• Navidades

    El mar de invierno amenaza y cruje como si fuese a desgoznar las rocas y la playa. La ciudad donde crecí —la distancia y la costumbre— se me ha ido volviendo un lugar extraño. Pero me bajo hasta la orilla y ahí está el mar, bufando espuma. Y las olas tienen ese preciso verdegrís, reconocible, ese color exacto como la voz de un padre.

  • Regret

    Todo se ha de marchar, irremediablemente. Y sin embargo, este pesar de que sucede por mi culpa.

  • A la música

    El señor Maligano ha decidido dedicar su vida a la música. Anteayer, dos días después de cumplir 84 años.

  • Circos

    Otra vez está en Madrid el Circo del Sol. Ha pasado aquí el otoño. Yo fui a verlos por primera vez hace cuatro o cinco años, con una amiga, una mujer algo mayor que yo a la que vale la pena conocer. Al salir de la función, anduvimos sin decir palabra durante un rato, felices y asombrados de aquella belleza tan leve. Al final ella habló y acabó con el silencio muy bien. Dijo solamente: «Juan, ¿nos vamos con el circo?». Yo me reí a gusto, porque sabía lo que quería decirme.

    Seguimos callados un buen espacio, hasta que esta vez hablé yo, y le dije: «Pero si tú y yo nos hemos ido detrás de todos los circos que han pasado». Entonces se rió ella también; no le quedó más remedio que reírse de veras.

  • Un post a lápiz

    Unos folios sobre una mesa de cristal vacía y un lapicero Faber-Castell de punta afilada. El grafito rasca sobre el papel blanquísimo estas letras a las que se oye crujir una por una como los pasos de una persona en un campo de nieve.
    Yo había empaquetado el ordenador en último lugar y en el último momento. El hombre de la mudanza me avisó desde su móvil y yo me senté a esperar junto a las cajas. Estallaron las cinco bombas por Madrid y el hombre de la mudanza me llamó de nuevo diciéndome que la ciudad entera era un puro atasco, justo a su lado, que nada, que para mañana.
    Así que aquí estoy, recordando cómo escribía yo hace tanto tiempo, a lápiz, en medio de ese silencio innatural de las habitaciones desnudas.

    No todas las casas en las que he vivido tenían nombre. Esta se llama la Casa de los Pájaros, pero solo la semana pasada he descubierto que mientras yo estaba en el trabajo, por las mañanas, unos pajaritos blancos y negros venían a bañarse en una bandeja de latón llena de agua de riego que hay en la terraza. Sí había visto y oído muchas veces a las urracas, que se paseaban con bastante confianza. Y a las palomas y los gorriones, como es natural.

    La Casa de los Pájaros. Hice fotos de lo que se veía desde la terraza. A ver si un día las traigo.

  • Avellana: su cuaderno de viaje IV

    Avellana saldrá una noche de casa después de cenar, contra su costumbre. Para aclararse la cabeza con el aire fresco. Andando, llegará a donde se cruzan cuatro calles y es obligado escoger; pero él duda. No quiere renunciar a ninguna de ellas; entonces toma las cuatro a la vez.

    De aquí en adelante andará por cuatro caminos distintos; vale decir, vivirá cuatro vidas. En una de ellas no me trae libretas anotadas para que yo las mire; en otra se encontrá una piedra azul en unas bardas al borde del camino; en otra es un cascarrabias sedentario y fantasioso; en otra es un pájaro.

    Avellana saldrá de casa una noche y tomará cuatro caminos, y de cada uno, otros cuatro, y otros más, todos los que tema abandonar. Siempre alejándose de este punto, el de partida.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje III]

  • Noviembre

    Por las tardes, después de tomar el café, el señor González vuelve a la oficina por la acera de la izquierda, en verano, y por la acera de la derecha, si es invierno. Esta tarde vuelve por la acera de la derecha. El sol de otoño le da de frente y le deslumbra. La luz enciende la silueta cristalina de los árboles, enciende las losas del suelo y el granate en las tapias.

    El señor González se queda mirando con detenimiento unas hojas de hierba que se aprietan sobre la acera, en una juntura. Hojitas tiernas verde claro. Apoya la mano en el tronco de un arbolillo liso, de tacto tibio. Siente el peso leve del calor del sol encima de los hombros y, al borde de la felicidad, piensa si ese ensanchamiento de su sensibilidad para el detalle es un don o es señal, por el contrario, de la limitación de su existencia.

    Su sombra se alarga, atraviesa la acera y va a caer sobre los hierros de una verja. El señor González, abstraído, se ha olvidado de que medita. Es un hombre de bigote con un abrigo gris parado en medio de la calle. Apoyado en el árbol, cierra los ojos y alza la barbilla para recibir el sol en la cara con avidez y con placer.

  • Tamara, de Calvino

    Este librito, Las ciudades invisibles, no me canso de recomendarlo. A veces pienso que en vez de un libro es una ciudad con nombre de mujer en una de cuyas calles hay una puerta por la que he entrado a esta habitación en la que escribo, sin salir nunca del libro.

    Las ciudades y los signos. 1

    El hombre camina días entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una veta de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.

    Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza la verdulería. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido —entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente— y lo que es lícito —dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los padres—. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.

    Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya está entregado a reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante…

    [Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Minotauro). Traducción de Aurora Bernárdez.]

    [Las ciudades y el deseo. 1]

  • Una teoría poética

    es, como casi todas las ideologías, una colección de buenos propósitos que se arruinan en su realización.

    [Ese casi tiene su explicación. Les he dejado a las ideologías un resquicio al no escribir «es verdad para toda ideología que»: pero eso no significa que alguna ideología no se arruine en su realización, sino que alguna ideología carece de buenos propósitos.]

  • Acordeones

    Conocí una vez un muchacho bondadoso y algo triste que tocaba el acordeón. Un día le mandé una postal de cumpleaños y le escribí una cita sobre el acordeón sacada de un cuento. Sé que le hizo feliz, porque me lo contó tiempo después una amiga común que se encontraba con él ese día. Ya digo, era una bellísima persona.

    Durante el verano pasado, muchas tardes sonaba un acordeón, aquí en mi calle, cada día hacia la misma hora. Nunca he sabido quién tocaba porque durante el buen tiempo las copas de los árboles me tapan la vista de la acera. Con el sonido del acordeón en el calor de agosto me acordaba del olor de los ajos silvestres, de la mierda de vaca y de los ojos de Raymond y su expresión de niño.

    Ahora, al comienzo del invierno, me acuerdo de los días apacibles y extraños de este verano que ha pasado hace tan poco, me recuerdo aquí sentado recordando a Raymond, ahora que el acordeón se ha ido, y me pesa todo este tiempo mío que se va apilando, recuerdo sobre recuerdo, como una carga difusa que diluye y esfuma los detalles de la emoción en la memoria y deja solo una lechosa, punzante, vagamente humana sensación de haber sentido.