• Consejos para viajar en metro

    Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos y por completo inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.

    El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual te transporta en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.

    Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.

  • Dos historias

    Es un hombre que corre, deja atrás el último barrio de la ciudad, la alameda melancólica, los paseantes, los perros, los bosquecillos, las bicicletas, la piedra conmemorativa; que cruza bajo los puentes de la autopista y sigue corriendo por el campo abierto, ahora más ancho.

    El hombre necesita la mitad de sus fuerzas para regresar, pero sigue corriendo pasada la mitad de la carrera, sus espaldas perdiéndose en la distancia; pues este es un hombre que se marcha, y a mí no me es dado seguirlo, esta voz no puede seguirlo, allá a lo lejos.

  • Olor

    Las mujeres tienen olor en el cuello, detrás y a un lado, justo bajo la nuca. Eso es maravilloso. Y también huelen en las sienes, no sé a qué, pero nada hay mejor que meter la nariz en la sien y respirar ahí. Es un perfume mejor que la música.

    Si se guardara en un frasco de cristal y uno lo abriera, ay, Dios, cuando uno esta a solas en casa, qué hermosura, y qué tristeza.

  • Una ocurrencia

    Como la vejez todavía está lejos, lo mismo que el recuerdo de mi niñez, esto se queda por ahora en hipótesis: los viejos y los niños, al principio y al final, ven claras las cosas esenciales de la vida, que son cuatro o cinco; en esa sencillez elemental está la verdad, y todo lo demás —lo de enmedio—, es retórica.

  • Unicornio

    Los amores comparten cosas extrañas. Entre ellas, esta mujer y yo tenemos en común un unicornio. Hace años que no nos vemos y de pronto me envía un mensaje al teléfono hablándome del unicornio. Se ha acordado de mí; dice que en su ciudad es una mañana de lluvia. Pero el caso es que hay que ver cómo me llega.

    Yo, por mi parte, he venido a parar a un barrio del confín y estoy solo, en un bar brutal con otros hombres brutales, tan cansado. Aunque no es algo que yo vea; a fin de cuentas he metido muchas más horas en bares perdidos que en las bibliotecas o en el teatro. No sé dónde está este sitio ni volveré nunca.

    Hace sol en Madrid, afuera. Me he comido lo que me han dado. Entonces llega el unicornio irreal, y en la caverna es imposible no verlo como un resplandor fantástico en mitad de la noche. Que es como aparece el unicornio.

  • Las dudas obligatorias

    Un hombre va en tren y va cantando, pero su canto no afecta a la marcha del tren. Dicen los antropólogos que los pueblos primitivos desconocían la relación de causa entre el acto sexual y el embarazo; que esa relación es un descubrimiento cultural. Claro, para reproducirse no hace falta saber: la vida ocurre y nosotros cantamos. Ningún animal sabe. Con el tiempo hemos llegado al espíritu. Consciencia, conocimiento, nous: «lo que no es naturaleza». Y sin embargo, tengo que preguntarme si no es un prejuicio creer que el espíritu resulte capaz de decidir en la marcha del mundo. Si no es otra ilusión entre las ilusiones de las épocas.

    Cuando el tren acelera, el hombre se alegra y alza la voz; cuando el tren se detiene él susurra. Y si el espíritu es un hombre que va en un tren y va cantando.

     

    [Sobre el ciclo decisional neuroetológico de la sanguijuela: http://club.telepolis.com/ohcop/cdn.html]

  • Noticias

    Hace mucho, mucho tiempo, antes de Internet, yo solía recortar los periódicos. Como a casi todos, me atraían las noticias absurdas o siniestras («Hallado el cadáver de un buzo sin cabeza en aguas de Murcia»; «El hombre que intentó matar a su mujer disfrazado de Hitler, condenado a 17 años»; «Boris Zolotov, en una de sus sesiones de orgasmo telepático en grupo»). Pero sobre todo me gustaba quedarme cierta clase de noticias que tenían dentro un sabor extraño. Era la época en que yo escribía relatos breves, y estas noticias estaban escogidas con el mismo criterio que el tema de un cuento corto. A veces era una sola imagen (un obrero muerto en el parqué de la Bolsa, Amparitxu abrazada al busto de su marido); otras veces un punto de vista que organizaba toda una historia en una disposición punzante.

    Estos días he tenido que hurgar en la caja donde conservo alguno de aquellos recortes. Ciertas noticias continúan teniendo algo dentro. Van dos, un poco al azar:

     

    En Polonia, en 1994, unos policías se encuentran en la estación de trenes de Varsovia al embajador del Zaire, rodeado de vagabundos. Blancos, me imagino. Unos ladrones le han pegado y robado. El hombre lleva una semana viviendo en la estación porque ya no le queda nada por vender. Un día, su gobierno se desentendió de él. Dejó de mandarle dinero, aunque no le ha retirado sus cartas credenciales. La diplomacia polaca le ofrece un pequeño apartamento; va a comer gratis a las recepciones del cuerpo diplomático. El embajador del Zaire lleva dos años cuesta abajo.

