

  • Escribo en Mices

    Blogger tiene un sistema para conservar borradores, pero yo no lo uso. Por eso, una vez que lo usé (¡en 2005!), el apunte se me ha olvidado, ahí guardado, durante estos años. Apenas recuerdo muy borrosamente lo que cuento en él. Va tal cual; lo he retocado lo justo para hacerlo legible. Es una curiosidad:

    Estoy intentando escribir un post en las peores condiciones, con un teclado extranjero, en una trastienda sudorosa, procurando abstraerme del ruido de las las máquinas de aire acondicionado, de espaldas a una ventana cuya luz perturba la pantalla de ordenador, muy de prisa porque solo tengo unos minutos. Entonces me doy cuenta de que un hombre ha venido a sentarse justo detrás de mí, en el alféizar de la ventana. Eso me pone más inquieto. No porque él pueda leerme (no entendería nada de lo que escribo), pero así todo.

    Miro con disimulo y es un chino, un oriental con una camisa granate. Está sentado con la espalda apoyada en el cristal. Tiene en brazos un niño dormido y mira al frente con imperturbabilidad. Yo vuelvo a mi trabajo, tratando de no notar su presencia en mi nuca.

    Y el hombre se pone a cantar. En voz bajita, suavemente. Insistentemente. Me detengo, dejo de escribir. De ese modo me entra la calma. Y la escena, bien mirada, se vuelve maravillosa. Detrás del hombre hay un patio con un jardín. Los clientes del cíber estamos a nuestras cosas. El hombre está cantando.

  • Stardust

    Uno lee: «Voy a decirte tres cosas verdaderas. Dos de ellas te las diré ahora, y la última es para cuando más la necesites. Tendrás que juzgar por ti mismo cuándo será eso», y recuerda de pronto cómo eran los cuentos.

    [Stardust, Neil Gaiman.]

  • El anacoluto

    En el centro de mi pueblo está la plaza y en medio de la plaza hay un arco, exento. Parece de todo corriente, pero nadie vuelve a ver a quien lo cruza. Se ha ido. Y si ha ido a alguna parte, no se sabe adónde, porque nunca se ha vuelto a ver a nadie que lo haya traspasado.

    Un día me despedí de mis amigos, me dirigí hacia el arco, y nunca se le ha vuelto a ver.

  • Tarde de invierno

    La calle de Alcalá a la caída de la tarde

    Una tarde de invierno en Madrid.

  • Menú Escher

    • Consomé blanco y negro.
    • Sopa de estrellas al reflejo de carpa.
    • Pato relleno de pato relleno.
    • Aire de pez volador.
    • Rodaballo Moebius.
    • Carpaccio de colas de espaghetti con mermelada de naranjas dobles.
    • Tiras de fideo en su propia salsa.
    • Estrellado de huevos de pularda.
    • Corazones de cebolla caramelizados.
    • Mousse hueca a la esencia de agua.
    • Puré de dulce de puré.
    • Consomé blanco y negro.
    • Sopa de estrellas al reflejo de carpa.
    • Pato relleno de pato relleno.
    • Etc.
  • Oído por ahí II

    En la barra de un bar de copas, a las dos o las tres de la mañana, una voz dice: «Yo era un veterano de guerra hasta que me enamoré».

    [Oído por ahí I]

  • Sobre la correcta fundamentacion de las demostraciones matematicas

    Toda esta península hasta el golfo de Sirma está habitada por pueblos de raza augina, entre los que descuellan los revos y los busos, malquistados por la religión. Inusualmente, esta diferencia puede resolverse en términos racionales, ya que los desencuentros cosmogónicos arrancan de una distinta estimación de la precesión equinoccial de la Tierra. Un viajero imparcial podría sentirse impulsado a concluir la disputa por vía de demostración matemática; podría componer con sus cálculos un memorial y atosigar con él a las autoridades religiosas y civiles de ambas tribus, subirse a un plinto en el ágora y aventar su razón a voz en cuello; pero se desgañitaría en vano, puesto que está instalado en el error y ha escogido seguir el procedimiento incorrecto.

    El procedimiento correcto de demostración matemática requiere, en primer lugar, quebrar las líneas de la hueste contraria, que la larga hoja de la lanza haga saltar los dientes de los héroes y que sus rodillas se doblen sin vida. Hecho esto, hay que tomar la ciudad. Una vez que los supervivientes en fuga se han dispersado por los montes vecinos, es preciso incendiar los templos de los dioses, aplastar las estatuillas de los lares, arrastrar los estandartes por el barro, entrar en la oscuridad de una cueva sagrada de la ciudadela y hallar al daimon que anima en lo hondo el ser de la ciudad. En el momento que el hierro se entierre en el corazón del demonio y éste se desvanezca, en ese instante un velo de ilusión y embotamiento comenzará a desprenderse de los ojos de las gentes de la ciudad vencida, ante los cuales empezará a resplandecer, para unos primero, para otros más tarde, la clara evidencia de la razón matemática.