• Afonismos III

    La vida es una ciudad a la que ya nadie llega para quedarse.

     

    ¿Qué tiene una mosca que decir sobre el mundo?

     

    Si fuese verdaderamente original no lo entendería nadie.

     

    Variaciones: Una verdad es como un templo.

     

    Eximente: Estaba bajo la influencia de un tango.

     

    Sobre un escudo: Hago lo que puedo, que siempre es poco.

     

    Lo peor de la cobardía es que es interminable.

     

    Por si fuese poco no escribir como uno quisiera, encima, convivir con la conciencia de que uno es inferior a lo que escribe.

     

    Si Dios hubiera hablado una vez, seguiría hablando siempre.

     

    [Afonismos II]

  • Lomografía

    Hace un tiempo intenté una serie de posts que llamé Lomografía, porque eso intentaba: reproducir —de palabra— fragmentos de imágenes con que me cruzaba. Enseguida tuve que dejarlo, quizá por un problema técnico inherente al asunto, quizá porque lo mío sea la fotografía de estudio, quién sabe.

    Así todo, he seguido anotando las cosas de la gente con que me cruzo, pero casi siempre palabras, no imágenes.

    Esto son frases que he oído al paso (mayormente en Madrid, aunque no sólo) a lo largo de, no sé, por lo menos un año:

    Dos chicas, de alrededor de veinte años, en un vagón del metro. Tienen aspecto de buenas alumnas. «Yo no aguanto las cucarachas —dice una—. En casa de mis padres de vez en cuando se ve alguna. Me da miedo que se me puedan meter por los oídos mientras duermo, así que me pongo unos algodones. —Se echa a reír—. Para que no puedan meterse».

    En pleno centro de Madrid, una funcionaria cuenta que está haciendo un cursillo de pastora. Andará por los cuarenta y tantos. Tiene un aire un poco triste. «¿De religiosa?» La funcionaria sonríe levemente: «No, sí, sí, de pastora, de ovejas».

    Por los pasillos del metro, una señora va cantando algo que parece una canción infantil, solo que la letra es muy extraña, dice: «Todo va cambiando / a mi alrededor».

    Dos hombres y una mujer, jóvenes, en medio de la calle: «Se ha dicho que soy un yonki y un hijodeputa».

    En el gimnasio, dos hombres se preparan para entrar en la clase de taichi. Uno le está contando a otro una conversación con un tercero: «¿Que así se fortalece tu sistema inmunitario? Entonces come mierda».

    Un señor que está comprando algo en el kiosco: «¿Morirme? Ya lo sé. Cuando me toque».

    En la línea 3 del metro me encuentro al célebre niño de la serpiente sin cabeza. Tiene como siete u ocho años. Está llorando. Su madre me explica que le han regalado una serpiente de plástico en El Corte Inglés; el niño ya venía todo el camino emberrenchinado, y en eso va y pierde la cabeza de la serpiente recién estrenada y entonces ya es inconsolable. Cuando la madre termina el relato, él afirma con fatalismo que jamás se irá del metro hasta que encuentre la cabeza. Un pasajero de acento andaluz le dice: «Entonces te convertirás en el célebre niño de la serpiente sin cabeza de la línea 3». Él no se ríe nada, nada. Los ojos verdeazules le relumbran con las lágrimas.

    En la playa. La madre: «Espera un momento a que llegue tu padre y te vas con él. ¿Dónde se habrá metido el mamón?». La niña: «Yo no quiero ir con papá. Es un guarro».

    Entran en el vagón un chico y una chica y se sientan frente a un hombre de cuarenta y algo que va oyendo música. Los dos primeros dan la impresión de que fueran compañeros de oficina. Él va de traje; ella tiene un aire a una Uma Thurman con la cara más tierna, y al sentarse, sin dejar de charlar con su compañero, ha mirado directamente al hombre de la música y así se han quedado un momento dulce, mirándose. Ella le dice al del traje que su madre no le deja tener gatos en casa, y éste le contesta: «¿No?». Y el de la música: «Yo te dejaría tener cocodrilos», piensa.

    [¿Qué es la lomografía?:
    http://www.lomospain.com/lomografia/lomografia.php]

    [Overheard in New York
    http://www.overheardinnewyork.com/
    es algo parecido a esto, pero mucho mejor. Para llorar de la risa. Aquí, un par de antologías:
    http://www.overheardinnewyork.com/pages/mostpopular.html
    http://www.overheardinnewyork.com/pages/favorites.html]

  • Receta

    He descubierto la receta para ser una persona normal: tener un poco de todo, no tener mucho de nada y nada en absoluto de un par de cosas.