     

    Dos policías municipales se encuentran a una mujer a punto de dar a luz sentada en el bordillo de la acera, tomando café en un vaso de plástico. Estamos en La Coruña; ella tiene 32 años. Los ha llamado una vecina que se ha pasado toda la tarde oyendo sus gritos de dolor. Parece que la embarazada no está muy bien de la cabeza. Había bajado al bar a tomarse un café pero el encargado le hizo salir a beberlo a la calle, porque, como siempre, olía muy mal.

    Los policías intentan llevársela al hospital pero la mujer no quiere; dice que no está embarazada. Ellos y su vecina insisten en convencerla; en medio de la discusión la mujer acaba dando a luz en la calle. Grita que ella no está embarazada.

    La llevan al hospital. Allí, por un momento, se vuelve lúcida. Ve un rostro conocido. Le dice a uno de los médicos: «Yo a ti te conozco». Habían sido novios.

    La noticia no cuenta qué había en la cabeza del médico aquella noche, mientras cerraba los ojos antes de dormirse en su cama. Tampoco lo que había dentro de la cabeza de su antigua novia.

  • Dioses II

    Me imagino un valle inaccesible en una isla remota, allí donde docenas de especies de plantas y animales no han sido descubiertas por la ciencia. También hay una tribu que ha perdido el contacto con la Humanidad hace siglos. El valle está cubierto de nubes perpetuas. Estos hombres desconocen lo que hay al otro lado de las montañas que los cercan y desconocen el cielo.

    Durante la Segunda Guerra Mundial, la aviación norteamericana comienza a sobrevolar el valle. Los bombarderos y los aviones de carga pasan muy alto, por encima de las nubes, camino de una base en la costa. Desde el suelo se oyen pesadamente los motores, de día o de noche.

    Ahora imagino que uno de los habitantes del valle cree que se trata del retumbar de los dioses, más allá del techo del mundo. ¿Cómo podría comunicarse con los dioses? Si él pudiera, ¿qué le contarían? Le hablarían de un mundo fantástico. El hombre sigue con la mirada el recorrido del estruendo del avión, intentando salvar las nubes con el pensamiento. Alrededor de él hay palos, magia, tejidos, piedras, cuerdas, mitos. Nada que le sirva para comunicarse con los aviadores.

    En realidad, puede. Bastaría con que se construyese un aparato de radio y pronto la tripulación de un B-29 recibiría los ruidos extraños. Tarde o temprano tendría respuesta.

    Nosotros sabemos que no puede. Pero si pudiera contruirse una radio, es decir, si pudiera fundir metales, generar electricidad, descubrir las ondas de radio, inventar la teoría de un mundo gobernado por unas leyes fantasmagóricas, entonces, ¿qué podrían contarle los dioses?

     

    [Cargo cult: http://en.wikipedia.org/wiki/Cargo_cult
    La tercera ley de Clarke: http://en.wikipedia.org/wiki/Clarke's_three_laws]

  • Dioses

    «… recordando una aguda observación del erudito alemán Wilamowitz, según la cual theos, la palabra griega que tenemos presente cuando hablamos del dios de Platón, tiene primordialmente un valor predicativo. Es decir, que los griegos no afirmaban primero, como hacen los cristianos o los judíos, la existencia de Dios, y procedían después a enumerar sus atributos, diciendo “Dios es bueno”, “Dios es amor”, y así sucesivamente. Más bien se sentían impresionados o atemorizados por las cosas de la vida y de la naturaleza notables por su capacidad para producir placer o miedo, y decían: “Esto es un dios”, o “aquello es un dios”. Los cristianos dicen: “Dios es amor”; y los griegos: “El amor es theos”, o sea, “es un dios”. Como lo ha explicado otro escritor:

    Al decir que el amor, o la victoria, es dios, o para ser más exacto, un dios, querían decir primero y ante todo que son cosas más que humanas, no sujetas a la muerte, eternas… Todo poder, toda fuerza que vemos actuar en el mundo, que no nace con nosotros y que perdurará después de que nosotros hayamos muerto podía ser llamada un dios, y la mayor parte lo fueron».

     

    [W. K. C. Guthrie, Los filósofos griegos (Fondo de Cultura Económica). Traducción de Florentino M. Torner.]

  • Noche de domingo

    Es domingo por la noche. Las ventanas de Madrid empiezan a alumbrarse una tras otra porque mañana por la mañana hay que ir al trabajo. Es obligatorio cruzar la línea esta noche y entrar a tiempo en casa.

    Las ventanas encendidas sobre las siluetas oscuras de los edificios. En el interior de cada luz las calefacciones se ponen en marcha, se calienta la cena, se guarda o se saca la ropa de los armarios. Hay quien baña a los niños pequeños.

    El viento anda en la calle y hace frío. Se enciende otra ventana, otra.

    Las puertas de la ciudad medieval se cerraban al caer la noche. Dentro de las murallas el pueblo dormido y volutas de humo; afuera el campo abierto, la boca del lobo y la soledad extraña. Si por ventura arribaba a deshora un rezagado, debía permanecer fuera de la línea de las murallas, a ver llegar la escarcha. Quien esta noche no se meta a tiempo en casa y encienda una luz se quedará fuera, al otro lado, mirando pasar la noche, contemplando la sombra espesa de los muros de la ciudad en las tinieblas.