  • Trabajadora

    Trabajadora de 1942 comprobando montajes eléctricos

    La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos ha empezado a poner en Flickr parte de sus fondos fotográficos. Esta es una trabajadora comprobando montajes eléctricos en una fábrica de aviones, durante la guerra, en 1942. El autor de la foto es David Bransby. No sabemos el nombre de la mujer.

    [Aquí hay más información sobre la foto y copias de mayor tamaño.]

  • Distancia

    La distancia sideral entre este significante, mostrenco —de las palabras más pesadas y torpes de la lengua— y su primer significado:

    1. adj. coloq. Dicho de una persona: Que no tiene casa ni hogar, ni señor o amo conocido. U. t. c. s. (DRAE)

    ¡Qué buen nombre para un barco!

  • Invierno

    Justo enfrente y un poco por debajo de mi ventana hay un hombre en su balcón, ocupado con algo que se encuentra a la altura del suelo. No sé bien de qué se trata porque me estorban las ramas peladas de la copa del olmo que crece delante de mi casa, aquel que los días de viento rascaba la pared. Es la primera hora de una tarde de invierno en Madrid. La luz transparente, amarillecida; encima, el cielo confiable de Castilla.

    El hombre va vestido con ropa cómoda, unos pantalones de chándal y una sudadera clara. Parece como si intentase reparar algo. Sale al balcón una mujer de pelo castaño. Andarán los dos por los cuarenta y tantos, cincuenta años. Cambian algunas palabras y se ponen a trabajar en lo que sea que los ocupa, en silencio.

    Así un rato largo: ellos trabajando sin hablar y yo mirándolos, como si escuchase una pieza de música.

  • Historias

    Cuando vuelvo por mi ciudad, sentados en la cocina, hablo con mi madre. Me cuenta las historias de gente que ella y yo conocemos. Qué ha sido de este, qué se hizo de este otro, adónde fue a parar esta pareja. Los relatos de todas esas vidas, inicialmente variados, sumados y con la iteración de los años terminan por desembocar en una conclusión muy semejante, que incita al asentimiento y la tristeza.

    Yo escucho y pienso. Tal es la razón de que las novelas y los cuentos nunca prosigan más allá del límite arbitrario que impone el desenlace: es que si así fuese, la enseñanza de todas las historias propendería, en el infinito, a ser siempre la misma. Que encima no es sencilla de aceptar, ni tampoco alegre.

  • Encuentros

    Quedo con una amiga a la que no veo desde hace años, llenos de peripecias y de cambios, y lo que más me sorprende es que nada ha cambiado.

    La razón es que los dos perseveramos, a través de los años, en una profundísima inocencia. Se me ocurre de vuelta a casa, intrigado y alegre.

  • Una bestia o un dios

    Todo el mundo conoce esa sentencia de Aristóteles, de la Política: «El hombre es un animal social», algo que sabe cualquiera sin necesidad de leer a Aristóteles. Pero que sigue así: «… y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»; o, como repite muy bellamente unas líneas después: «Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios».

    Mi interés por esa frase no ha sido político o filosófico, sino personal. Siempre he tenido problemas de relación con cualquier comunidad (parece cosa de fábrica), que me llevaban a vagar entre la melancolía y la soberbia. Me acuerdo bien de la primera vez que la leí porque va asociada a uno de mis pequeños hitos de madurez personales, parecidos a las fijaciones que colocan los escaladores cada cierto espacio para asegurar las cuerdas. Me puso enfrente de mi propia confusión: en el brete de escoger, me di cuenta de que yo no quería ser ni lo uno ni lo otro; a mi manera, pero en cualquier caso un hombre. Ni bestia, ni dios; un hombre.

    A partir de ahí he seguido refunfuñando, por supuesto; pero desde entonces refunfuño desde dentro. Fuera no hay nada para mí.

  • Primer al margen

    Bueno, tenía que cambiar la apariencia del blog algún día; como ese día nunca llegaba, al final lo he sacado tal cual, con tal que salga de una vez. A ver si lo termino pronto.

    Iba a dar ahora la razón de esta columna que he puesto aquí: pero se me ha ocurrido que si no explica ella sola su función según se vaya llenando, mala cosa.